Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



lunes, 24 de abril de 2017

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Cianuro espumoso" de Agatha Christie

“- La mayoría de los triunfadores son desgraciados. Por eso triunfan. Necesitan reafirmarse, para lo cual les es preciso hacer algo que llame la atención del mundo”



Si ya es difícil escribir la reseña de una novela negra, en esa continua y sufrida maniobra a la esquiva o manteniendo a raya el spoiler, cuán difícil, o de revelar parte de una información que pueda llevar al traste con el interés, la intriga por el argumento o de la investigación policíaca relatada, eleven a su máximo exponencial intentarlo con cualquiera narración de Agatha Christie, la reina del género. Sea como fuere, y puesto que mi último libro leído ha sido “Cianuro espumoso” (RBA, 2014) de Agatha Christie por su 125 Aniversario, voy a intentar reseñar, con una moderación y aviso que serán pocas, sobre esta. Y dicho lo cual, decidí leer este volumen porque me apetecía “relajarme”, ser parte de un enigma y estrujarme las seseras en algo que no fueran las cien mil preocupaciones del diario, evadirme de las sombras del porvenir inmediato, desempolvando mis galas de detective y tratar de desentrañar el misterio policíaco que propone la autora y antes de llegar a las últimas páginas o al último capítulo en el que se desvela su trama. Antes de nada, confiarles cómo en esta ocasión, al igual de otras muchas, no acerté con el criminal ni con el motivo; pero he disfrutado, como no podía ser de otra manera, de la lectura de esta garantía fenomenal de entretenimiento literario que siempre será Agatha Christie.

“En el reservado de un lujoso restaurante, El Luxemburgo, seis personas cenan en una mesa preparada para siete. Ante el asiento vacío, se halla un ramillete de romero, en memoria de Rosemary Barton, fallecida en aquella misma mesa exactamente un año antes al injerir cianuro disuelto en su copa de champaña. Cuando George Barton, el viudo d la fallecida realiza un brindis en su recuerdo, todos beben y la historia parece repetirse al desplomarse uno de los comensales en su silla.”

En “Cianuro espumoso” no vamos a encontrarnos a los célebres personajes de la obra de Agatha Christie, Hercules Poirot, Miss Marple, o el matrimonio Beresford…, no, sino a un investigador que no por conocido, el coronel Race (me acuerdo de éste en “El hombre del Traje de color castaño” y “Cartas sobre la mesa”) tampoco influye o asume el papel de detective como mandan los cánones, y es que… ahí lo dejo. Por otro lado, y sustancial, el misterio, el crimen, se ajusta perfectamente al estilo y a lo que esperamos de la autora: Un suicidio que tal vez no lo sea, el de Rosemary Barton, una mujer hermosa y rica y sin problemas que se le supongan como para poner cianuro en su copa de champán y en compañía de sus familiares y amigos próximos, unas cartas anónimas que recibe el esposo y las que denuncian su asesinato, la decisión de desentrañar la muerte de su bella esposa, y una nueva muerte en este particular ambiente aristocrático del Londres decimonónico… 


En tres partes está dividida la novela, señaladas por unas frases sugerentes que lo encabezan y tales a: “Rosemary ¿Qué puedo hacer para ahuyentar el recuerdo de mis ojos?”, “Día de los difuntos. Rosemary es símbolo del recuerdo”, “Iris. Porque creí que los muertos gozaban de la paz pero no es así…”; estructuradas en capítulos cortos, asimismo enunciados por el nombre de sus protagonistas en su primera parte, Iris Marle, Ruth Lessing, Anthony Browne, Alexandra Farraday… Novela escrita en tercera persona con esa perspectiva y distancia objetiva que nos hace sospechar de todos y de cada uno de los protagonistas de la historia, éstos muy bien caracterizados en sus motivaciones y en sus singularidades, muy cercanos a la víctima, envueltos en unas relaciones complicadas, y en el hecho atrayente, y exigido en la temática, de que todos ocultan algo. Una trama, insisto, magnífica, perfectamente hilada y calculada.

Espero no haberles defraudado con esta reseña que dice mucho de la novela y, primordialmente, no dice “nada”.


