Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche los atardeceres, los arrabales, algunos espejos de azogue interior, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor, acaso de lo mío que encuentro en mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



viernes, 2 de octubre de 2026

"𝐑𝐄𝐀𝐋 𝐅𝐄𝐑𝐈𝐀 𝐘 𝐅𝐈𝐄𝐒𝐓𝐀𝐒 𝐃𝐄𝐋 𝐁𝐀𝐑𝐑𝐈𝐎 𝐒𝐀𝐍 𝐅𝐑𝐀𝐍𝐂𝐈𝐒𝐂𝐎, 𝐃𝐄 𝐑𝐎𝐍𝐃𝐀"

 (Relato oficioso de Feria, sin que necesariamente las mejores historias comiencen en esta).


La Feria del Barrio tiene quien le escriba. Y a pesar o por más ventanas y puertas que se cierren, para que nada ni nadie moleste o ensombrezca a la más ilustre sombra y por absoluta. Hoy, este año, es el otoño quien escribe, quien toma el testigo de las letras y de los silenciados por imperativo oficial o ridícula represalia personal, revancha sin olvido y mañana, y de los nostálgicos que sienten el desgarro, la herida y mística sin perdón ni sutura. Es el otoño quien escribe a la Feria, en una de esas hojas o espejos que ya jamás caerán de uno de los mutilados árboles de la Alameda:


"Yo, Otoño, aquí he llegado, como he hecho quizás desde tiempo inmemorial, no en las frías fechas marcadas por el Observatorio Astronómico Nacional, no, sino con la Feria del Barrio, o de manera más precisa, que luego mis ceporreros se irritan en su orgullo o mejor privilegio, con la Real Feria y Fiestas del Barrio San Francisco, de Ronda. En verdad, yo, Otoño, anunciaba mi llegada como colofón o como un fin de fiesta o como el estallido, con su belleza heredada, de risas, músicas y contentos del momento, como si el Barrio fuese un globo que durante una vuelta al sol se infla, se infla..., de deseos y expectativas, hasta que explota en un gran desenlace de las fiestas, como una traca final de esas que se perdieron como se perdió la voluntad del propio Barrio, irreconocible en su postración, resignación, a otro mando y ruego y antojo, en su tradición, a la Feria. Yo avisaba unos días antes con algún que otro aliento o suspiro que hacía precipitar al suelo a las primeras hojas de la plaza, pintadas de ocre o bronce o de la cal de un bonancible refugio, a enfundarse las primeras camisas de mangas hasta las muñecas o una rebequita de punto y ligera, con los primeros vecinos que comenzaban a buscar el sol y no las sombras más largas en los poyetes de la alameda. Ciertas son las excepciones en los últimos tiempos y trayectos, ya incluso axiomáticas, por un cambio climático que no me tiene en buena estima y hacia prorrogar el verano hasta los mismísimos cuarteles del invierno, maniatándome a solo una nostalgia o sufrimiento dulce, intrínseco y legendario. Terrible. Mas nunca perdí la fe. La fe por recuperar aquellos derrumbes e incendios en los días de Feria. Al fin y al cabo, ¿verdad?, ella y yo compartimos idéntica magia visual y emocional.


