Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



viernes, 3 de marzo de 2017

IMÁGENES CON LETRA: "Venera"

Ella sostiene con firmeza la concha, exponiéndola ante la mar que la trajo;  el cuerpo, la coraza de su deseo, trasmutado con tanta pasión como el esmalte de sus uñas encarnadas, materializada de improviso en la arena, huérfana de océanos, como un frágil náufrago, solitaria, una esperanza verde como estas otras aguas del Mediterráneo,  una confianza serena como cada una de sus duras estrías, las líneas de crecimiento en metáfora de los pliegues dolorosos de este tiempo pasado. Cada pequeña concha que coge, y guarda, tal vez la misma siempre, la lleva a esta ciudad, Torremolinos, a esta playa de la que no le importa su nombre, solo su reflejo en el espejo de la mar, en el sentido de un camino, de un viaje exitoso que allí termina,  que la lleva con pasos más seguros y vivos. La línea del horizonte, la insegura superficie entre el cielo y el agua, hoy está equilibrada, las dos mitades de la venera alegórica, no se  tiende contraria a la duda, no se inclina hacia ningún vacío en su derrame universal e incómodo. Ella mira la valva, y agradece el obsequio, o la respuesta a su anhelo, o el icono donde anclar su lucha; más por cuanto sabe que la mar, siendo mujer, no es compañera, ni amiga, en todo caso una ausencia reflexiva, cómplice con ciertas ansias del existir, y remisa consejera. Ella observa la concha al trasfondo del piélago marino: Venus nacida en sus salobres aguas bautismales, la luna remontando el crepúsculo, cabriolando en las brumosas cimas de las olas en su acompasado señuelo de rendición en la arena; la marca, la señal distintiva de su peregrinaje por una nueva y sosegada vida, como esos soldados que regresaban de la guerra agitando las palmas de los vencedores, los peregrinos de la ruta sagrada en mortificación de sus vicios, de sus penas. Ella despliega y mira la concha, y piensa en que jamás se la devolverá a la mar, quedará como una imagen, un mandala, una evocación de su lucha por vivir. Ella entonces recuerda una frase de Shakespeare, simbólica y concerniente: "Mañana en la batalla, piensa en mí".

© F.J. Calvente.



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