21:21 horas. Miércoles 22 de septiembre.
Oficialmente otoño. Otoño del año 2021. Su llegada, su anuncio, con sus 89 días
y 20 horas por delante, se instalaron con extrañeza, incluso con sorpresa,
acaso por lo inusual, porque ya se olvidó su antigua y aquilatada prestancia,
su identidad y acomodo en el medio y en cierto vericueto emocional, en un
pliegue o doblez ahí adentro: melancólico, tal vez, anhelado, siempre;
oficialmente otoño, sí, aunque ya existieron indicios, avisos de su llegada
jornadas atrás. De todas formas, para mí el otoño comienza en octubre, o
comenzaba la última noche en que finalizaba la Feria del Barrio, antes de que
esta pandemia pausara la tradición y las ganas. La piel, el instinto, indicaban
de un verano que terminaba con San Miguel y con nuestra feria, es decir, en San
Francisco de Asís, tiempo de vendimia y cosechas, de rebecas, mangas largas,
matanzas y las primeras aceitunas que se partían y se ponían en la mesa.
Hoy, con una satisfacción disimulada, por si el
recalcitrante destino de los últimos tiempos quisiese truncar la buena nueva y
someter al otoño a su acento testimonial y desolado de antaño, es decir, a su
invisibilidad entre un verano extendido y un invierno excitado, susurré al gato
si esta excepcionalidad de la estrenada venida otoñal, del mismo modo trajese
la realidad de un nuevo período o de una revelación concreta y por tanto enigmática.
Esperé la respuesta que no llegó del gato, ni como una de esas señales con un
cuento o programa del otoño, la del mensajero recóndito, ni reafirmada junto a
un clima que traducía el desorden del entorno: con viento, posibilidad de
lluvia, unas gotas, ni un chirimiri, un fresco amable, una luz tendida, más
blanca o de un dorado más desteñido, como uno de esos ensayos para el ocre,
para el cobre que tenía que poner sinfonía a las hojas en su caída y en su
partitura en el pavimento de la alameda. El gato, ahora negro, no era el
atigrado de ayer, o con seguridad son algunos y distintos los que toman el
relevo o su marchamo de anunciador estacional, a la sazón este del momento, como
engendrado en uno de los sacos de carbón que vendía Diego “el carbonero”, en la
mediación de la calle San Francisco, en paz descanse, de oscuridad anunciadora
y sigilosa, quizás por los humores del contexto, más confiado y más cansado,
sentado en la superficie más mullida del parque infantil en una esquina de la plaza.
Su postura sedente, casi inalterable, de solemne hieratismo en el campo de
juegos, acaso fue también una nueva señal, o la definitiva, del mensaje que
traía este nuevo otoño con mayor personalidad y una nostalgia, en su
característica genuina, más presente y por supuesto vívida. Un juego. La otra
primavera. Porqué no. O sí. ¿No decía Albert Camus que “el otoño es una segunda
primavera donde cada hoja es una flor”?
No hicieron falta palabras ni conjeturas ni silencios afirmativos, la pupila rasgada del gato abdujo mi mirada e incertidumbre, su sugestión y mi arrobo; luego, al volcar su tarda atención hacia la muralla, las orejas tiesas, alerta, con una indiferencia insoportable y admirable para mí, incluso recíproca en ambos si el felino, en su impasibilidad y observancia, asimismo reparara con indignación en la deplorable iluminación del recinto amurallado, con lienzos iluminados por una cetrina luz y otros, los más ocultos, por un encantador matiz ocre o sepia o ese color que en otoño encanta, nos embarga, y no entendemos el porqué de su sistemática eliminación y escarnio, abrigué en la entraña la declaración que el animal o el fantasma encarnado traía para este otoño. Julio Barrenechea acudió al quite, porque no podía admitir que el gato fuese capaz de declamar sus versos:
"Todo lo que inmóvil parecía estar,
dentro de mí juega como un malabar.
Y yo sin moverme me dejo mecer
en este columpio del atardecer."
“Tuve
un vago temor a los relojes
y
en un jardín de otoño
aprisioné
al fantasma
que
habitaba mis sueños.”
El gato emitió un ronroneo que antojaba ser de
aceptación, o de aprobación en el resol de mi pensamiento. De hecho, giró su
cabeza y clavó, sin frialdad, sin misterios, sus ojos oscuros partidos por una
luna creciente, y en los que encontré, en su fijeza extraordinaria, la
respuesta a la primicia de este otoño que se presentaba así, como una
encrucijada para ensayar, de jugar a una exótica primavera. Sin dilación,
convencido de que su mensaje había sido transmitido con garantías, era lo
suficientemente meridiano, retornó a explorar, o a vigilar desde su quietud
estremecedora, la línea de las murallas, con su ofensiva iluminación, o acaso,
en estas, los fantasmas que cruzarían o se fugarían traspasando la Puerta de
Almocábar, de un lado al otro y viceversa de la existencia.
