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Si usted no quiso cuando yo quise… ¿Por qué
tengo que querer cuando usted quiere?
De esta manera,
“Alguien, cualquiera” se dijo a sí mismo, o fue su entraña quien tomó el
arrojo, por fin, de decírselo sin eufemismos o nostalgias borrosas. Tan ciertas
cayeron las palabras como el rastro húmedo que trasformaba el alquitrán de la
céntrica calle en piel de las aceitunas negras, como aquel otro rocío que se
acumulaba en sus ojos, impulsado desde el pecho, en cada resorte de sobresalto
que cerraba la garganta en un nudo corredizo y seco. ¿Emocionado? ¿Sensible?
Probablemente despierto, o mejor consciente, o agitado por una situación
propicia para manifestarlo, para expulsarlo, para llorarlo por las veces que el
otro, ahí muy adentro, le había echado de menos.
Pronto la perspectiva
de la calle, tras la puerta de cristales, se nubló con un vaho cálido y
opalescente, para, agarrado a la anterior conmoción, pintar en ese suspiro
congelado en el vidrio, con unos mansos golpecitos con la yema de su dedo
índice, un puntear como lágrimas en el reflejo de sus ojos, y en los que a su
vez recalcó su perfil en otro trazo que sería tan efímero como su expresión
ahora distraída o pausada en la espera de una voluntad remisa, esquivada. De
hecho, su primera intención fue rotular una curva hacia arriba en el contorno
de su boca rectilínea, una metáfora de sonrisa, quedando cohibida, frustrada,
por el recelo de una temeridad que no veía pero sentía como un escalofrío que
serpenteaba por su espalda. Una nueva vaharada de su aliento ocultó los
detalles de la calle, arrojando la ringlera de las dibujadas lágrimas al fondo
de la escena, del cristal, casi desvaneciéndolas en la brumosa opacidad, ambas igual
de frágiles; solo contrastaban algún que otro rastro líquido de la luz de las
farolas que a su vez asperjaban el pavimento. Después de lo que se antojaba
como un estúpido ritual para sortear la comunicación, responder a aquella voz
que había escrito un pensamiento o fue una llamada de socorro por él, por “Alguien,
cualquiera”, o seguramente por los días en los que anhelaba imponer la vida y
no una pura batalla y resistencia.
Sacudió la cabeza,
como en un melindre inconsciente de quitarse de la cabeza la latosa mosca de una
abstracción incómoda y, por tanto, de suponer, perniciosa. Mañana, hoy ya,
porque la noche sigue encubriendo la inexorabilidad del tiempo, es Nochebuena y
en seguida Navidad. ¡Qué putada!, se dijo escrutando todavía, auscultando la invitada
soledad de la calle. Tanto era su fastidio, de “Alguien, cualquiera”, su
abominación por estas fiestas del solsticio de invierno que encontró consuelo,
o un compañero de borrachera para olvidar la contrariedad y las cuentas por
saldar, en el amigo Charles Bukowski, éste tan presente y oportuno, aunque no
lo llamaran, cuando resultaba necesario renegar de los tópicos consensuados de
la existencia. Rememoró estos versos, que fluctuaron como las hebras de lata
del humo de un cigarrillo que en esos instantes echaba de menos:
"La Navidad
y el Año Nuevo
Se acercan a nosotros
una vez más.
El viejo dúo
asqueroso.
Las masas salen
de sus escondites de televisión.
Vienen las reuniones
familiares.
El horrible
vacío
sin sentido,
los falsos,
los borrachos,
las falsas
sonrisas,
la falsa
gente.
Que sobrevivamos
a todo esto
de alguna manera.
Una vez
más".