Recomendable.

jueves, 20 de abril de 2017

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "La conjura de los necios" de John Kennedy Toole.

“Soy capaz de tantas cosas y no se dan cuenta. O no quieren darse cuenta. O hacen todo lo posible por no darse cuenta. Necedades. Dicen que la vida se puede recorrer por dos caminos: el bueno y el malo. Yo no creo eso. Yo más bien creo que son tres: el bueno, el malo y el que te dejan recorrer.”



Después de terminar de leer “La conjura de los necios” (RBA, 1992) de John Kennedy Toole, no termino de explicarme cómo no leí esta novela bastante antes, cómo la he dejado años y años en una de las baldas de mi biblioteca, relegado a un momento que nunca llegaba. No me explico su postergación siendo una obra extraordinaria, divertida, desquiciada y desquiciante, desternillante y reflexiva como pocas. Nada tiene que ver, por otro lado e incluso por su revelación anecdótica, que empezara su lectura en la espera de una de las consultas externas del nuevo hospital de Ronda, nada que ver de no ser por la idoneidad por hurgar y conseguir alguna risotada, y si está escrita con pericia pues mejor, dada la gravedad de estos y otros espacios cada vez más abundantes en nuestra sociedad. ¿Obra maestra? Por supuesto. Empezando por el propio título, pues el autor utiliza la cita de un clásico de la sátira, Jonathan Swift, la cual dice: “Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. Y es que esta es una novela que bien vale un personaje, o un personaje que bien vale esta excelente tragicomedia. Ignatius J. Reilly es el personaje, y también la novela.

“Como una perra en celo, parezco atraer a una camarilla de policías y oficiales de sanidad. Algún día el mundo me apresará bajo algún pretexto ridículo. Simplemente espero el día en que me lleven a alguna mazmorra con aire acondicionado, y me dejen ahí, bajo las luces fluorescentes y el techo insonorizado, para pagar el precio por despreciar todo lo que les es querido en sus pequeños corazones de látex”

Ignatius J. Reilly ya es por antonomasia uno de los personajes más célebres de la literatura. “Un tipo raro, una especie de Oliver Hardy delirante, Don Quijote adiposo y santo Tomás de Aquino perverso, fundidos en uno”, según define Walker Percy en el prólogo del libro. Alguien que no va a dejar indiferente a nadie, sin duda, imagínenselo viviendo con treinta años, alto y obeso, sin pegar un palo, con su viuda madre, confusa, alcohólica, desesperada; alguien dotado de una inmensa cultura que vierte en escribir la que considera la más importante obra que viera la historia y la humanidad, aun conteniendo una devastadora denuncia de tintes medievales contra la propia historia y la humanidad, “teología y geometría” asegura; alguien que inspira animadversión y atracción, a quien se ama y se odia como una polarización global de la historia, a la vez y por imposible que parezca, por ser onanista, glotón, misógino, ególatra, cruel, mentiroso, prepotente, déspota, sarcástico, desconfiado, vanidoso, crítico de Mark Twain y admirador de Boecio, aprensivo, moralista reaccionario, esperpéntico, entrañable, irritante… Alguien: Ignatius J. Reilly.

“Habría que imponer un régimen de fuerza en este país para impedir que se destruya a sí mismo. Los Estados Unidos necesitan teología y geometría, necesitan buen gusto y decencia. Sospecho que estamos tambaleándonos al borde del abismo”

“Ignatius J. Reilly es un ser inadaptado y anacrónico que sueña con que el modo de vida medieval, así como su moral, reinen de nuevo en el mundo. Para ello, y con la intención de ser escuchado en un mundo en el que es, en realidad, un incomprendido, rellena de su puño y letra cientos de cuadernos en los que plasma su visión del mundo. Mientras llena estos cuadernos, los va desperdigando por su habitación, con la esperanza de ordenarlos algún día y así crear su ambiciosa obra maestra. Mientras, la diosa Fortuna, en contra de su voluntad, lo sume en ese mundo capitalista que él mismo tanto odia y se ve obligado a someterse a lo que él considera una forma de esclavitud: el trabajo. Resignado, se compara a sí mismo con Boecio (el cual aceptó sin queja su propia ejecución) y sale a buscar un empleo. Su actividad laboral y vital es el hilo que une y da sentido a toda la obra y lo que permite conocer a otros personajes, igual de estrambóticos y entrañables que Ignatius.”