Hoy, este año y ojalá la llamara edición, aún siendo una de aquellas excepciones, no es el mismo solaz o no comparte su excusa o refutación e inclusive añoranza cuando se toca la entraña y, como una tecla, resuena para que se la tenga en cuenta. He llegado a este octubre, yo, Otoño, aunque no con la Feria del Barrio como antaño. Porque no hay Feria, sino festejo, un indicio, una marca en el calendario, un aguijonazo de melancolía en el alma, aquella excepción y novedosa, un fragmento de una memoria desgajada, una raíz rota, un vuelo truncado o a medias, una promesa..., una verbena. No, no hay Feria: si no hay coches de choque, el mítico "Autochoque Valencia", no hay Feria; sin el "gusano" o el "KingKong", no hay Feria; sin casetas de tiro o de aquel "tiro pichón", no hay Feria...; sin esos carteles con el patrón, San Francisco de Asís, conmemorando su año jubilar, al octavo centenario de su tránsito, sin esos papeles como pentagramas de la Alameda que caían y abrían las tiendas, bares, comercios..., apuntalando la efemérides, identificación y el animo, no hay Feria; sin programas de Feria, con sus variados y tópicos "Saludas", con sus imágenes de ayer y de hoy tan de adentro o cercanas, de sus colaboradores o "religiosas" contribuciones, con sus vacíos o huecos de otras expresiones de riqueza cultural, sin las fotos de reinas y místeres, para curiosearlas, admirarlas y sonreírlas en guiños y satisfacciones bellas o de belleza ("Será que al Ayuntamiento o a su autoridad máxima no le ha dado tiempo a repartirlos, carteles y programas, a horas de inaugurar la Feria -susurra ese que firma arriba o abajo y quien me ha cedido su espacio-, conforme a su obsesivo control y resarcimiento por todo, o quizás los reservan para el Tostón en Todos los Santos... Y es que el humor es el mejor antídoto contra el veneno de la contrariedad." Silencio ensordecedor, ubicuo y ecuménico en la Asociación de vecinos, de vecinos, y en la Hermandad, del Santo Entierro, o en el rudimento residual de lo que otrora fue una Junta de Festejos, reunión o encuentro, donde todo se construía y asimismo se deshacía, incluso los sueños. Convivencia), no hay Feria; sin la Alameda, sin ese profundo latir del corazón del Barrio, no hay Feria. Solo verbena. Verbena en el atrio de Virgen de Gracia y derramada con esfuerzo por San Acacio y Ruedo Alameda. Verbena.


Aquí he llegado, yo, Otoño, al Barrio; pero por esta vez sin Feria, sin formar parte de un aspecto de su identidad, de su esencia, de su sentimiento o sensibilidad y ni siquiera como actividad en un programa virtual y restringido. No traigo con esto ninguna queja, ni crítica, ni miedo que me haga mirar a otro lado, a otra parte donde la conciencia no remuerda. También el guateque tiene sus marionetas. No en vano, «cada uno habla de la feria según le va en ella». Sigo acercando una luz más recogida, aliento y fulgor para vivir y no existir en estos tres días de desquite antes de que llegue el invierno y lo pare todo; os pare para reflexionar qué os sobra, qué no os reconoce, qué os hace mirar atrás para no afrontar el futuro, qué o cuánto hay que desalojar, de malo o innecesario, para albergar lo nuevo; tal como os he enseñado: a amar lo vuestro y a soltar lo que no os pertenece, porque soltar también es una manera de florecer. Os propongo a que mudéis el hato, a que os deshojéis de miedos y cadenas. Os aporto ganas, confianza, energía, ilusión, color, inspiración, amistad, diversas formas de disfrutar del ambiente, de la fiesta, en la... ahora verbena. Pero también os aproximo o insuflo responsabilidad, comprensión, oído y decisión; a que esta fiesta como todas las de hoy, calcomanías, a este indicio y excepción, no signifique una pauta, ordenanza, una obligación, de coartar las maravillas del universo en este horizonte fantástico del arrabal, para futuras ferias, verbenas de facto, sino a un compromiso, voluntad, un reencuentro con la tradición en su mejor versión, y en la Alameda, sea cual sea su cara y alma después de las obras. Sin Alameda, no hay Feria, tampoco yo, otoño. Hasta entonces, vive la Feria, ama la Feria, sé ella y porque la vida es una feria, que mañana siempre será demasiado tarde para todo.


He dicho o escrito".



sábado, 26 de septiembre de 2026

🍁 OTOÑO 🍁

Tal como sucedió, así lo cuento.


Andaba yo esperando al Otoño, buscando sus primeras señales o indicios o alientos, como he hecho siempre o desde que sentí o me sentí en un reencuentro en o con aquel y si no mágico, extraordinario; a mi esencia derramada por el equinoccio, a su influjo, abrazo, energía y nostalgia que abre las puertas de mi alma o una desnudez de infancia añorada. 


Esperando... al gato, por ejemplo o inequívoco, al gato en los poyetes con su serenidad y rasgada mirada en la Puerta de Almocábar, en centinela que da la bienvenida al otoño; todavía sin saber si era el felino de Cheshire o de los Deseos del cuento de Carroll y de no pocos ensueños. Pero ni él ni ninguno de su camada o guardia apareció hoy o ayer o... cuando lean, si leen, esta historia real y porque así la inventé y con entusiasmo la vivo; invisibles o ausentes a mis ansiosos pulsos, ante mis ojos empañados de incómodo verano y de otras urgencias en absoluto vitales o por no serlas de exaltaciones bellas o de la Belleza. Como mis pasos en la huella de tantos otros en el llamado ahora 'callejón' y oficialmente, gélidamente, Gallarda, auscultando a un último crepúsculo estival allá en la lejanía, encumbrando y sumergiéndose, tan factible de hecho, en las Cuevas de San Antón o de la Virgen de la Cabeza; añorando a cuantos muchos del pasado penetraron y quemaron con su incendio áureo a la calle, a las paredes de cal y contrariadas calendas, y a otras travesías, sanguíneas, de muy adentro de los que nos dejábamos quemar, licuar y sorprender. Nada advertí o me emocionó en aquel postrero ocaso veraniego, de hoy o ayer o..., a pesar del remolino de malvas y rubíes en el celeste cielo. 