Al llegar a casa, un vacío interior, como la
palpitante intuición de un mal presagio, insistía en la convicción de que aún
no había cerrado el contexto abierto con la llegada oficial del otoño, o con
sus formas oficiosas y personales y anteriormente, con más o menos bonancible
cuidado, expuestas. Una vez sentado en el salón, todavía intentando, con otras
distracciones blancas y superfluas, la televisión, el móvil, un diálogo con mis
hijas, con mi mujer y en la partida siempre perdida por doblegar o escaquearme
de alguna que otra exigencia suya, o con Gala y sus arranques instintivos, que
remitiera el desconsuelo interior, la incertidumbre afilada e insistente, miré
hacia la chimenea y entonces lo entendí todo. El marco de arabescos que
circunscribía en su sinuoso y despejado interior a una hoja de la alameda
aledaña y franciscana. La hoja que allí enmarqué, presidiendo mi hogar, justo
hacía un año. La hoja vieja que en esos momentos me pedía a gritos ser relevada,
por mi deseo o excentricidad, por otra, y así poder aquella volar por última
vez y desaparecer en la memoria de un otoño perdido y para mí no olvidado, como
la mariposa que la acompañaba y que todavía continúa volando por los versos de
su creadora, mi amiga Paqui Ben-mizzián. El otoño, mi otoño, todavía no había
llegado, o aún no se había formalizado hasta que su impronta, me decía,
estuviera estampada en el tiro de la chimenea con su lienzo de cobres
esfumados, otra alegoría otoñal, entre aquellas maderas de curvilíneo exotismo
oriental; acaso en lo que podría conjeturarse como la ineludible ficha para un
juego de casillas en el camino de otra y nostálgica primavera; o como el pincel
después del primer trazo de color ocre, o la primera nota de la sinfonía, de la
canción, o de un susurro musical y cristalino como sugieren los dictados del
alma, o del erase una vez del cuento o fábula, de la prosa o el poema, o del
ademán, del enérgico arranque de un baile, o del comienzo del mantra de un
rezo, de un sortilegio, de una súplica o de un agradecimiento.
No me pregunten a qué obedece este ritual,
ceremonia, manía, extravagancia, un amuleto con su hechizo de salud, de amor,
de suerte…, o un miedo colgado de una esperanza. No me pregunten porqué pongo
una hoja de un platanero de la Alameda de San Francisco en un marco de factura
oriental y presidiendo el tiro de la chimenea y el centro del centro del salón,
o de mi hogar. No me pregunten, porque no sabría decirles. Surgió no la idea,
sino el impulso; no la premeditación, sino la aspiración, el deseo; la extraña
necesidad de coger la primera hoja de la alameda adorada, con seguridad me
hallara sentado en la amabilidad de sus poyetes, con un libro, o con un lápiz y
otra hoja, u observando desde adentro, o vigilando el juego de mi hija pequeña,
Ángela, envuelta por la miríada de hojas que lanzaba al aire con entusiasmo,
indicándole que me trajera una, la que quisiera, no tenía que ser la más
bonita, o la más rara, la que ella decidiera con ese alma inocente que siente
en lo que hace y no cavila en planes que no sean en sí una aventura. Sin duda
alguna aquella fue la primera hoja, o la primera hoja que decidí poner en mi
casa, permaneciendo, salvo accidente, durante un año, hasta que otra y en
similares circunstancias la exonerara con su conmoción y significado. Escribí
de esto, del rito, hace mucho tiempo:
“La otra hoja, marchita e invisible, cansada,
escrita y reescrita infinidad de veces, casi se deshacía al tacto, la devolvió
mi hija al viento, a la calle, a la voluntad de un destino vagamundo, al lugar
de donde ligera vino y desaparecerá para siempre arrastrando todos nuestros
pesos, la voluntad hacia un cosmos familiar que aguarda su decisión, bien de
prórroga o de desafío. El relevo ha llegado con esta nueva y todavía joven
hoja, de derramado cromatismo, verde de esperanza, de nervios fosilizados en oro,
ocre de una huérfana madurez, y con todos los fríos y calideces por presenciar
y acoger. Ahí, en la alianza del espacio, del lugar y el tiempo, con el
presente y nosotros, en el tiro de una chimenea con los próximos fuegos de la
creación, en un fondo pintado de hojarasca yacida en la tierra. El símbolo de
la renovación, ritual o manía de un anhelo, del arcano garante de la
existencia, o inclusive el signo, la llave, dizque la nota, el pentagrama de la
música que tiene que armonizar a aquella, a la vida, como un saludo de
bienvenida de mano abierta a una realidad que espera se la viva con sosiego y
consciencia. La hoja de uno de los espigados y altos plataneros que, en su
caída de la alameda aledaña a mi casa, de San Francisco, acaso en uno de esos
momentos equivocados, llegó a mis manos, sin pasado, frágil, lobulada con la
geometría del hielo, con su presagio de invierno, la que, jugando con la
gravedad, encarnó mi búsqueda personal, la de su tácito silencio que no será
otro que el de unos instantes de mi felicidad.”
