Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



lunes, 12 de junio de 2017

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Las ninfas" de Francisco Umbral.

“… creo que la vida es mediocre como tal vida, pero como novela no resiste una primera lectura. Empiezo a sentirme protagonista de una novela mala y provinciana, con frágiles tontos, pescaderas enamoradas y artistas de pega. Habría que ser grande constantemente y uno sólo consigue ser constantemente tonto”



Este relato autobiográfico de Francisco Umbral, uno de los más grandes de la lengua castellana, “Las ninfas” (Círculo de lectores, 1976), comienza con una cita de Baudelaire: “Hay que ser sublime sin interrupción”. Y esta es la mejor síntesis para una novela que junto a “Mortal y rosa” suponen las cimas más importantes, en cuanto a expresión, fuerza, lírica sensibilidad y descripción feraz, de la carrera narrativa de Umbral. Unas páginas que desde su principio es eso, un ejercicio sublime de literatura sin interrupción, hasta el final o hasta su siguiente obra. Memorable.

“La prosa magistral de Umbral nos devuelve a ese adolescente que mira hacia el niño que ha sido y los trenes que se cruzan en su camino, un adolescente que crece al pasar las páginas y va cambiando su ilusión de ser sublime sin interrupción por el deseo de la mujer amada y el placer de compartir las aventuras con los amigos, en una noche de verano, en una atmósfera donde al negro se le transparentaba el azul. Una novela fresca y sugerente como sólo es la gran literatura.”

En esta novela ganadora del Premio Nadal de 1975, nos encontramos además al Umbral periodista, al extraordinario columnista del que muchos nos convertimos en acérrimos devotos, por su genio, la imposible metáfora, o en sus muchos y ricos requiebros que supuraban una notable mordacidad.  “La cultura es un valor universal sólo en la medida en que entendemos el universo como un valor cultural” Memorias noveladas, las adolescentes, en las que recuperamos, sus lectores, al eminente Umbral a través de su alarde descriptivo, crítico, analítico, del ambiente social, de las costumbres, de los personajes que los definen, y embreadas por la sutil y poderosa pátina de su criterio personal convertido en literatura; encerradas bajo cierta retórica presuntuosidad, válida por supuesto, de la sublimidad que cantara el poeta y de lo que no fue más que un deseo, una exigencia por autoafirmarse y ser uno de entre los grandes escritores a los que tanto admiró a lo largo de su juventud. “Pequeños mundos codiciados toda una vida y agotados en un día” Es en estos momentos de su adolescencia donde se forja, se moldea el Francisco Umbral del futuro inmediato, prospera el sentido de lo que debe ser su vida y no de lo que fue hasta ahora, predestinado en la anodina realidad de una capital provinciana en tiempos de la dictadura franquista.  

Pasaban silenciosos obreros en silenciosas bicicletas, con la luz del farol como una lamparilla ambulante de la pobreza. Pasaban lecheros triunfales en sus carros ruidosos, con caballos piafantes, y se perdían en seguida en el laberinto de las calles. Pasaban viejas, reducidas a su sombra, que iban quedando abrasadas, como mariposas de luto, en las luces de los ultramarinos, y pasaban curas o monjas repartiendo noche con el vuelo de sus hábitos

