Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



jueves, 4 de octubre de 2018

"San Francisco de Asís"

¡Toc, toc, toc!

¿Eh? ¡Oye! Sí, tú, tocayo o tocaya, franciscano, ceporrero o no, Francisco, Paco, Paquito, Curro, Frasco... (sustitúyase la "o" final por "a" para ella, vosotras), también para los animales, (no voy ahora a distinguirlos según su resquemor y "pelaje"), fieles compañeros, que hoy es nuestra onomástica, San Francisco de Asís. Éste, el de la foto de arriba o abajo realizada ayer en las Franciscanas, el Jefe, o Hermano, o como dicen los más modernos, nuestro "Bro", me ha encomendado os diga, además de aquello de "La verdadera enseñanza que trasmitimos es lo que vivimos; y somos buenos predicadores cuando ponemos en práctica lo que decimos", que esta tarde pasará revista en el Barrio San Francisco de Ronda, cuando se pasee acompasado por su fantástica cuadrilla de costaleros y costaleras, y entorne siquiera más sus bondadosos ojos a este cielo de Otoño que nos acoge con proteccion y embeleso. ¿De acuerdo? Allá a todos nos espera, en las calles, entre las piedras, hierros y cal, entre luces y estremecidas, por Torrejones, Ruedo Alameda, San Francisco...; con una sonrisa, lo mismo valen las lagrimas de contento, de devoción, o de complicidad; con un fulgor en los ojos al sostener su invitación, a participar de la feria, a pasarlo bien y feliz en compañía de los nuestros. 

Gracias San Francisco por la felicitación; por cierto, igualmente.


martes, 2 de octubre de 2018

"AYER"



Cuando llegan estas fechas de otoño, encuentro un mayor significado a mi identificación con el lugar, con mi Barrio, siempre empujándome al mismo camino de la nostalgia, a pasar por delante de lo viejo que hay en lo nuevo y diferente, reforzar la voluntad para que siga existiendo en su espacio el recuerdo. Yo creía que en el Barrio no cambiaba nada, al tiempo detenerse; pero ahora sé que sus calles, como la sangre por nuestras venas, envejecen, se endurecen como la cal de sus fachadas, de las arrugas de sus fierros; pero éste nunca muere, solo nosotros en él, con tantas cosas que dejamos por el camino, tantos escenarios y vecinos, poco ya nos sorprendemos de lo novedoso, lo distinto, cuando añoramos más aquello que no hicimos. Siento que soy un privilegiado, o un afortunado por llevar medio siglo residiendo en la calle principal que lleva su nombre, a un suspiro de esta alameda donde han transcurrido épocas y emociones, y desde la que en estos momentos vivo, escribo como uno de esos niños sentados en los improvisados pupitres dispersos por la plaza en la escena del cartel de esta Feria, recorro otras fisonomías, otras mágicas geografías, tiendas y negocios que tildaron su historia en los otros calendarios de su cotidianidad y tradición.

Así salgo de mi casa o de la tienda de Frasquito el Pujerreño, él tan desprendido, enfrente el estanco, más arriba el bar Nuevo, míticas partidas de subastao entre el Tiznao y el Rano, a la vuelta de la esquina la primera tienda de Trinidad, nervio, la de la Pellejera en el otro tramo del callejón de Gallarda, y en la esquina llegando a la alameda, el bar Arcadio, con el Tajo de Ronda ocupando su testero, y abierto en un pasillo el antiguo club de una generación joven anterior insonorizado con cartones de huevos, aledaño el genuino bar El Sucio, de ortografía adecuada, con su fórmula secreta de los míticos chorizos y revueltos de papa, un eco metálico en calle Güelilla, del herrador cojo, el barecito del Manzano en la gasolinera, exquisitas tapas de caballa, las sardinas de la pescadería Benítez, azules y frescas, allende el murallón, el bar del Chaves y más tarde El Puntillas, la barbería de Bravo, la tienda de Salvador, a este lado la carnicería de Pepa, tortillas y adobos en el bar El Cafelillo, y el profuso revoltijo de la tienda de Perico donde se encontraba de todo, el serranito universal de Benito, la imaginación del panadero Vela, la droguería con entusiasmo azulgrana, recuerdo el kiosco de Francisca en la esquina a pie de calle, frente a las Franciscanas, “una peseta de cuernos” y la chiquillería salía corriendo, contiguo a la Barbería de Juan Pinzón, el ajustado corte de pelo de los tiempos, la tienda de Miguel que antes fue de Teresa, la panadería de Sebastían con su pan de leña, de pueblo, otra tienda, de Concha, en las Kábilas, con los refrescos ácidos que arrancaban las muecas más trágicas, o la de Leonor, la panadería de Diego o la eterna Alba, la churrería de Eduardo el latero, la pastelería de Luisa, la “Ollería”, Diego el carbonero, Salvador el platero… más y desteñidos como luces en la niebla, en la mediación de Torrejones, el Bar de la Escuela, de Manolo, donde si la Virgen de la Soledad oliera, lo haría además de su fragancia a cera e incienso, a la caricia de la madera de los toneles, a tiza inmaculada de los apuntes en el mostrador, y a amargura de vino recio.

