Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



domingo, 22 de abril de 2018

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "La sustancia del mal" de Luca D´Andrea.


“Difícil es solo lo que uno no sabe hacer”



Novela negra, thriller, me apetecía, con todas las características que se le suponen, se le requieren al género: sobrecogimiento, emoción, acción, oscuridad, crimen, secretos y sospechas… Esto parecía cumplirse en la divulgación editorial que subrayaba a “La sustancia del mal” (Alfaguara, 2017), opera prima de Luca D´Andrea, en “El thriller literario del año. No devorarás este libro: este libro te devorará a ti.” Razón y atractivo suficiente para embarcarme con interés en su lectura. Luego mi impresión ha sido de tibieza; pesan más los contras que los pros, éstos sugestivos y logrados y correspondientes a la que debería ser la protagonista auténtica, la intriga en sí. Del mismo modo, no he visto en este autor italiano como otros sí lo han hecho e incluso ponderado, un estilo en la línea de otros grandes de la novela negra. Sin embargo, ni a lo “Misery” de Stephen King, ni a Patricia Highsmith, ni Jo Nesbo, ni Stieg Larsson, ni Joël Dicker, tampoco Luca D´Andrea ha necesitado parecerse a nadie para crear una novela, a mi juicio no sin la magistralía con la que se la ha acreditado, de la que me esperaba más, evidenciando una historia de misterio interesante, correcta y entretenida. Solo.

“En 1985, durante una terrible tormenta, tres jóvenes son brutalmente asesinados en el Bletterbach, un enorme cañón tirolés cuyos fósiles cuentan la historia del mundo. Treinta años más tarde, el documentalista estadounidense Jeremiah Salinger se instala en la pequeña localidad alpina junto a su mujer y su hija pequeña y, a medida que va conociendo a los habitantes de la comunidad, se obsesiona con ese caso nunca resuelto. Nadie a su alrededor desea remover el pasado, como si aquel sangriento acontecimiento llevara consigo una maldición, y todos parecen esconder secretos inconfesables.
La identidad del asesino o asesinos no se nos revelará hasta la última página. Por entre medio gozaremos de múltiples indicios, líneas de sondeo que son un atolladero, giros inesperados y escenas de magnífica ternura en oposición a otras de gran tensión y discreta elegancia narrativa”.

“La sustancia del mal” pivota en torno a tres ejes en orden de importancia: ambientación, trama, tradición.

“-No, no me divertí. Es tan…, es una locura decirlo, todo el mundo es viejo, pero allí se nota el peso del tiempo”

Ambientación: Muy visual, la novela reseña perfectamente, a modo de una guía de viajes completa y atractiva, un ostentoso e impar decorado: la cordillera alpina de las Dolomitas, en el Tirol, el Alto Adige italiano, un cañón originario profuso en fósiles, de ocho kilómetros de extensión por casi medio millar de metros de profundidad, el Bletterbach, inclemente y sobrecogedor, pleno de nieves, de amenazas blancas, y… de la Bestia.

“Mejor no bromear con el diablo.”

Tradición: De la misma forma el autor acopia y trasmite con detalle y solvencia las tradiciones, las leyendas, las supersticiones, la vida en un pequeño pueblo de las cordilleras alpinas tocado de una protección rigurosa, cerrada y desconfiada ante toda injerencia externa.

“-Dios nunca me perdonará por eso, ¿verdad, Salinger? –Tú no lo has hecho.”

Trama: Escrita en primera persona, de estilo ágil, sencillo, parco, de breves capítulos y oraciones sucintas, exterioriza los problemas íntimos del protagonista, Salinger, de la lucha para que sus obsesiones no se interpongan en el amor y resguardo de su familia; más al sentirse mordido hasta casi el desequilibrio,
soportando una presión inhumana, por dilucidar qué sucedió tiempo atrás en lo más recóndito de las montañas, la brutalidad de unos crímenes de los que desconocemos si perpetrados por humanos o por algo terrorífico, mítico, sobrenatural. La angustia del protagonista principal, por el contrario, no termina de sobresalir de las páginas para transmitirse al lector, y establecer así la reclamada empatía que hubiera dotado de mayor atracción al relato. Los personajes, a nivel general, muchos como para que en ciertos momentos se pierda el hilo de su afinidad o identidad, están bien caracterizados.

“Preguntar a los muertos para dar respuestas a los vivos.”

La novela tiene un inicio pesado, un ritmo lento, acaso para que D´Andrea sitúe personajes, argumento y escenario, que no deja de tener la impresión, la contrariedad, de unas demostraciones destinadas a amantes de la escalada, de las actividades o solaces en la alta montaña. Cuando creía que esto era solo al principio y que necesariamente la narración tenía que progresar en suspense y emoción, el autor continúa dosificando con cicatería, acrecentando ahora un ritmo medio, inadecuado y flojo, los giros identificativos del género, los datos o pistas para dilucidar los crímenes, exigiéndose más acción, más avance en la investigación y no tanto en las subtramas; hasta un final, eso sí, con importante vértigo y sorpresa, pero si no previsible, sin dirimir con capacidad al mal, la bestia, la fantasía o la crueldad humana; trasmitiendo una sensación en el lector, si bien satisfactoria, impasible.

“Una parte de mi mente, esa parte animal que conocía el terror porque había vivido en el terror durante millones de años, comprendía lo que la Bestia silbaba.”

En definitiva, trama, leyendas y ambientación en un thriller fácil de leer, no tan adictivo como debía esperarse, donde el escenario tiene más importancia que los personajes o la historia en sí, adoleciendo de algo más de esa genuina oscuridad en esta narrativa de suspense. Sea como sea, una novela entretenida.

“Olvidas aniversarios, cumpleaños. Olvidas caras. Por suerte, también olvidas los dolores, los sufrimientos. Pero las risas de esa época, de cuando aún no eres un hombre, pero tampoco eres ya un niño..., esas permanecen dentro de ti.”


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