Escrita en su mayor parte en tercera persona, con una ironía hilarante y demoledora, alterna diversas escenas protagonizadas por tantos y estrafalarios actores que confluyen en una sorprendente dirección que no conduce a nada; es decir, los hechos de unos afectan de una manera u otra a los otros y para converger en un final adecuado y no cerrado, donde es más importante el desarrollo del relato que su colofón. Además, destacables son los fragmentos en los que su propio protagonista principal, Ignatius, toma la primera persona para asombrarnos e indignarnos con su llamémosle especial personalidad;
lo cual, a través de sus apuntes en unos cuadernos “Gran Jefe” desperdigados por la cochambre de su dormitorio, notas manuscritas para la que denomina su obra inmortal y visionaria, también aquellos en forma de correspondencia entre Ignatius y Myrna Minkoff, una amiga de igual manera “peculiar”, una relación amor/odio perturbada, completan y complementan la historia y la definición de su arquitectura narrativa. La prosa de John Kennedy Toole es genial. Dicho lo cual, sigue llamando la atención como esta novela, escrita a principios de los años 60, fuese rechazada por algunas editoriales, hasta que la madre del autor, en 1980, decidiese enviarla y rogarle al mencionado editor Percy para que la tomara en consideración, y hacer cierta justicia literaria a su hijo, suicidado en 1969 a los 32 años. Percy quedó deslumbrado por una Literatura con mayúsculas. En 1981, a título póstumo, John Kennedy Toole obtuvo el Premio Pulitzer. “La tragedia del libro es la tragedia del autor”

“Sólo me relaciono con mis iguales, pero como no tengo iguales no me relaciono con nadie”

Risas, muchas. “La Conjura De Los Necios” es un ejercicio literario disparatado, irónico y desternillante, ácido e inteligentísimo. Tragicomedia, catalogué antes, pues tras lo irracional, lo descolocado y jocoso de su relato, también rezuma un amargor y tristeza indelebles. Entre las sonrisas de las anécdotas surgidas en el trastornado periplo del protagonista por igual de desatinados empleos y personajes, aparece la amargura, en ocasiones de un realismo despiadado, del desánimo por la humanidad, por sus miserias y absurdos, resignaciones e incomprensiones. Una dura crítica de una sociedad egoísta que menosprecia y aniquila a todo cuanto sea diferente o a cuanto pueda remover sus sólidas y viejas estructuras. Una crítica que hace reír, sí, pero también destila desesperación. Con ello, la maestría del autor permite atrapar el interés del lector desde el principio hasta el final, consiguiendo lo imposible al conjugar dramatismo y comedia, carcajada y pena, por medio de unos inteligentes diálogos y reflexiones, de unos figurantes enrevesados e idos, de la alterada y rota puesta en escena que posibilita la irrupción de una ácida ironía y sátira a la clase media norteamericana, la que encuentra la rueda de la diosa “Fortuna”, tan invocada por Ignatius J. Reilly, alocadamente imparable e incierta. Tras los dos puntos, un ejemplo de esta brutal crítica social y del derrumbe del conocido “sueño americano”:

