Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche los atardeceres, los arrabales, algunos espejos de azogue interior, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor, acaso de lo mío que encuentro en mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 25 de diciembre de 2021

"UNA VEZ MÁS"

 


-          Si usted no quiso cuando yo quise… ¿Por qué tengo que querer cuando usted quiere?

 

 

De esta manera, “Alguien, cualquiera” se dijo a sí mismo, o fue su entraña quien tomó el arrojo, por fin, de decírselo sin eufemismos o nostalgias borrosas. Tan ciertas cayeron las palabras como el rastro húmedo que trasformaba el alquitrán de la céntrica calle en piel de las aceitunas negras, como aquel otro rocío que se acumulaba en sus ojos, impulsado desde el pecho, en cada resorte de sobresalto que cerraba la garganta en un nudo corredizo y seco. ¿Emocionado? ¿Sensible? Probablemente despierto, o mejor consciente, o agitado por una situación propicia para manifestarlo, para expulsarlo, para llorarlo por las veces que el otro, ahí muy adentro, le había echado de menos.

 

Pronto la perspectiva de la calle, tras la puerta de cristales, se nubló con un vaho cálido y opalescente, para, agarrado a la anterior conmoción, pintar en ese suspiro congelado en el vidrio, con unos mansos golpecitos con la yema de su dedo índice, un puntear como lágrimas en el reflejo de sus ojos, y en los que a su vez recalcó su perfil en otro trazo que sería tan efímero como su expresión ahora distraída o pausada en la espera de una voluntad remisa, esquivada. De hecho, su primera intención fue rotular una curva hacia arriba en el contorno de su boca rectilínea, una metáfora de sonrisa, quedando cohibida, frustrada, por el recelo de una temeridad que no veía pero sentía como un escalofrío que serpenteaba por su espalda. Una nueva vaharada de su aliento ocultó los detalles de la calle, arrojando la ringlera de las dibujadas lágrimas al fondo de la escena, del cristal, casi desvaneciéndolas en la brumosa opacidad, ambas igual de frágiles; solo contrastaban algún que otro rastro líquido de la luz de las farolas que a su vez asperjaban el pavimento. Después de lo que se antojaba como un estúpido ritual para sortear la comunicación, responder a aquella voz que había escrito un pensamiento o fue una llamada de socorro por él, por “Alguien, cualquiera”, o seguramente por los días en los que anhelaba imponer la vida y no una pura batalla y resistencia.  

 

Sacudió la cabeza, como en un melindre inconsciente de quitarse de la cabeza la latosa mosca de una abstracción incómoda y, por tanto, de suponer, perniciosa. Mañana, hoy ya, porque la noche sigue encubriendo la inexorabilidad del tiempo, es Nochebuena y en seguida Navidad. ¡Qué putada!, se dijo escrutando todavía, auscultando la invitada soledad de la calle. Tanto era su fastidio, de “Alguien, cualquiera”, su abominación por estas fiestas del solsticio de invierno que encontró consuelo, o un compañero de borrachera para olvidar la contrariedad y las cuentas por saldar, en el amigo Charles Bukowski, éste tan presente y oportuno, aunque no lo llamaran, cuando resultaba necesario renegar de los tópicos consensuados de la existencia. Rememoró estos versos, que fluctuaron como las hebras de lata del humo de un cigarrillo que en esos instantes echaba de menos:

 

 

"La Navidad y el Año Nuevo
Se acercan a nosotros
 
una vez más.

El viejo dúo asqueroso.

Las masas salen
de sus escondites de televisión.

Vienen las reuniones familiares.

El horrible vacío 
sin sentido,
 
los falsos,
los borrachos,
las falsas
 
sonrisas,
la falsa
gente.

Que sobrevivamos 
a todo esto
de alguna manera.

Una vez
más".

