Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 16 de junio de 2018

Cosas...



Primero:

"La gente no busca razones para hacer lo que quiere hacer, busca excusas"


William Somerset Maugham.



Luego:


Sorprendentemente ahí que me aparece Spencer Johnson, en una de las esquinas de un blog errático, para asentar: “Si tú abandonas y, en contra de tu propio interés, haces lo que quiere la otra persona, tarde o temprano nacerá dentro de ti el resentimiento. Y entonces, sólo es cuestión de tiempo el que tú, consciente o inconscientemente, encuentres la manera de vengarte de la otra persona.” A la sazón, me pregunto, te pregunto, si renunciar es alejarse de algo, cuando el alejamiento, la separación, han sido tan absolutos como para perder la esencia, la identidad, algún principio básico, ¿el fin impone cierta redención?, ¿acaso un ajuste de cuentas impepinable, preciso, razonable? El hecho, la solidez de una conciencia impenetrable, legítima. Quizás. ¿Quién se ha llevado mi queso?”, el libro y la pregunta, cuando ya es tarde para quien se perdió en el camino, para quien renunció a la palabra, a la confianza, o las confundió en un cómodo apego ajeno. No me alegro. Hace calor, también sientes el frío.

jueves, 14 de junio de 2018

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "La chica del cumpleaños" de Haruki Murakami.

“… una persona, desee lo que desee, llegue hasta donde llegue, jamás puede dejar de ser ella misma”



Con el cuento “La chica del cumpleaños” (Tusquets Editores, 2018) de Haruki Murakami, sucede lo que siempre sucede con lo mejor de este autor: la sensación profunda de haber participado, sea con una leída atenta y amena, de algo importante, acaso trascendente, y de manera contrapuesta a la objetiva superficialidad del argumento, al vacío o a una trama plana e insustancial, tan insoportablemente cotidiana, o incluso a un final expectante, satisfactorio, a pesar de su inconclusión, de su frustración. Tanto que tras la lectura el lector, o yo que lo comparto, permanece en una abstracción agradable, en una especie de reconcomio, de hormigueo interior, curioso y considerado, de búsqueda difícil si no por revelar el sentido, el mensaje de la historia, por sacarle sus formas, sus puntas reunidas en el deleite, de responder a su dimensión inconclusa, a su realidad abierta, a todo cuanto permite una vinculación importante con la narración y confirma la experiencia del escritor en estas breves literaturas.

Sinopsis de “La chica del cumpleaños”:
“Una joven camarera cumple veinte años. Pero no pasa ese día rodeada de amigos o celebrando su cumpleaños en familia: ella tiene que trabajar. Su jefe, el gerente del restaurante, le pide, además, que lleve la cena al dueño del local. Es algo nuevo. Y nunca ha visto al propietario.
Con ese misterioso encargo se inicia este delicioso relato que transcurre como en un sueño.
Soberbiamente ilustrado por la artista alemana Kat Menschik, el volumen se cierra con un posfacio de Haruki Murakami, titulado «Mi cumpleaños», en el que repasa los hitos de su generación, la que creció con el rock’and roll y la rebeldía del 68, y explica qué significa para él cumplir años.”

El cuento “La chica del cumpleaños” formaba parte del libro publicado en 1996, “Sauce ciego, mujer dormida”, incrementado en esta bella edición con una reflexión de lo que para Murakami representa cumplir años, completado con las sorprendentes ilustraciones de Kat Menschik. Escrito con sencillez, con esa fluidez descriptiva y comprensiva característica del autor, y ceñido a lo que podría definirse un misterio psicológico surgido de la rutina o de lo que encarnaría un día especial, el día en que su protagonista cumple 20 años, idéntico a una alegoría en torno a una transformación personal, una imprevista fuga del vacío, de lo rutinario, para trascender a un nuevo paradigma existencial;
reforzado por el experto cambio o paso de la persona narrativa, es decir, el movimiento de la tercera a la primera persona que crea una sensación hipnótica, atrapante y mágica, como la de frotar una lámpara maravillosa a la espera de que emerja el genio y conceda un deseo, o tres, manteniéndonos en la extraña sensación, o emoción, o conjetura, de si al final el genio era la chica, el desconocido, el gerente del restaurante o nosotros mismos que hemos leído asombrados el cuento, avizores porque el genio todavía no ha surgido o ya lo ha hecho y hemos perdido su estela y parabién.  