Siempre he sentido, en cierto modo, una especie de afinidad con la gente de color, porque su situación es igual a la mía: nos hallamos fuera del círculo de la sociedad norteamericana. Mi exilio es voluntario, por supuesto. Es evidente, sin embargo, que muchos negros desean convertirse en miembros activos de la clase media norteamericana. La verdad es que no puedo entender por qué. He de admitir que este deseo suyo me lleva a poner en entredicho sus juicios de valor. Pero si quieren integrarse a la burguesía, no es asunto mío, en realidad. Pueden ratificar si quieren su propia condenación. Yo, personalmente, protestaría con todas mis fuerzas si sospechase que alguien intentaba auparme a la clase media. Lucharía contra el individuo descarriado que intentase auparme, desde luego. La lucha tomaría la forma de manifestaciones de protesta con los carteles y pancartas tradicionales, que, en este caso, dirían: “Muera la clase media”, “Abajo la clase media”. No me importaría tampoco lanzar uno o dos cócteles molotov. Además, evitaría meticulosamente sentarme junto a miembros de la clase media en restaurantes y en transportes públicos, manteniendo incólumes la honradez y la grandeza intrínsecas de mi ser. Si un blanco de la clase media fuera lo bastante suicida como para sentarse a mi lado, imagino que lo golpearía sonoramente en la cabeza y en los hombros con una manaza, arrojando, con suma destreza, uno de mis cócteles molotov a un autobús en marcha atiborrado de blancos de clase media con la otra. Aunque el asedio durase un mes o un año, estoy seguro de que al final me dejarían todos en paz, una vez evaluado el total de carnicería y de destrucción de propiedad

“La conjura de los necios” es una obra maestra, tanto por su historia como por lo magistral de su escritura, ciertamente por su universalidad, por su inolvidable y único personaje, e incluso por su abrumadora sátira o pantomima sostenida entre sonrisas, contra un mundo que cada vez más condena la risa, a lo diferente, y hace encerrar a las personas en el egoísmo de su mismo y monótono dictado. Soy asimismo de la opinión de que una segunda y una tercera lectura serán meritorias para valorar lo extraordinario de la novela. Y a esto os animo, a leerla o a releerla.

“Me niego a «mirar hacia arriba». El optimismo me da náuseas. Es perverso. La posición propia del hombre en el universo, desde la Caída, ha sido la de la miseria y el dolor”

viernes, 14 de abril de 2017

IMÁGENES CON LETRA: "SOLEDAD" (recuerdo)



En el último crepúsculo de estos días de Pasión, antes del cansado y expectante sábado, he tenido que evocar el relato “Soledad”, escrito hace un año. Viernes Santo. Más cuando a esa hora mágica del obscurecer, 7 de la tarde, comience el desfile penitencial de la Real Hermandad del Santo Entierro de Cristo y Nuestra Señora de la Soledad, la Hermandad del Barrio San Francisco. El Barrio. Soledad. He tenido que despertar la historia de esta fotografía, una de las veinticuatro que realicé hace ya… en un siglo sucedido, junto a Salvador Sánchez en la iglesia de las Franciscanas; y del mismo modo la reminiscencia de unas sensaciones de la que el propio tiempo, caprichoso y diletante, insiste en que recupere la expresión de una soledad que dejó para siempre de estar sola. Pasión. Y sin embargo no es una pasión renovada, cierto, no pueden revivirse los recuerdos, como tampoco podrá ya ni ser la misma pasión. La pasión en un mundo, acaso, como lo representó Dickens: “Era la edad de la sabiduría, era la edad de la locura; era la estación de la luz, era la estación de las tinieblas; era la primavera esperanzada y el invierno de la desesperanza, teníamos el mundo ante nosotros, y no teníamos nada; íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto” No hay pasado que se repita ni hechos que vuelvan a serlo. Ayer fue ayer. Hoy ando por mañana, sin mirar atrás. Queda esta fotografía, y la voluntad de recuperar su historia. En Viernes Santo. La fotografía que, al contrario de todos los libros que contienen a un mismo libro o a todas las ciudades que son una, encierra el tiempo, la imposibilidad, o a un tiempo único y diferente, a un instante que será invariablemente eterno. Un icono de la soledad, de concebirla desde el conocimiento y no con miedo. Abro la memoria, adentro, para recobrar mi emoción o su significado:



“Todavía recuerdo el día en que comprendí que la soledad no tenía por qué ser sola, o desolada, o en la mayoría de las situaciones hiriente. No sé a qué debo hoy el recuerdo de cuando hace seis años abracé a la Soledad con recuerdos. Seguro que ha influido estar en este tiempo llamado Cuaresma. Seguro que han mediado los dos magníficos pregones a los que asistí en vísperas: el oficial de la Semana Mayor de Ronda a cargo de Fray Juan José Rodríguez Mejías y el de D. José María Palmero Pérez para el Santo Entierro, que me hicieron evocar al mío o a las conmociones que este me deparó. Seguro mediatizado por ese maldito chivato del Facebook al abrir, precisamente, otra ventana para el recuerdo: una foto de 2010, con mi hija Inés y mis sobrinas Alba y Lidia, vestidas de acólitos, un sábado 20 de Marzo donde pretendí alcanzar el cielo. El XIX Pregón de la Hermandad, Santo Entierro. Uno de los momentos más importantes de mi vida, bienaventurado, y complicado por el miedo a fallar, por esa osadía a contar lo que otros ya sabían con mayor estremecimiento que el mío, en la contradictoria manifestación de vida en torno a la alegoría más imponente sobre la muerte. Contexto inolvidable. Seguro inducido por ser hoy Viernes Santo. Seguro que por todo.

Sucedió unos años antes, cuando se trastocó mucho o poco mi universo, imponderable; o al deshacerse la resignación, o lo inútil, al liberarme, desprenderme de las atormentadas garras de la soledad. Soledad. Aconteció una tarde, en el convento de las Madres Franciscanas, a esa hora del día insegura por las huidas del atardecer o la añoranza de las posibilidades rotas de la mañana, dándome las oportunas señales de que había una manera de despojarse de la soledad amarga, esclava, desamparada. Sentí cómo el vacío se llenaba con un encuentro, cómo se hacía mi soledad, y me encontraba, de acuerdo que a través de una imagen, de un icono, de la Soledad que se hace sola y me miraba de mil aires diferentes para dejarme un mensaje, la revelación: Ella permitía o refugiaba mi intención de hacer mi soledad, la propia. Y Salvador Sánchez lo sabía, pero callaba, no podía intervenir, no lo hizo, me dejó en el umbral, parado, y yo atravesé la puerta, la misma que él se permitía franquear, sobre todo cuando vestía a su Madre, una vez tras otra; pero ahora, después de los años, encuentro razón o alusión a aquella su sonrisa suficiente, segura, confiada.

Una tarde, fría, inconstante, que no se decidía entre los briosos empujes de la luz blanca del recogimiento, del invierno, o los tibios dorados del otoño que agonizaba en los esbozos rosados de un cielo celeste y quieto. La antigua y pequeña sede de la Hermandad en el Convento de las Madres Franciscanas, en la esquina junto a la casa de Angelita Aparicio. “Un lugar, también, en el que los ojos de Salvador Sánchez jamás renunciaron a vigilar la magia de sus manos en el bastidor, arrancando sortilegios con los hilos de oro, entrelazándolos en anochecidas de terciopelo, en el palio y manto de su madre Soledad, donde vació sus ojos y devoción… y su vida, dejándonos su alma eterna en el recuerdo”. Pasaba por calle Torrejones, una hoja de la puerta abierta, los escalones que bajaban a la umbría hendida por el flexo de una luz que rutilaba en los dorados de un manto donde la noche se hacía profunda; donde Salvador Sánchez, como un pequeño orfebre, demiurgo ante el dislate de una creación infinita, tejía estrellas, cosía emociones, entrelazaba su vida a Ella. El manto de la Soledad. Asomé con respeto, con disculpas mi cabeza, entonces no supe por qué, ni aún en estos momentos mientras lo escribo y atrapa mi memoria. Por aquel tiempo sobrellevaba mal mi rebeldía juvenil, la suficiencia del adolescente, mis posicionamientos más presurosos que inteligentes, los que reafirmaran mi personalidad y no atendían la mella que pudiera infringir a otros o sus circunstancias, las fugas de la soledad, a no sentirme desgarradamente solo. Algunos de estos perjuicios, los relativos a la Hermandad, ya quedaron resueltos con el propio Salvador, junto con otros amigos en una noche en vela, tras los mostradores de la caseta en una Feria del Barrio. Con todo, los rescoldos de un orgullo ingenuo, el egoísmo imprudente, hacía que en la calma tras los perdones, pusiera distancia, alejamiento, recogiera las velas en la indiferencia de los tiempos y los hechos. De ahí que tanto me extrañara pararme al pie de la antigua casa hermandad como que Salvador, con determinación, me invitara a entrar. Y entré. Y él, como si fuera algo normal, como si mi presencia no forzara lo habitual, sin abandonar sus puntadas con los hilos de oro en el terciopelo negro con cárdenos reflejos, levantando a mis asombrados ojos su mirada, entre la dulzura de una abstracción nostálgica y la solidez del carácter arisco, decidió por los dos.