Hablaba de sobrevivir
cuando no tenía más que un miedo terrible a la melancolía de los días, a los de
este final del año; esa que le apretaba el pecho para introducirse, con torticera
ternura, como un cuchillo afilado desgarrándolo, abriéndolo, desnudándolo de
superficies y caretas. Un agujero enorme, quedaba, la herida fundamental, por
la que temía, al igual que la sangre de su falsa personalidad, o el mecánico
avance por las casillas de sus circunstancias, derramara al vacío lo único
sencillo y bello que le permitía resistir a las efemérides y sobrevivir al
impulso para cambiar las cosas. Un cambio que tenía que empezar por él mismo,
por “Alguien, cualquiera”. Y de hecho, aquellas palabras del principio, fueron suyas
pero a la vez tan ajenas, o de alguien del que hacía muchísimo tiempo olvidó o
abandonó o encerró en una cárcel de cristales y barrotes de madera, como la de
esa puerta por la que miraba una calle dormida o expectante, daba igual, y tan
extraña en su redención o dispersión. Gritos en el cielo. No le valieron las
excusas para justificar la huída de aquella reflexión y sentimiento: que si la
edad, el peso del medio siglo a cuestas; que si se había alejado otra vez,
maldita, la posibilidad de ser rico con el gordo de la lotería de navidad; que
si la salud, entonces en otro bálsamo resignado: al menos la salud bien, o infelizmente
bien, con los achaques propios o con las manifestaciones físicas que no podían
subsanar su mente y corazón; que si solo quería tranquilidad, la suficiente
comodidad material y espiritual… Y no le valieron los pretextos porque realmente
él había sido quien, una vez cerrados los ojos, se llamó a sí mismo, con un
calado enorme e inusual, en un momento de fragilidad, o en un momento que
anticipaba la rotura, fundamental, cuestionándose dónde había dejado, dónde se
había ido, acaso para no volver, o porque en absoluto se había ido, o si en
verdad alguna vez había existido, aquel individuo sincero que una vez fue o se
imaginó, y al que creyó desterrado de su interior, aunque no de sus quimeras.
En el reclamo de una
indefensión cuando la soledad, o un sentirse solo, le afligía y atormentaba con
finales saldados o reclamados. Cuando sintió la respuesta anterior, la de
arriba de estas letras, arriba del todo, el sobresalto, el miedo, en seguida la
huida como para intentar aparentar que nada hubiese pasado, como para cerrar
ese agujero de melancolía que, con dolor, le abría a la posibilidad de un
reencuentro que en el fondo, y en algún que otro sueño, lo había buscado,
incluso con desesperación, con amarga devastación; al que necesitaba para
continuar viviendo, para vivir él y no en la inercia de lo colectivo y
cotidiano, enfundado en el traje gris de las rutinas y en un pavor oscuro al
cegador cambio. “Por favor, ven”, se había dicho “Alguien, cualquiera”, y ahora
se abrumaba con la respuesta. La respuesta en forma de pregunta a la que tenía
que contestar, a la que ya no podía demorar, ni menospreciar, quizás hasta la próxima
emergencia, o la conmoción, de otro desgarro que lo valiera, hambre de
orfandad, o necesidad intrínseca para remediar la muerte, la muerte en vida.
“Alguien, cualquiera”
volvió a empañar el cristal de la puerta con su vaho, deshaciendo la realidad,
o su azogue, y en el adivinado contorno de su cabeza, pintó una parábola
descendente, la curva abatida, la sonrisa triste del bufón. Luego echó el
estor, anulando por completo el escenario de afuera, la calle, la noche, el
agua que caía con chasquidos de renovación o de impaciencia. Al volverse para
encomendarse en la distracción de una tarea reemplazable, sintió el sentido a
las palabras, suyas o de su otro yo, ése, acaso niño, acaso verdadero, y
especialmente de su trascendencia en este remedo de preámbulo a la Navidad. La
fecha que tenía que ser un propósito de reencuentro personal, o de una reunión
pacífica de sus yoes, de paz interior, de hacer de la melancolía la aliada para
llenar los días de ilusión, de color, de música, de esperanza. Un “si usted quiso,
yo también quiero.”
“Jodida Navidad”, se
dijo, no obstante. Impostó una falsa sonrisa, “Alguien, cualquiera”, y se animó
a sobrevivir.
“UNA VEZ MÁS”
F.J. Calvente.
(Este relato se
escribió la víspera de Nochebuena, en la noche y su vicisitud, con el
compromiso previo de su publicación una vez concluido. Sin embargo, quizás por
su amargo testimonio, o triste confianza, decidí no hacerlo, postergarlo,
rindiéndome al consabido convencionalismo, a lo consensuadamente formal y afable,
con una felicitación por las fiestas que no desentonara, ornamental, y por
supuesto, con su mensaje, que hiciera reflexionar. Probablemente, “Alguien,
cualquiera” se sienta ofendido por la traición, por el pacto roto, y, con
seguridad, ni se cuestione perdonarme. De hecho, sé que no me va a perdonar,
aunque comparta su texto en Navidad.)
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