Umbral retrata a unos personajes brillantes, perfectamente trazados: ahí están por ejemplo Miguel San Julián con su vitalismo esencial, Cristo Teodorico o quien acaso fue el doble estilizado y perfecto del propio Umbral, a salvo de las maldiciones del destino o del reverso de los tiempos, si bien… Darío Álvarez Alonso, el poeta idealizado por el escritor como el espejo donde verse y afianzarse en su deseo de ser otro y reconocido lírico (hay una parte que no voy a revelar en torno a la traición y que constituye uno de los grandes logros de este libro…). Y por supuesto están “las ninfas”, las mujeres del Umbral adolescente: María Antonieta o con la que fue el primer beso y por ende su primer amor, la creadora del aura imborrable de lo primero, de lo genuino, de la elección, de uno de los elementos muy presentes en la obra del vallisoletano, la sensualidad femenina; y Tita, o de lo que viene a significar la semblanza y defensa de una mujer que quiere ser espontánea, libre, dentro de un mundo mezquino y reaccionario. Y del mismo modo, encontramos las admirables pinceladas del escritor, (las que me recordaron a su también famosa llegada al “Café Gijón” en otra memorable obra), de un singular mundillo literario provinciano, de personajes casi del siglo del oro, como Empédocles, un músico fracasado y homosexual disoluto; Teseo, u otro fracasado de la pintura y borracho; Diótima, el joven crápula siniestro y escurridizo. “El adolescente… encuentra que la humanidad ha sido muy confusa, indefinida, imprecisa, indeterminada e indiferenciada hasta que ha llegado él al mundo y, sobre todo, hasta que ha llegado a esa mayoría de edad convencional y anticipada, precoz e impaciente, que es la adolescencia.” Y es en este mundo tradicional, religioso, doble, donde Umbral desarrolla la crítica por la represión y la defensa de la libertad del sensualismo, del erotismo, como uno de los motores fundamentales de su literatura. El erotismo esbozado desde distintas vertientes: el amor puro, desnudo, lírico, fiel, el de la acequia, el de los cuerpos tendidos en la hierba, el del primer beso; junto con el instintivo, el animal, el de los odres de vino, e incluso, por la época, el oscuro, el homoerótico o lésbico… Un mundo lleno de tentaciones, “Cuanto más acrisolada es la virtud, más fastuosa es la tentación. El pecador mediocre sólo tiene tentaciones mediocres”, pero también de maldiciones.

“Llegamos a la acequia (…). Dejamos las bicicletas tumbadas en la hierba seca y caminamos de la mano. Ella iba descalza. En un punto nos detuvimos y empezamos a desnudarnos para entrar en el agua. La noche estaba enervada de grillos, del canto y el quejido de todos los seres minúsculos que la poblaban y que eran como la nervadura sonora del campo y el cielo. El susurro del agua en la acequia era una cinta suave y negra que se deslizaba a lo más negro. Entramos en el agua de golpe, con estampido de espumas, como despertando el fondo dormido de la corriente. (…) Nos besamos chorreantes y salimos a la orilla. Corrimos y nos secamos con nuestras propias ropas. Luego estábamos ambos tendidos a la orilla del agua, y yo veía el cuerpo blanco de María Antonieta, como dándole luz a la luna nueva”
    
“Las ninfas”, dentro de “los libros de Valladolid”, o la pasión por la literatura, el querer, el deseo, el esfuerzo, el camino iniciático del autor hacia dónde y qué quiere ser, abandonando la asfixiante mediocridad de un mundo rural y sin perspectivas, en su personaje más sincero, ese adolescente como “… un proyecto de adulto que fracasa todos los días para volver a empezar”; insistiendo, repitiéndose continuamente, como un mantra que le permitirá conseguir lo que quiera, esa máxima de Baudelaire, la de ser sublime sin interrupción. “… los que profesaban, como quería profesar yo, la sosegada y cobarde religión de la cultura (que efectivamente, como leería mucho más tarde, era una religión: porque lo más importante que suele encontrar el adulto en los libros es la confirmación de sus intuiciones adolescentes)” Unos momentos, adolescentes, que tienen que sucederse en verano, no en invierno, la sangre caliente, el erotismo de la acequia, el optimismo universal y ambiental, imprescindibles para vadear el folclorismo tradicional, la vocación seminarista, e incluso a los malditos que representaban esos parias de una sociedad casposa, falaz, los de la “triste paradoja municipal”. Y es que “La ignorancia es siempre más lírica que la erudición”, la que hay que superar, alejarse, abandonar.

“Los libros eran pocos, pero para mí eran todos los libros, y sólo muchos años más tarde he vuelto a saber que, efectivamente, eran todos los libros, porque lo que lee uno después de la adolescencia es ya siempre repetición de lo leído (se lee siempre el mismo libro, como se escribe el mismo libro; el que uno quiere leer y escribir, nuestro libro) y porque no hay manera de que un libro leído más tarde pueda poseernos como nos poseyó aquél, como nos poseyeron aquéllos”

“Las ninfas”, un extraordinario ejercicio de genuina y admirada literatura. El placer de la lectura.

“… entre autobiografía y radiografía de una clase social, o de un ambiente, el de una capital de provincia después de la guerra, es quizás, la más representativa de toda su obra, a causa de la coincidencia en ella de varios de los puntos de interés sobre los que Umbral ha escrito: la represión del erotismo, la evocación costumbrista, y la meditación entre lírica y salvaje sobre algunos de nuestros demonios nacionales menos aireados.”


Una novela necesaria, indispensable su lectura.

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