Y allí estaba yo de nuevo, solícito, al día siguiente en la iglesia de las Madres Franciscanas, anuente, con mi cámara Nikon en ristre, aguardando sin confrontar a la decisión de Salvador para que retratara a la Virgen de la Soledad con un pero y ni menos un porqué, para que yo la retratara. Solo yo, o yo con él, los dos solos en el interior del templo, en la penumbra que nacía entre sus paredes para acomodar el anochecer del mundo, la realidad de afuera. No quise ni quiero aun plantearme sobre el fundamento de acceder, postrarme a la voluntad inflexible de Salvador Sánchez. O acaso, pienso, la sesión fotográfica fuera una excusa, el medio para que hasta él mismo, igual sin saberlo, decidiera y yo disparara muchas veces la cámara, y para que luego descubriéramos el testimonio de un milagro. Algo extraordinario de lo que apenas alcancé esbozar, comunicar en mi Pregón del año 2010: “Contemplad el rostro de Nuestra Señora, Soledad. Y permaneced en silencio. Y desde ese silencio, y desde esos ojos que vuelcan un dolor tan intenso que ni los cielos a los que suplica pueden contenerlo, encontrad los significados. Vuestros recuerdos. Sentimientos. Inquietudes. La memoria recogida en estos profundos ojos afrontando lo perpetuo, más allá de esta sobria cúpula, más allá de esas estrellas que iluminan el cielo profundo de nuestra tierra, buscando no ya el alivio a su corazón atravesado por la daga del dolor, sino la luz, el conocimiento”.

Una pausa en estos instantes también de escritura, hoy a las 17:50 horas del 25 de marzo, Viernes Santo, cuando, como se ha convertido en tradición, esta mañana me he llegado a la Casa Hermandad para estar un ratito con mis hijas junto a los pasos del Cristo Yacente y Nuestra Señora de la Soledad, hermosos y dispuestos para emprender a las 7 de la tarde la estación penitencial. Allí, mirándola, a Ella, a Soledad, degustando unas deliciosas torrijas de Eva Sánchez, riendo a las ocurrencias de Miguel Ángel Domínguez, agradeciendo la atención de José Manuel Torres, me perdía en los inmensos ojos de Nuestra Señora, colmados por un abismo insondable, alterado una vez más de sentir el traspaso de un dolor pleno de esperanza, he ahí su prodigio, el que siempre deja una huella indeleble, unida.

Salvador y yo, los dos solos, porque Ella, Soledad, en una esquina del altar de las Franciscanas, a la derecha, con el fondo púrpura de los cortinajes, lo abarcaba todo, pasado y presente, y un futuro que solo entonces moldeaba la expresión mágica, espiritual, no lo sé, que de manera fría y mecánica inmortalizaba mi cámara fotográfica en el rollo de una película Agfa de 400 asas. Fue el principio del fin, de terminar en aquel interminable adiós con el significado que abren estas palabras, en que la Soledad no tiene porqué ser sola, o desolada, o en la mayoría de las situaciones hiriente. Salvador, con el rostro grave, sin duda alguna emocionado, pasaba una a una las 24 fotografías en blanco y negro que yo rapté a María Santísima en Soledad. Antes, entretanto yo recogía y abría en Centro Imagen el sobre del revelado, pasaba a mi vez una a una las imágenes con una extraña impresión, nada tenía que ver con la belleza de las mismas, que me inquietaba pero no molestaba, como si en ellas anidara cierta extraordinariedad a la que no lograba entender o al menos ver. Una de esas fotos es esta que abre mi introversión escrita, la misma que cerró mi Pregón hace seis años. Salvador, más tarde, desveló, dilucidó qué era aquello de las fotografías que me fascinaba y aturdía y no comprendía, el mismo trasunto que en él esculpía la gravedad en su rostro y puesto que estaba emocionado. La expresión, el semblante en la talla de Nuestra Señora de la Soledad no era igual en las fotografías, no era la misma en cada una de ellas, diferentes. ¿Cómo? Imposible. Y así era. Fui pasando una a una las 24 instantáneas y, sorprendente, la Soledad cambiaba su expresión, y no podía exclusivamente achacarse al cambio de la perspectiva, de los matices al tomar las fotos. No, sus gestos, tan disímiles, irradiaban un abanico de emociones distintas: nostalgia, dolor, consuelo, esperanza, pavor, tristeza, amargura… Salvador sonrió, seguía estando emocionado, guardándose las fotos, divertido asimismo por la zozobra de mi estupefacción, por el detalle, por la indicación, verdaderamente por el portento.