Se sucedieron los días de este otoño con una postración,
asimismo con unos sobresaltos, venturosos y desgraciados, como la caída gradual
de las hojas de los árboles de la alameda. En ocasiones anteriores, o en almanaques
atrasados, y desde que algo quimérico me incitase a preservar el otoño durante
un año en mi morada, la pulsión de la tierra quizás, experimentaba episodios de
nerviosismo, de cierta desesperación cuando pasaban las jornadas y todavía no
había conseguido elegir a la hoja, única, especial, la genuina que tendría que
atesorar todo el sentimiento que la estación obraba en mi entraña. Sin embargo,
a lo largo de este otoño, con sus fragilidades y firmezas, con sus miedos y
confianzas, no he sufrido aquellos estados de urgencia y ansiedad por la hoja
señalada; me convencía de que al final aparecería, con esa tranquilidad de ella
estar como yo percutida por un destino que disponía cuanto ya era un orden o un
hilo diamantino e inexorable en nuestras insignificantes existencias. El encuentro,
llamada, o reunión se produjo el domingo 28 de noviembre, pasadas las 8 de la
mañana, una vez terminada mi jornada nocturna laboral y al estacionar mi coche
sobre la acera, junto a la plaza, para ir a mi casa. No fue casual cómo antes
de encontrar, o de encontrarnos la hoja y yo, retuviera unos versos leídos esa
misma noche de trabajo y soledad de Mario Benedetti, “… con el viejo cariño
que nos queda/ aprovechemos el otoño”, de su poema “Otoño”, curioso, de su
poemario “Insomnio y duermevelas”, raro, raro, y cuya integridad transcribo a
continuación:
“Aprovechemos el otoño
antes de que el invierno nos escombre
entremos a codazos en la franja del
sol
y admiremos a los pájaros que emigran
ahora que calienta el corazón
aunque sea de a ratos y de a poco
pensemos y sintamos todavía
con el viejo cariño que nos queda
aprovechemos el otoño
antes de que el futuro se congele
y no haya sitio para la belleza
porque el futuro se nos vuelve
escarcha.”
Sonaba
por la radio de mi coche, mientras remataba el estacionamiento en un límite de
la alameda, una canción, su letra: “Open house, open house/ Fly me to the
moon, fly me to a star/ But there are no stars in the New York sky/ They’re all
on the ground/ You scared yourself with music, I scared myself with paint… “
(“Casa abierta, casa abierta/ Llévame a la luna, llévame a una estrella/ Pero
no hay estrellas en el cielo de Nueva York/ Todos están en el suelo/ Te
asustaste con la música, me asusté con la pintura…”), de esa maravilla de
álbum conceptual, “Songs for drella”, de Lou Reed y John Cale, reverdeciendo
viejos tiempos de The Velvet Underground, dedicado a la memoria de Andy Warhol…
¡Ya he vuelto a irme por las ramas! Sonaba la música. Terminé de aparcar. Salí.
Puse mis manos en el poyete que más que circundar, evita el derrame de la
alameda. El viento había empujado a una mayoría de hojas contra estos parapetos
de piedra, pero no vi en ese cúmulo longitudinal de estrellas precipitadas en
el suelo a la que sería mía, a mi amiga, a la que, durante un año, en una
vuelta de la Tierra al Sol, encumbraría en el cielo de mi hogar para que
iluminara el presente con una nostalgia de otoño. Aquella mañana el ambiente se
hacía acreedor de las madrugadas de invierno. El aire estaba cargado, como con
una tenue neblina o como si, por el frío, montañas de escarcha pulverizada
hubieran sido vaheadas con discreción y perseverancia. Los árboles más desnudos
de hojas, expresaban con primordial agudeza su registro confuso de
gesticulaciones o quiebros de un baile amargo o sus tristes advertencias. Una
escenificación muda, como el silencio que todo desprendía y que me acogía en un
reclamo inspirador y extático. Nadie, ni un alma, ni siquiera el gato, o los
gatos, con sus vigilancias de los solsticios y equinoccios, de los fantasmas en
el purgatorio, con sus anuncios de calendarios. Presagio de los escombros del
invierno que pronto caerían sobre nosotros. Recordé haberme dejado la
mascarilla colgando de la palanca de marchas, en el interior del coche. Abrí de
nuevo la puerta, “Open house”, no, no sonaba la música entonces, y cogí la ominosa
mascarilla, guardándola en un bolsillo; no había nadie, no había necesidad de
mantener distancia de seguridad, salvo con el trapo. Cerré la puerta, un clic
en el giro de la llave, y al levantar la mirada hacia el automóvil de delante
al mío, uno rojo con matrícula de Portugal, vi una hoja incrustada en el espejo
lateral, en el izquierdo. La hoja.