Esta historia solo tiene sentido cuando alguien la cuenta, quizá; pero esta Feria, que hay que sentirla, también incita, año tras año, a recorrer con conciencia su Barrio por los anaqueles de la leyenda.

F.J. Calvente.

(Esta es mi colaboración, un año más y siempre un honor, en el Programa de la Feria de mi Barrio)



lunes, 1 de octubre de 2018

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Los misterios de la gata Holmes" de Jirō Akagawa


“-La labor de un detective de policía no resulta nada glamuroso –se explicó Katayama-. Más de la mitad del trabajo consiste en patear la calle hasta que ya no sientes las piernas. Y para colmo, casi todos esos esfuerzos no sirven para nada”



No consigo descolgar la etiqueta de ingenuidad, y lo he intentado, aunque sea una simpleza amable, entretenida, también atractiva, dada la escabrosidad de su argumento, a esta novela o a este principio de una saga de novela negra que en el país del sol naciente, Japón, tuvo y tiene una enorme consideración y atracción. “Los misterios de la gata Holmes” (Quaterni, 2015) de Jirō Akagawa. Con todo, no es una novela negra al caso, aunque rezume un sabor clásico, sino una novela enigma, de las de puzle, en la tradición de Conan Doyle, Agatha Christie, Maurice Leblanc…, la que más por la dilucidación en sus últimas páginas de un misterio criminal, lo es por una de las versiones más interesantes de las historias o acertijos de habitación vacía o cerrada y en la que se comete un asesinato imposible. Además de esto, y ya lo dicho es mucho, la narración enhebra un humor desnudo que, aparte de un punto absurdo en determinados lugares, atrae por su desenfado y sencillez, perfectamente ordenada con una intriga fresca y sugestiva.

A modo de sinopsis editorial:

“El detective Katayama tiene dos importantes problemas que le impiden ser un policía de primera: por un lado siente pánico ante la sangre, solo con verla se desmaya. Por otro, es tan tímido que es incapaz de hablar con mujeres. A pesar de esto, deberá unirse a la investigación del asesinato de una universitaria y le será encomendada la vigilancia de una residencia femenina de la universidad. Su vida dará un giro inesperado cuando conoce a un catedrático que tiene una mascota a la que llama Holmes y que, para sorpresa del detective, no es una gata corriente. Esta es la primera entrega de una conocida serie de libros que provocó que los aficionados a las novelas de misterio aumentaran vertiginosamente en Japón. Una mezcla de comedia y misterio que se ha convertido en una obra emblemática para los lectores y que ha llevado a su personaje, la gata calicó Holmes a ser uno de los personajes más queridos y populares de la ficción nipona.”

El argumento se estructura en un doble misterio: Un asesino que mata a estudiantes universitarias que se prostituyen, y por otro un trapicheo de corrupción urbanística. Indudablemente, a medida que se avanza en el relato, ambos temas guardan estrecha relación en ese ambiente universitario. Es decir, a medida que su detective, Katayama, con la ayuda de una gata calicó llamada Holmes, despliegan la investigación, unas veces previsible, otras quizá excesivamente expeditiva, más en su última parte, llenas de sorpresas hasta la elucidación final del caso o enigma policíaco. Los personajes imprimen la seña de identidad de la novela.
Primero por el detective Yoshitaro Katayama de la Policia Metropolitana de Tokio, tan lejano, tan diferente al habitual protagonista atormentado o complejo o introvertido o solitario; un tímido detective de 29 años que huye de las mujeres, con vértigo, quien desfallece al ver la sangre, dormilón, apodado por sus compañeros como “princesita” …, alguien harto difícil de encuadrar en el perfil tradicional del policía o investigador bregado y sagaz. Pero después cuenta con la inestimable ayuda de un felino, de una gata tricolor (calicó) que, siquiera manteniendo un papel secundario, con su actitud y gestos determinan el curso correcto de la investigación. No obstante, con independencia de este toque extraordinario o fantástico en torno a la inteligencia e influencia del animal, el narrador no escatima recursos, siendo lo suficientemente honesto para dejar al alcance del lector todas las pistas necesarias para que resuelva el caso antes de la resolución final.

“–Lo tuyo no tiene remedio. Hace muchísimo tiempo que trabajo en la policía, pero jamás había oído que un detective se desmaye cada vez que ve sangre.
–La verdad es que me da muchísima vergüenza”.

Una narración de marcado acento visual, muy ágil, llena de diálogos y giros, de sucintas descripciones, dando prioridad a la trama, o a las tramas, con una intriga, con un humor, fresco, simple, y con todo en un ritmo absorbente, trepidante, manteniendo el interés hasta el punto final.

Una novela policíaca para pasar, por su escasa rigurosidad, la llamé al principio ingenuidad, un tiempo agradable.   

“Las novelas con detectives corrientes que pateaban la calle hasta la saciedad y de improviso se topaban con una pista no le agradaban. Seguramente porque se parecían demasiado a sí mismo”.