Ese destello de sol sobre la Puerta de Almocábar, pudiera, además de distraer el ánimo, ser una señal, un geométrico estallido de luz, cegador, afilado, del comienzo de una ilusión. Quizás idéntico a la confianza desbordada por esta puerta siempre abierta en la muralla. El fulgor sorprendido tras la mítica piedra que será la chispa para un incendio íntimo. El fuego nuevo, pero de memoria antigua, con el que quemar los viejos diarios garabateados, inconscientemente, con recuerdos de este año que finalizará con una última campanada; no tan sobria como las de la iglesia aledaña. El origen de una quema que se extinguirá en sus cenizas de rastrojos, de rescoldos, o de sueños perdidos... En un fértil légamo que tiene que alumbrar a algo nuevo, no redundante, circular o con retorno; bien aquella ilusión postergada, contraria y contrariada a pesar de su luz, en la fuerza, en el albur de la negación, en un dejarse devorar por la uniformidad del monstruo de unos tiempos grises y quietos encarcelados en un reloj sin manecillas, con muescas en vez de números, heridas cicatrizadas. Aquel cuyo mayor poder consiste en no serlo, un monstruo, verdadero y encarnizado, inexistente y protervo, blanco y gélido. De ahí que este destello de sol sobre la Puerta de Almocábar, sea solo eso: un destello, el momento de unas palabras, ahora letras, al socaire del placer de una cerveza, en 'El Puntilla', a mediodía.

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