Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche los atardeceres, los arrabales, algunos espejos de azogue interior, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor, acaso de lo mío que encuentro en mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



viernes, 26 de diciembre de 2025

"CEREMONIA ENCANTADA"

 Palabra. Palabra de aire. Palabra de luz. Letra. Nota. Un año más cumplo con el ritual, mi ritual. Gracias a la Vida por concedérmelo, por oírme, por sentirme, por abrir la puerta al Universo, por no echarme aun de menos. Gracias por renovar, a que reanude tan fantástico acontecimiento. Al milagro de tener un fragmento del Otoño; un suspiro de mi tierra, de la Alameda como un hogar al que se siempre se regresa y del que jamas se dijo adiós y aunque sea por un momento, tiempo, mucho o poco, días o milenios, por insignificancia, cierta o inconcreta, o frívolo despecho, enfado o falsa superación... Gracias invariablemente, o hasta después de un año en el que pueda reemprender mi vínculo, promesa, con todo y en todo. Con un trozo del Otoño, del último Otoño, una posibilidad de lo absoluto. Dios, Energía o Imaginación. Otoño. "El invierno es un aguafuerte, la primavera una acuarela, el verano una pintura al óleo y el otoño un mosaico de todos ellos", escribió Victor Hugo. Todo. 



No, no se trata de una manía, de un sortilegio, de superstición, así de cruzar los dedos en la piedra del destino o en esos poyetes de la Alameda donde asiento mi Vida y observo la Creación. No, es una necesidad, una sensible exigencia, una voluntad comprometida con mi ser o realidad y predestinación. Uno de los significados de mi estancia en este mundo, a este lado. De lograr en posible a una imposibilidad. Atrapar un horizonte de bronces en el espejo de un pentagrama, en una hoja caída de uno de los árboles de la Alameda franciscana. Una palabra de luz o una luz en una palabra. Luz, letra, nota musical, azogue.



Aún no sé, tampoco me extraña el hecho que este año haya habido un cambio fundamental, una alteración trascendental en el mecanismo soterrado o inescrutable, no importa, de esta tradición, de mi tradición, aunque ello pruebe que esta, la mágica costumbre, esté muy por encima de mi decisión, de mi razón. Es su voluntad y yo la hago mía o acaso fue mi primer anhelo o resolución y a la que perdí cuando sacrifiqué mi inocencia por las conquistas de un mundo diseñado o consensuado por otros y en el que luchaba, contra mí mismo a fin de cuentas, por no divergir, desentonar, contrariar. El eco de un pulso, quizás, de un latido de mi corazon, reverberando siempre en ese horizonte crepuscular y encendido que como una melodía es posible, al cerrar los ojos, al dejar la mente en blanco, al dejarse hacer o dejar de ser uno para ser todo, a oírla o a que traspase o colonice con sus notas las moléculas de mi cuerpo, reavivando el fuego, el fulgor de la energia que me une al universo. 



Decía este año del cambio, porque la ceremonia dejó de ser en otoño o acaso se demoró en él, confiándose en él o de él, en un 2025 donde puede presumir de haberlo sido, otoño, y no un verano porfiado o un incipiente y sorpresivo invierno. En verdad y curioso que la hoja elegida, la que tenía que presidir el salón de mi casa durante un año, la tomé en otoño, un martes por la mañana de finales de noviembre. Hoja a la que vi caer, sola, de uno de los árboles de la Alameda, con esa hipnótica y suave levedad o poder de pausar el tiempo, para descansar o quedar hasta que se la llevase el furioso rodar del mundo, en el poyete más próximo a mi calle, en la piedra y junto a una farola.



Sorprendentemente tampoco me preocupó la inercia o frágil decision, la de no llevarla a casa para proceder a la permuta o cambio y cumplir mi propósito tradicional o ritualistico. No, la dejé en el salpicadero de mi coche, donde ahí sigue después de tres semanas o un mes. Aunque no me planteé si esta iba a ser la hoja elegida, de hecho sí lo creía, intuí no era el momento para ambos, el momento para retomar mi acuerdo o relato. Hasta hoy. Navidad.



