Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



miércoles, 2 de mayo de 2018

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Una casa junto al Tragadero" de Mariano Quirós.


“Estar muerto podía ser eso, hacer todas las cosas al revés”




¿Cómo se puede hacer de un argumento simple una obra excepcional? ¿Cómo con una prosa sencilla y una trama simplista se puede incentivar y absorber tanto el interés y fascinación del lector? ¿Cómo con un matiz gris, anodino, se puede construir una historia oscura e hipnótica? ¿Se puede? Sí, es la maravilla narrativa que ha ideado el argentino Mariano Quirós con “Una casa junto al Tragadero” (Tusquets Editores, 2017), la novela que le valió el XIII Premio Tusquets Editores de Novela 2017. “Un magnífico relato de supervivencia en medio de una naturaleza hostil”; también un relato de identificación personal, del sentido individual en un mundo casi virgen, de una alegoría árida y desasosegante.


“En un territorio selvático impreciso, cerca del río Tragadero, en el norte argentino, vive con su perra el Mudo, el protagonista de esta historia. El Mudo dejó Resistencia buscando la calma de la naturaleza y vivir rodeado sólo por «el murmullo de la vegetación». Se relaciona con Insúa, el dueño de un almacén de víveres que se quedó con su camioneta a cambio de proporcionarle todo lo que necesitaba para emprender la vida en solitario. Y siente como intrusos a otros personajes que merodean por su territorio, como Soria, que vive con su hijo, o los jóvenes ecologistas de la Fundación Vida Salvaje, que en su día lograron que Insúa liberara en el río los yacarés que tenía como mascotas, sin calibrar las consecuencias. En medio de la aspereza de una naturaleza hostil, entre pájaros, monos y caimanes, el lector asiste con una tensión creciente a los peligros del río y a las amenazas de los desconocidos, cuyas verdaderas intenciones adivinamos de manera inquietante desde los ojos del protagonista, que hizo propósito de no molestar a nadie, ni de que le molestaran.”


Soberbia lectura que perdura en los sentidos por su implícita sorpresa, la de una historia narrada con dureza, con personajes igual de sobrios y con un argumento nada frívolo pero incoloro, obscuro; y con todo interesante, sugestivo. Como si al disponer las características de la novela una detrás de otra se observase que ésta no merecería ninguna consideración, ni narrativa ni estilística; pero las que, en su globalidad, en su reunión, edifican un sólido ejercicio literario, magnífico y poderoso, escrito de forma singular, y el que aún luego nos maniata con la sensación de no saber qué ha surgido, qué nos ha hecho para atraparnos de esta manera tan original.


La narración, o la voz de su protagonista, del Mudo, quien verdaderamente no lo está y prefiere callar y pasar por brujo o loco. La voz en primera persona, o el recuento minucioso, crudo, de sus atentas miradas de las que, y por ello resultan sorprendentes, no sabemos cuáles pertenecen a la realidad y cuáles a la fantasía; así como de su conducta que gravita en la de la propia sequedad del terreno y la de la sensibilidad; o porqué abandonó la ciudad en búsqueda de paz y vino a instalarse en un lugar inhóspito, en un lugar casi paradisíaco, incivilizado, junto al río del que lleva su nombre la novela, el Tragadero,
y el que como tal engulle a cualquier circunstancia y cosa, como la selva que lo devora todo, a sus actores autóctonos y foráneos, en un infierno circular del que no se sale tan fácil; qué nos oculta y qué deforma de su impasible y viva ilustración de un mundo salvaje. El Mudo, en este recuento de la acción y de la reflexión, se sirve de sus dibujos para atestiguar este universo incontrolado, caótico, de cacerías de monos, de mafiosos cocainómanos en sus ingenuas y peligrosas luchas con los yacarés (cocodrilos), de su papel de voyeur invariable, de pasar el tiempo bajo un árbol o tomando vino o pelando una naranja con toda la asepsia y pulcritud asombrosa por la situación del territorio... Junto a él, aparece el resto de protagonistas entre los que incluiríamos a su perrita India, acaso un alter ego del mismo Mudo; Soria, el adversario, desquiciado desde la muerte de su mujer y por el entorno, la sombra de su hijo; Insúa, el dueño del único almacén de la zona, lo más parecido a un amigo; y los ecologistas de la Asociación Vida Silvestre que viven una película de auténtico terror entre sexo, drogas y extravíos; inclusive, la de esa personificación de la esperanza, de la confianza en el porvenir, en los fantasmas con los que el Mudo se encuentra e interactúa, dando la impresión, en momentos de la narración, de confusión entre quienes son más vaporosos, más insustanciales, si los espectros o los personajes de carne y hueso. La voz del Mudo se mueve entre tiempos no lineales, que se van alternando entre escenas y que el desarrollo del relato las va ajustando, a pesar del caos, hasta formar un núcleo narrativo cohesionado y atractivo.


“Lo que más me costó fue acostumbrarme a la oscuridad”


De entre tanta locura que se apodera de unos y otros, acaso porque la selva no hace distinción y a todos condena en la oscuridad de errar en círculos, emerge un mensaje si no ecologista de una llamada de atención por el monte chaqueño, uno de los pulmones de Sudamérica, con sus reservas naturales y hábitat genuino de indígenas y campesinos, de una población sin los mínimos servicios, básicos; en vías de destrucción por la acción de las “topadoras”, esas retroexcavadoras que lo arrasan todo a su paso, con el funesto objetivo de dejar expedita la selva para plantaciones de soja transgénica.


Quirós, en un sensacional ejercicio de realismo duro, vertiginoso y abrumador, ha creado una novela sensacional. Indispensable.


“Acá se hace de noche y el mundo desaparece. Y yo no había previsto una cosa así, no había previsto nada en realidad”

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