Cuando vuelvo la vista al lado, avisado por un barrunto con su molesta comezón, o por un siseo de atención del viento en..., o de un naufragio pasado, un sacrificio detenido porque no sabe cómo tirar adelante, veo a la llamada, al rastro, a una textura de la diversidad, con su colorido, exotismo y solicitud. La veo abrirse con disimulo, timidez, desde un vacío oscuro y uterino. La veo aferrada con reciedumbre inasible, es posible, con su luz, a pesar del opaco desgaste, de arcoiris desemejante, obstinada a un tesón u obcecamiento en el ayer, a un gusto por lo antiguo, a la madera tachonada de hierros e historia renovada, de barniz, lustre a fe y dogma. Entonces, con la espontaneidad de una revelación, aquel también viejo remusgo, me doy cuenta de que la diversidad, lo diferente, lo vivo, incluso a lo transgresor de la norma inexcusable, de la costumbre o rutina sin doblez, así con todas sus energías, con todos sus sueños y promesas, con todo su dolor, busca y anhela un cobijo, protección, comodidad o descanso; de amadrigarse incluso con aquello que una vez le dio la vida, la oportunidad, la expresión, y ahora o siempre eso... reza, aguarda su muerte, silenciosa, desapercibida, cohibida, en la confianza de que algo cambie para que en absoluto lo haga y todo permanezca como si no hubiera cambiado o despertado nada. Como si ese paño multicolor, alegre, no cuelga, no asoma del viejo portón.

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