Esperando... a la hoja, la anunciadora nota musical en su mecida en el aire hasta caer agónica en el suelo, la de la primera hoja del primer árbol en el pentagrama de la Alameda del Barrio. Después, una vez en casa, triste y decepcionado, interpreté, como cierta y esotérica epifanía, porqué esa misma mañana, la hoja del otoño anterior que preside mi hogar en el tiro de la chimenea aparecía torcida, inclinada a un lado, señalándome acaso que esta entrada de la estación me tenía reservado un nuevo matiz, sorpresa, voluntad o una nueva tesela en su mosaico o mejor jeroglífico. Un sueño. "Confía", pareció sugerirme cuando la enderecé en su marco de arabescos. Antes, escribí, al igual en el 'callejón' como en 'Las Imágenes', en el Predicatorio como en la Fuente San Nicasio, la Alameda no tenía nada que contarme, que inspirarme, que relatarme, en ese intermedio del verano al invierno en el hemisferio norte qué emprendería su camino, según cálculos del Observatorio Astronómico Nacional, a las 2 horas y 5 minutos, hora oficial peninsular, del 23 de septiembre, hoy o ayer o... 


La Alameda callada a anuncio y esperanza, o acaso en un ruego solidario con su llanto de despedida, del adiós, por las obras que la devastan y la convertirán en otra, en otra cosa, en recuerdo o melancolía o promesa rota; de una destrucción o novedosa reminiscencia ya anunciadas con el 'real' de su Real Feria de San Francisco, con la mutilación de sus árboles y del persistente ruido a cuanto fue reflexión, expansión y espera. Los mayores mueren antes, mueren más rapido, al no poder sentar el tiempo o prórroga en los poyetes de la plaza. 


Con decepción y preocupación, con extrañeza y desconfianza, llegué a mi casa donde, dije, me abordó la revelación aquella por la hoja escorada del año anterior en la chimenea. Luego, en ese estado expectante y acucioso ante un mundo vacío, pero de desvelo tangible que hormigueaba mi entraña, eché mano de J.L. Borges en un propósito de encauzar un ¿deseo?, una ¿inquietud?, un ¿misterio?, o solo un murmullo de mi alma y también aguardo al que no lograba sustanciar, dilucidar, poner palabras y ni menos escritas. "El otoño es más una estación del alma que de la naturaleza", escribí aquí, en el teléfono móvil, la frase de Borges... Y tras estos vastos y enormes puntos suspensivos, el largo y enjuto pulsor parpadeaba insolente en el infierno blanco y metáfora de una de esas otras páginas u hojas muertas. Imposible. Nada me surgía, me urgía de adentro para plasmarlo en letras y con sentido; ni relato ni poesía ni retórica llamada a voz en grito a un otoño ajeno a mi necesidad de complicidad, de conexión, de encuentro y fantasía. Era ya mi ira desesperada o la desesperación que se transformó en ira, con todo lo escrito en la alba pantalla del móvil seleccionado con trazo azulón, con el pulgar sobre el símbolo de una X encerrada en un rectángulo de lado en punta o indicación, dispuesto, resignado pues, en el borrado definitivo, si hubiera sido papel en el gurruño, cuando oí, procedente del balcón, del balcón entonces abierto a la calle y a las postrimerías del día y a mi irresuelto anhelo y oportunidad, unas palabras, como un fragmento de conversación que trajera el viento, suaves, melodiosas, como el susurro que dejaban las hojas de los plátanos de la Alameda en su ligero precipitar al pavimento, como los golpes de gubia de un ramillete de haces de luz crepuscular en las piedras de la muralla,  en las piedras del templo del Espíritu Santo y de poder emitirlos y yo oírlos: 


"Aprovechemos el otoño..." 