Y es que a la sazón, supongo en aquel año 1994, como ese rayo de luz del sol que penetra el domingo de Pascua por el ventanal gótico de la iglesia del Espíritu Santo para rasgar la oscuridad, las sombras de los días, la pasión en la Semana Mayor, e iluminar a la imagen del Cristo Resucitado, arrancando destellos en la Virgen de Loreto, al lado, como tras ese polvo que arrastramos al soplar en objetos que descubren los afectos olvidados, gracias a Salvador la Soledad me traspasó como Ella traspasa su dolor, en el corazón, iluminando un sentimiento de afinidad y, sobre todo, convenciéndome de que nunca me sentiría solo si la mirara, Soledad, el símbolo de mi propia soledad, de mi propia soledad llena de significado.

Años después, en 2010, gracias a Manolo Pérez Avilés, Hermano Mayor que me permitió pregonar al Santo Entierro, quise trasmitir esta reflexión, esta sacudida, en la que los recuerdos que se proyectaban en imágenes no tenían por qué ser dolorosos; por la soledad que los guarda, pues al ser compartidos, con la mirada y el corazón vueltos a la excepcionalidad de la imagen de la Soledad allí mismo conmigo, con todos, en la iglesia del Espíritu Santo, junto a su Hijo, Cristo Yacente, se transmutan en dichosos, reconfortantes, recuerdos que erigen más definido el sentimiento de fraternidad. “Desde la inmensidad de la memoria… (reconozco que me sentí desfallecer en los prolegómenos del Pregón, mientras la música de John Debney atrapaba las dimensiones del espacio y el tiempo, al sentirme y sentir a todos los presentes, muchos, muertos, muertos en soledad, como si esperaran de mí, de mis palabras, llenar la soledad de sus momentos presentes) Trataré de enviaros mensajes indescifrables que se desvelarán en vuestro recuerdo de soñadores. En nombre de esta Hermandad caminará mi alma por estas palabras mudas, por este universo de amaneceres y crepúsculos, de imágenes, hacia el Barrio desnudo, hacia su esencia inefable. ¡Fecunda tierra, pródiga en retratos sublimes! En muchas de sus facetas, Feria, verbena, Semana Santa… En Semana Santa resuenan poemas que nadie ha escrito. Y por estas fechas se intentan. He aquí. Quede libre la inspiración para que los soñadores, garantes de lo eterno, vuelvan a recordar con reverencia, con sentimiento, el nombre de este Crucificado yacente y de Nuestra Madre en la Soledad, vuelvan a recordarlo desde este horizonte fraterno: ayer, hoy, mañana. Y que esos mismos soñadores celebren desde las Imágenes hasta el Convento, desde los Molinos a la Virgen de la Cabeza, y desde allí al Espíritu Santo, el rostro de Nuestra Madre; que habrá de ser loada, y cantada, por toda la eternidad de la belleza, del dolor, y de la luz. Aquí estoy, y voy a intentarlo”.

Y hoy, conducido por mis recuerdos, algunos os he revelado aquí, acompañaré a mi Virgen de la Soledad; porque en medio del silencio, o de la sintonía fúnebre, morirá el tiempo y me hará sentir que no estoy solo.”

Así sea.


© F.J. Calvente.