Hoy cumplo años, o cumplo un año más en esto de existir y ya de vivir intentaré o lo dejaré para más adelante. A esta diferencia, frontera, margen entre si de años o del año transcurrido se trate, unos u otro sedimentados en alforjas o fardos casi atestados de vacíos y experiencias, derramados más allá del meridiano del centenario, abandoné hace tiempo, precisamente años, su intríngulis, paradoja, incertidumbre o prurito, cuando en serio quise, busqué (y aún busco) a aquel que una vez fui y verdadero; porque, como acabo de leer a Gueorgui Gospodinov, para la vejez no se aprende o incluso ni ella misma enseña, y con la vida o vivir sucede de igual manera. Cumplimos años para desaprender; para con ello lograr, intentar, sea por un rato o en lo que se tarda en apagar las velas de una tarta, si la hay, o brindar con algo 'espirituoso', si apetece, o con solo un guiño, un gesto al aire, al cielo, al ayer, rozar al menos ese estado adámico, de desnudez original, o el de aquel niño trasmutando ilusiones en presente y juegos.
Prefiero sentarme ahí unos instantes, más dispuesto a detenerme en este caluroso lunes 3 de agosto, en el inicio o a los pies o al socaire de mi atalaya, sí, otra vez, sin dilucidar cuántos escalones de una parte a esta otra, del fin o nuevo movimiento de traslación o vuelta al sol, he subido; o cuántas veces me he parado y reflexionado en uno o en algunos; cuántas veces he muerto en estos y por aquello del "para vivir un año es necesario morirse muchas veces mucho", de Ángel González, al igual él insistía y "Yo comprendo: he vivido un año más, y eso es muy duro. ¡Mover el corazón todos los días casi cien veces por minuto!".
En mi atalaya, escribo, sigo, porque es mía, única, exclusiva e intransferible, mi vida, mi relato, mi rutina y fantasía, propia, y no de otra u otras historias o persistencias, familiares actualmente y por ello decepcionantes y muy lastimosas, donde creen y se vanaglorian que todo orbita elípticamente alrededor de su ombligo, en absoluto transgresor, como centro del centro del universo. Historias aunque cercanas, identitarias, me quedan ya lejos, pues no he hecho más que facilitar o favorecer a su empeño y desatención, a no desaparecer en su hiriente indiferencia, a una crueldad disfrazada de franqueza, poniendo tierra de por medio, salirme en sus afueras sin derrapes innecesarios y vistosos, con decepción, sí, y dolor...
En fin, escribía, prosigo, de encontrarme aquí un año más, en mi atalaya, sonriente, que no es poco o mucho de lo que espero y agradezco, en esa "buena edad" de la que reivindicaba el afable Benedetti, "para cambiar estatutos y horóscopos". Si bien, mirando o mirado atrás o a este año concluido o superado, a Dios gracias, poco cambio anhelo y sin que contribuya demasiado a más pérdidas imprevistas, sobresaltos o algún que otro sueño frustrado o quemado por otras conquistas cómodas o perezosas. Hoy aguardo con tranquilidad, deseo en el ascenso por mi atalaya, en un camino más o menos morigerado, más o menos afanoso, más o menos confiado o llevado por una inercia pulsante y no arbitraria, más o menos flexible..., continuar con el impulso, ritmo, vibración, actitud, aptitud y la voluntad ambicionada, marcada y decidida por una senda..., a ver..., llamémosle franciscana, a la inspirada y condicionada en el arduo y venturoso binomio de PAZ y BIEN. Y es que cada vez me molesta más, me desequilibra más el ruido, la mentira, el odio y el enfrentamiento por hueros fundamentos, la estupidez y más la estupidez de los estúpidos que se creen sabios o mejores a otros y diferentes...
PAZ Y BIEN, quiero, me impongo, entre sonrisas que ojalá jamás me abandonen y coloreen mi ánimo y nostalgia. AMOR, atreverse a querer y a ser querido, como único instrumento y motor para transitar por ese ideal franciscano del "pax et bonum", paz y todo bien. Un camino para recorrer el mundo y sin salir de adentro, de mi corazón, y así subir escalón a escalón como me dé la gana o en confianza adonde los días me lleven, por mi atalaya, en cada momento y privilegio de exaltación de la Belleza, en mi ahora vivir y no existir. Pido. Quiero.
"Ya hoy no cumplo años", o no he cumplido un año más, qué más da... "Perduro. Se me suman días. Seré viejo cuando lo sea. Y nada más"; en esto alcanzamos un unánime consenso mis yoes y yo, junto con aquel otro Álvaro de Campos o heterónimo de Fernando Pessoa. Hoy no cumplo años, rubrico la PAZ y el BIEN... Todo lo demás, y bueno, personas y sueños, será dado por añadidura.
¡Felicidades, Angus!