La protagonista de la que no sabemos su nombre, solo que trabaja en un restaurante a tiempo parcial y cuyo dueño, al que conoce en ese día especial de su cumpleaños y cuando se le encarga llevarle la comida, éste la invita a pedir un deseo y a concedérselo. Al final de la narración, atrapados por la incertidumbre, cuando la protagonista narra el suceso a otro testigo anónimo, ignoramos si el sueño ha sido otorgado o si bien, en el ensimismamiento al que nos trasporta la lectura, intentamos desenvolver la naturaleza del anhelo y su consumación o no. De ahí pues a plantear (a plantearme) la importancia de los deseos, de las ilusiones, de las expectativas con las que construir el mundo, la realidad; asimismo de la capacidad de renuncia, del margen de sacrificio que defina la maduración personal; o de los trazos rigurosos del destino, o tal vez de la oportunidad para cambiarlos en un momento imprevisto y excepcional; de la aceptación o de la no aceptación a lo que la propia vida reserva, con todo el manejo de su cuidado, de su fe, o del acomodo de aquello que se quiere a las circunstancias innatas, personales… o posiblemente a que el deseo solo sea eso, un deseo.

Un espléndido relato, con todas las particularidades de la magistral narrativa de Murakami, muy recomendable, y al que hay que leer despacio, saboreándolo; en el que confluye el misterio y lo cotidiano, la esencia de lo indefinido, pero desde una esperanza o fe en los deseos, desde un optimismo que no genera miedo ni fracaso por el desconocimiento, sino confianza. Indispensable.


“-Claro que me gustaría ser más guapa, y más inteligente, y rica. Pero si estos deseos se cumplieran, no puedo ni imaginar qué sería de mí. Tal vez se me escapara todo de las manos. Yo todavía no sé muy bien de qué va la vida. En serio. No sé cómo funciona”

martes, 12 de junio de 2018

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "El cielo llora por mí" de Sergio Ramírez.


“-No me voy a poner a llorar -dijo Lord Dixon-. El cielo llora por mí.
-Te jodiste, ya dejó de llover -dijo el inspector Morales-.
-No importa -dijo Lord Dixon, y volvió a toser-. Es una figura literaria”



No había leído nada del galardonado con el Premio Cervantes 2017, el nicaragüense Sergio Ramírez, hasta que me decidí por su primera incursión en la novela policíaca, “El cielo llora por mí” (Alfaguara, 2008). Y me gustó el libro, me complació la narrativa de Sergio Ramírez, a pesar de su enredo argumental, cuesta esfuerzo seguir el hilo debido a su énfasis estilístico, por la variedad coloquial, el carácter local, por sus novedosos elementos o recursos expresivos, por la aparente anarquía secuencial, saltos de tiempo, universos personales, complejos y definidos, gravitando en torno a la trama principal…; con todo prevalece su poderosa escritura, nada lineal, nada displicente o encorsetada a modas o géneros, sin abandonar su razón, su objetivo, esta perfecta semblanza de la Nicaragua postrevolucionaria, con sus miserias y fortalezas… Una novela policiaca, sí, pero también un espejo de un tiempo, de una historia dura, complicada, interesante.