Como se comprenderá quedé aun mas sobresaltado al sobresalto inicial, con un frío de hielos en la nuca y los vellos de los brazos como escarpias, porque en el balcón estaba Gala. Imposible. Increíble. No, no, no... Es cierto que ella no hablaba, ladraba, no susurraba, gruñía en la intensidad de su necesidad o demanda...; aunque alguna que otra vez, no lo habitual, y conforme a nuestra coacción o provocación en sus ansias nutritivas, articulara un "mamá", un inteligible vocablo o quejido más humano que canino, incluso algún que otro "Angu", sin S final y lo que ya hubiese sido rizar el rizo de lo sobrenatural y acojonante; pero lo normal era su ladrido, en ocasiones para reventar los tímpanos y a uno o los dos ventrículos. Asustado, patidifuso, cabeceaba, negaba que Gala hubiese hablado, me hubiese hablado a manera mía o la entendiera, tan humana como apacible y honesta. Sin embargo, ahí en el balcón estaba ella mirándome del mismo modo muy segura, abrazándome con sus ojos húmedos de ternura, con sus fauces abiertas y trémulas en lo que me pareció una enorme sonrisa de confianza, diversión y certidumbre. "Confía", devolvía un eco de la hoja torcida. Los últimos pulsos de un sol más pajizo o viejo arrancaba destellos o cómplices estrellas y guiños en su terso pelaje de noche absoluta. Imposible, y entonces la imposibilidad se hizo nuevamente posible:


"Aprovechemos el otoño -Gala volvió a entonar con dulzura y arraigo-

antes de que el invierno nos escombre

entremos a codazos en la franja del sol

y admiremos a los pájaros que emigran.

ahora que calienta el corazón

aunque sea de a ratos y de a poco

pensemos y sintamos todavía

con el viejo cariño que nos queda.

aprovechemos el otoño

antes de que el futuro se congele

y no haya sitio para la belleza

porque el futuro se nos vuelve escarcha."


— ¿Borges? -pregunté por preguntar, por oír o construir algo normal, real o acostumbrado, más admirado que asustado, más interesado que por sortear a ese enigma o prodigio que hacía recitar a Gala, mi perra, un bello poema de...

— Benedetti -me respondió ya de manera confusa, acaso porque la articulación de la palabra se acomodaba a un lógico y aliviado ladrido que a inflexión humana.

— "Aprovechemos el otoño..." -repetí más inconsciente que sabedor, más pendiente de alcanzar la cola de un presentimiento o de una iluminación fragmentada y dispersa, que de la puerta o ventana que aquella poesía abría y de su invitación a asomarme, traspasarla o solo asumir su letra.


Gala dejó de mirarme, alzó sus orejas, crispó su cola, se agitó en un espasmo, y comenzó a ladrar como si no hubiera un mañana, como si la integridad de la realidad dependiera de ello, al perro turco o aproximación racial de "la membrilla" y al que esta paseaba, correa mediante, en actitud astrosa habitual y entera por enfrente, por la acera o la otra orilla de este caudal de vida que es la calle San Francisco de Asís, arteria principal del corazón del Barrio. La gata de Rafi, en un cerrado balcón al otro lado, observaba ensimismada, morbosa, arriesgada y suicida de no ser por sus siete vidas y por la protección que le doy en mi creativa o narrativa, la algazara perruna o más apropiado de Gala en exclusiva o en exclusividad de ruido, intimidación y fuerza. La hoja clavada en la moldura de la chimenea volvió a inclinarse de nuevo, esta vez a la izquierda. No hacía viento, ni corriente concitada e imprevista. Sonreí. Entendí. Agradecí, con perdón por la calor y por el espacio colmado de 'invasión' extranjera que hacían de la ciudad una mala copia de esas otras costeras. Un año más llegó el Otoño, saludándome, acogiéndome. Bienvenido.



sábado, 19 de septiembre de 2026

LEVANTE

 Hoy el Levante me trae con fuerza el regreso a la rutina, a la obligación y responsabilidad, tarea. Asimismo, atenuando los grises que se avecinan, cenizas de otros fuegos, el mismo viento de allá me trae su nostalgia, la vida de unos días, a la mar, siempre la mar, agitada, agitándome, con sus platas rutilantes de la mañana y los oceánicos esmeraldas del anochecer, a unas huellas con principio y sin fin en la suave arena... Nostalgia de la mar, siempre la mar, aguardando el reencuentro.