La calle todavía estaba tranquila a las 11 de la mañana, todavía sin invasiones cerriles de aquí o amarillas de allí. La Alameda respiraba frío y silencio. A gusto. Me dirigía a casa, después de dejar a mi hija en su trabajo, atravesando el herético cuadrado de la plaza. De improviso me detuve y miré a un suelo del que pronto será nostalgia de piedrecillas y mármol. Miedo ante las proximas obras de la Alameda. Miedo a que la conviertan en otra. Miedo a la muerte, a la destrucción de un retal de nuestra identidad. Miedo. Una hoja, ya madura de experiencia en la tierra, casi olvidada de su ligereza en el cielo, de un ocaso tardío, de un cobre curtido y casi opaco de no ser por los restos de rocío, de la helada o 'pelúa' o de la lluvia de ayer o de unas lágrimas que lloraron su música y a esta se la llevó, entre otros rumores y humores del medio, el viento; otro o quizás el mismo airecillo de agua, de invierno, que jugaba con ella, con la hoja, arriba en las ramas y con los últimos guiños del otoño, zarandeándola, estremeciéndola, acariciándola o jugando o bailando con ella una melodía sin nombre porque es silencio, incluso hasta desprender su quebradizo tallo del otro y grueso, de la rama a ella uncida, y precipitarla al suelo donde me esperaría o llamaría en otros precipitares míos, propios. Y allá quedó, casualmente en el mismo lugar donde encontré la otra y primera hoja, en la piedra, junto a la farola. Señal. Supe en ese instante que era la hoja. Mi hoja. Y de la misma manera supe de efectuar la ceremonia hoy, en Navidad, en el solsticio de invierno, en un retorno de la luz de la oscuridad, de la consciencia sobre las sombras. No existía ni existiría otro momento. Ahora o... Símbolo, pues, así siempre lo he sentido, de una posibilidad para el nacimiento de mi luz interior, "chispa divina", Energía, Dios o Ein Sof o como quiera entenderse o mejor apreciar. En Navidad o en el Solsticio, en un prodigio universal o misterio.



Llevé la hoja a mi casa y la sequé o enjugué su llanto con un trapo de cocina. Inmediatamente, con un mecánico empuje sin contraindicaciones, sin peros, sin efectos, procedí con el ritual. Liberé o desmarqué de aquel lobulado marco o de arabesco bastidor, de un espejo sin azogue clavado en el tiro de la chimenea, a la hoja del ayer o a la que hoy, ya, se hizo pasado, recuerdo, cumplimiento, sueño. Con la amustiada hoja en la mano abrí el balcón, esta vez el más próximo, el más pequeño. Enarbolé la hoja arriba, bien arriba, con su envés reconociendo a la Alameda, al cielo, donde unas nubes como algodones asistían perplejas a mi intento. Yo miraba la hoja, despidiéndome, agradeciéndole su protección y compañía, su magia, mucha tuvo que emplear por su sequedad resultante o final, pensé, y la solté. No quise mirar, cerré los ojos, ni oír su vuelo por un presente que ya no la incumbía, pero que la devolvia a su origen, al principio. Después cerre el balcón. Frío. Cierto rascar de una extraña añoranza. Cogí la nueva hoja, como una mano abierta, como un pentagrama que abría una puerta hacia una dimensión acaso desconocida, clavando su pecíolo a la chimenea, a un revestimiento pintado del mismo horizonte crepuscular que ella, enmarcada en un espejo sin azogue, sin cristal, porque ya por ella misma reflejaría, eternizaría el otoño en mi hogar, en mi existencia, como si se tratara de un talismán que tendría que procurarme lo más importante: Vida.



Y esta vez, además, fueron unos versos de Octavio Paz los que susurré o exhale hacia la hoja: 


 

"¿Palabras? Sí, de aire,

y en el aire perdidas.


Déjame que me pierda entre palabras,

déjame ser el aire en unos labios,

un soplo vagabundo sin contornos

que el aire desvanece.


También la luz en sí misma se pierde".



 Gracias. Y hasta el año que viene. Hasta mi siguiente hoja, Otoño, o una palabra de luz o una luz en una palabra. 





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