“En un trabajo como aquel, las iniciativas personales dejaban de tener dueño cuando pasaban a manos de los superiores, y a veces sólo merecían la categoría de insumos, con lo que quedaban disueltas en el anonimato”

“Asesinatos y narcotráfico, policías y cárteles. Nadie es inocente. El inspector Dolores Morales y el subdirector Bert Dixon, del Departamento de Narcóticos de la policía nicaragüense, investigan la desaparición de una mujer; las únicas pistas son un yate abandonado en la costa de Laguna de Perlas, un libro quemado y una camiseta ensangrentada (más tarde aparecerán una valija con cien mil dólares y un vestido de novia). Los detectives crean una insólita red de espionaje en la que participan por igual la DEA y doña Sofía, afanadora del Departamento de Policía. Las cosas se ponen candentes cuando ocurre una serie de asesinatos, entre ellos el del principal testigo, y queda claro que la misión es frustrar una reunión de los carteles más importantes de México, Nicaragua y Colombia, y capturar a El Mancebo, sobrino de los fundadores del cártel de Cali. Las fuerzas del bien son a veces las fuerzas del mal. En esta novela, Sergio Ramírez explora sus resquicios, por donde corre impetuosa la vida.”

Sergio Ramírez sabe de qué escribe, qué cuenta, qué transmite; no en vano tuvo su lucha, su ideal, su deber contra la dictadura somocista, su defensa de los derechos fundamentales, con su carrera política en la revolución sandinista, ocupando la vicepresidencia del primer gobierno, por lo que sus palabras, su panegírico de la realidad nicaragüense no es baladí; del retrato de un país desangrado por la corrupción institucional, por la presión de los cárteles de la droga, de una tierra de nadie en la que los antiguos revolucionarios, dentro del nuevo orden de las cosas, del gobierno, de una sociedad todavía abrumada, tan escasa de perspectivas, incluso desengañada, subsisten en la obligación y el anhelo. Y en este escenario, el escritor teje una historia, como la vida misma, trepidante, con intriga, violencia, sexo, humor, crítica social y política, sarcasmo, con unas descripciones soberbias, con unos diálogos coherentes, enlazando los medios urbanos y rurales, entre los escombros de la degradación, con un rol de investigación policial, sólido y de una intensidad y fuerza meritoria. Con unos personajes definidos, penetrantes, de entre los que destaca, además del inspector Dolores Morales, el antihéroe, el sobreviviente en una sociedad de derrumbes o en construcción, acaso al igual que las mismas letras de la historia, un ex guerrillero sandinista reconvertido en policía de la división antinarcóticos para continuar con su afán comprometido, con una pierna artificial, un ordenador casi inservible, un coche, un Lada caduco y un amor extraño,
Era el viento de la soledad, le había advertido Lord Dixon, que tampoco era casado; y junto a éste, de su adjunto Lord Dixon, Doña Sofía, limpiadora de la comisaría y de otras tareas importantes e incluso irresponsables por su gravedad. Un sorprendente relato en un imponente y paciente escenario, el de una “Managua enseñaba sus mismos precarios decorados. Muros pintarrajeados de consignas, bajareques en aglomeraciones sin concierto, recovecos, ripios, tabiques de catrinique y techos de asbesto, enjambres de alambres eléctricos que se podían tocar son sólo alzar la mano, cafetines de mesas derrengadas, una cueva en cuya boca oscura un tablón arrimado a la pared anunciaba impresiones-engargolados-fotocopias-tarjetas para celulares, el polvo de la calle que soplaba sobre las mesas de pino”.

“… los reales no deben servir para que se vean encima de uno, sino para volverlo a uno invisible, esa era la verdadera elegancia”

Un relato policial lleno de certezas, de una lucha firme contra el servilismo, la ruindad, la corrupción, la mentira, la violencia; en un gesto de esperanza por el que toda lucha, todo sacrificio, tenga un sentido, un compromiso. Una novela recomendable, con todo o con independencia de su diferencia, de su impecable diferencia.

“Se quedó dentro del vehículo, al abrigo de la cornisa, y en medio de la lluvia se sintió melancólico. Era algo que le ocurría desde niño. La sensación desvalida, y a la vez dichosa, de hallarse solo, arrullado por el ruido sostenido del aguacero mientras el mundo se borraba, perdiendo sus contornos”