Mi hoja. Esta me llamó y yo fui. Esta susurró su saludo
y yo suspiré de contento. Esta me indicó y yo la cogí por su peciolo, con
delicadeza. Y juntos, porque en ese momento ya fuimos uno, nos dirigimos a casa
donde, tras un agradecimiento acartonado, viejo, desprendí la hoja del año
anterior del vacío del marco exótico, sustituyéndola por esta joven y cargada
de expectativas, tantas como los 365 días de aquel. Después abrí el balcón y
dejé caer con suavidad la hoja anciana, otro susurro de despedida y gratitud en
su efímero vuelo, con esa languidez cuando por estas mismas fechas, o un poco
antes, se desprendió de su árbol al suelo, a la calle, de donde yo la recogí
mojada por una lluvia tímida e inesperada. No la vi caer, me volví
inmediatamente al interior del hogar, no podía, formaba parte del ritual, de la
ceremonia que con esto había finalizado. O mejor finalizó con un recuerdo de la
hoja que ya no estaba, con un somero repaso de mis días a los que aquella había
asistido desde el tiro de la chimenea, insuflándome el valor, la vida, la
savia, la inspiración, el aliento para la creación…, el de un continuo otoño
como crisol de mis emociones y esperanzas. La otra fue la hoja que lloraba, la
hoja con lágrimas del cielo. Y ahora esta es la hoja que me miraba desde el
espejo. El espejo donde antes no había nada.
Sonreí al sentirme, al encontrarme preparado, pues
ya había comenzado a desprenderme de lo pasado, de lo innecesario. Entendí el
mensaje que trajo este flamante otoño, con su incitación al juego y a la
sonrisa, a la creatividad y a la confianza. Un nuevo peldaño de subida por mi
atalaya. Y de este modo aprecié sentirme dispuesto, y osado, para llevar al
invierno con sus postrimerías o finales, la esperanza de esta primavera de ocres,
el titilo de una nueva estrella en el ocaso de la hojarasca de las otras, el
otoño que me hacía vivir un año más. Solo así puedo renovar este sortilegio,
acaso con esta hoja o amuleto de poder, de mover su ficha por un juego de
madura primavera… ¿Cómo dije? Si: Un estímulo para combinar las notas musicales
que oigo en las hojas que caen al suelo, de cerrar los ojos y ver el niño que llevo
dentro, de hacerlo hablar, de que ría o llore en este tiempo donde las memorias
pueden colorearse, mezclarse y escribir una nueva historia, aventura o cuento.
A cantar, sin importar que desentone; a componer, sin importar que el ritmo se
escabulla o no penetre en mi oído desatento por las rutinas; a dibujar, sin
importar que los trazos duelan de malos porque al fin y al cabo se trata de
eso, de que me duela, de que me duela bien adentro y desgarre; a escribir
versos o mi prosa complicada, sin importar que no rimen, que no lo hagan, o a
que mañana no los pueda sentir, no los pueda comprender, consciente o
inconsciente al inferir que al forjarlos el universo ha cambiado, es otro. A
parar el tiempo, romper la esfera de cristal del reloj, constriñéndolo o
expandiéndolo, para solo así atrapar las fantasías o lo que siempre fueron
sueños. En una búsqueda emocionante de la belleza y la felicidad, tal vez; y,
en definitiva, “Aprovechemos el otoño/ antes de que el invierno nos escombre/…
y no haya sitio para la belleza/ porque el futuro se nos vuelve escarcha.”
Por cierto, son las 15:59 horas mientras escribo esto, martes 21 de
diciembre, oficialmente invierno, con sus 88 días y 23 horas por delante.
Invierno del año 2021 y preámbulo del nuevo, 2022.
“DEL OTOÑO AL
INVIERNO”
F.J. Calvente.
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