 

Hablaba de sobrevivir cuando no tenía más que un miedo terrible a la melancolía de los días, a los de este final del año; esa que le apretaba el pecho para introducirse, con torticera ternura, como un cuchillo afilado desgarrándolo, abriéndolo, desnudándolo de superficies y caretas. Un agujero enorme, quedaba, la herida fundamental, por la que temía, al igual que la sangre de su falsa personalidad, o el mecánico avance por las casillas de sus circunstancias, derramara al vacío lo único sencillo y bello que le permitía resistir a las efemérides y sobrevivir al impulso para cambiar las cosas. Un cambio que tenía que empezar por él mismo, por “Alguien, cualquiera”. Y de hecho, aquellas palabras del principio, fueron suyas pero a la vez tan ajenas, o de alguien del que hacía muchísimo tiempo olvidó o abandonó o encerró en una cárcel de cristales y barrotes de madera, como la de esa puerta por la que miraba una calle dormida o expectante, daba igual, y tan extraña en su redención o dispersión. Gritos en el cielo. No le valieron las excusas para justificar la huída de aquella reflexión y sentimiento: que si la edad, el peso del medio siglo a cuestas; que si se había alejado otra vez, maldita, la posibilidad de ser rico con el gordo de la lotería de navidad; que si la salud, entonces en otro bálsamo resignado: al menos la salud bien, o infelizmente bien, con los achaques propios o con las manifestaciones físicas que no podían subsanar su mente y corazón; que si solo quería tranquilidad, la suficiente comodidad material y espiritual… Y no le valieron los pretextos porque realmente él había sido quien, una vez cerrados los ojos, se llamó a sí mismo, con un calado enorme e inusual, en un momento de fragilidad, o en un momento que anticipaba la rotura, fundamental, cuestionándose dónde había dejado, dónde se había ido, acaso para no volver, o porque en absoluto se había ido, o si en verdad alguna vez había existido, aquel individuo sincero que una vez fue o se imaginó, y al que creyó desterrado de su interior, aunque no de sus quimeras.

 

En el reclamo de una indefensión cuando la soledad, o un sentirse solo, le afligía y atormentaba con finales saldados o reclamados. Cuando sintió la respuesta anterior, la de arriba de estas letras, arriba del todo, el sobresalto, el miedo, en seguida la huida como para intentar aparentar que nada hubiese pasado, como para cerrar ese agujero de melancolía que, con dolor, le abría a la posibilidad de un reencuentro que en el fondo, y en algún que otro sueño, lo había buscado, incluso con desesperación, con amarga devastación; al que necesitaba para continuar viviendo, para vivir él y no en la inercia de lo colectivo y cotidiano, enfundado en el traje gris de las rutinas y en un pavor oscuro al cegador cambio. “Por favor, ven”, se había dicho “Alguien, cualquiera”, y ahora se abrumaba con la respuesta. La respuesta en forma de pregunta a la que tenía que contestar, a la que ya no podía demorar, ni menospreciar, quizás hasta la próxima emergencia, o la conmoción, de otro desgarro que lo valiera, hambre de orfandad, o necesidad intrínseca para remediar la muerte, la muerte en vida.

 

“Alguien, cualquiera” volvió a empañar el cristal de la puerta con su vaho, deshaciendo la realidad, o su azogue, y en el adivinado contorno de su cabeza, pintó una parábola descendente, la curva abatida, la sonrisa triste del bufón. Luego echó el estor, anulando por completo el escenario de afuera, la calle, la noche, el agua que caía con chasquidos de renovación o de impaciencia. Al volverse para encomendarse en la distracción de una tarea reemplazable, sintió el sentido a las palabras, suyas o de su otro yo, ése, acaso niño, acaso verdadero, y especialmente de su trascendencia en este remedo de preámbulo a la Navidad. La fecha que tenía que ser un propósito de reencuentro personal, o de una reunión pacífica de sus yoes, de paz interior, de hacer de la melancolía la aliada para llenar los días de ilusión, de color, de música, de esperanza. Un “si usted quiso, yo también quiero.”

 

“Jodida Navidad”, se dijo, no obstante. Impostó una falsa sonrisa, “Alguien, cualquiera”, y se animó a sobrevivir.

 

 

 

“UNA VEZ MÁS”

F.J. Calvente.

 

 

 

(Este relato se escribió la víspera de Nochebuena, en la noche y su vicisitud, con el compromiso previo de su publicación una vez concluido. Sin embargo, quizás por su amargo testimonio, o triste confianza, decidí no hacerlo, postergarlo, rindiéndome al consabido convencionalismo, a lo consensuadamente formal y afable, con una felicitación por las fiestas que no desentonara, ornamental, y por supuesto, con su mensaje, que hiciera reflexionar. Probablemente, “Alguien, cualquiera” se sienta ofendido por la traición, por el pacto roto, y, con seguridad, ni se cuestione perdonarme. De hecho, sé que no me va a perdonar, aunque comparta su texto en Navidad.)

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