Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



martes, 30 de septiembre de 2014


Mi colaboración en el programa de la Real Feria del Barrio San Francisco de Ronda...

B A R R I O
F.J. CALVENTE

No sé ya cómo escribirte, qué escribirte, porque todas mis palabras serán incapaces de descifrarte, aunque descubran mis existencias que hay en ti. No sé qué decirte, no sé explicarlo, son estas emociones que me sonríen al retener tu mirada. La mirada de la que me enamoré, ciega aún de los mismos infinitos de la infancia, la que me hace vivir queriéndote, querer viviéndote. La mirada que se incendiaba con un crepúsculo de otoño, por San Francisco, derramado en las hojas que caían, como lágrimas de nostalgia, de los árboles de la Alameda. Ahora cada vez es más distante el otoño, más cercano el verano, las hojas no caen al igual que los anhelos, declinarán más tarde con el frío de los destierros, no están bruñidas de atardecer, sino verdes de ciegas esperanzas.

Hoy he regresado una vez más a ti, para ver cómo maquillas con la Feria tu cara, para contarte que me siento más realizado, más apasionado de ti. Y sin embargo, también perdido. Perdido regreso a uno de tus viejos poyetes de la Alameda, en los que nada se pierde, porque resisten en ellos almas ceporreras que velan tu Historia, guardan la Tradición y las revelan a quien tenga oídos para oírlas y conciencia por sentirlas. Regreso para cerrar una herida. El perdón. Quiero pedirte perdón, tengo que hacerlo, y estirar a éste como tus calles de piedras, elevarlo como tus luces sepias, como tú eternidad de cal y fierros…; todas las manifestaciones de la ilusión y la tristeza, las mismas que inspiran al amor, las mismas que conducen a tantos instantes, risas, gestos, llantos… de mi propia vida que he dejado contigo, mi Barrio, y que llegué a olvidar. Rogar tu perdón, y tal vez absolución, por imponer mis cosas, mis intereses o posesiones, mis efímeras miserias, y con ellas negarte, abandonarte. Padecí los mismos desatinos que me apenan de algunos de mis vecinos a los que el Barrio se les quedó pequeño y mi corazón al verlos. Y gracias a éstos, en cambio, por abrirme los ojos, encoger mis entrañas, y aspirar hoy a ser perdonado. Ya no huyo. Desnudo me presento en estas líneas ante ti. Mi búsqueda de perdón, lo sé, es un reencuentro con mi gente, con todos los que somos de aquí, quienes te hacemos y a quienes nos acoges en tu humilde seno. “Alguna vez era una amistad este Barrio, un argumento de aversiones y afectos, como las otras cosas del amor, apenas si persiste esa fe… Este disperso amor es nuestro desanimado secreto… perdura ese hecho servicial y amistoso, esa lealtad oscura que mi palabra está declarando: Barrio” ¡Cuántas páginas de Borges leí en tu asiento de piedra, susurradas por el soplo de la tarde, en la nítida noche, en tus entretelas!


Nací y quiero morir en este Barrio. Aunque recorra el mundo entero y mil cosas me atraigan o condenen, mi hogar siempre me aguardará aquí, al lado de una Alameda amable, bajo un cielo cercano, confirmando mi afinidad en un Viernes Santo o en un Cuatro de Octubre franciscano. “Contigo -y Cernuda- ¿Mi tierra?/ Mi tierra eres tú/ ¿Mi gente?/ Mi gente eres tú/ El destierro y la muerte/ para mi están adonde/ no esté tú/ ¿Y mi vida?/ Dime, mi vida,/ ¿qué es, si no eres tú?”


Anochece. Bombillas que se encienden. Sirenas de los cacharros. Tintinan los suspiros en las melodías del recuerdo… Gracias. Ya es hora de entrar a la Feria. Estoy en mi casa. Y es también la vuestra.

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