Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 27 de septiembre de 2014

TE CUENTO:

ENCRUCIJADA EN LA LLUVIA


F.J. CALVENTE

Quiero salir, pero no salgo. Estoy fuera, pero no abajo. En el balcón o en un intermedio, entre una posibilidad posible o esta imposible perspectiva. Hierros negros limitan el vacío. Veo la calle, el día, este sábado, los embates de un otoño decidido, riguroso, exigido a su precepto. Un poco arriba, suspendido, yo, pero no abajo, en la calle. La Alameda. La voluntad de ir a ella, los lloros previos que demoran mi pretensión. Veo. Detenido ante la encrucijada. Siento el frío de los fierros, los muchos yerros del pasado que ahora no advierto como verdaderos. Límites y avanzadillas. Retrocesos. Cierro los ojos. Inspiro el hálito de la mañana, mañana ya avanzada, moribunda. Huelo a tierra mojada, a siembras y recolecciones al mismo tiempo, e imagino los suelos roturados como las arrugas de los tiempos que cruzan mi cara, o igual a esas imperturbables líneas de mármol de la Alameda, o de los bordillos de esta travesía de San Francisco de Asís, términos precisos, necesarios para el equilibrio. Mis pies se hunden en la tierra de la evocación. Barros. La nostalgia es una arena movediza, asentada entre los lodos de la existencia. Un instante, y otro, y otro más… Pero esta reunión de instantes crea, bien es verdad que no aquello de un lapso concreto, probado, izado ya en recuerdo, tejido con el tañido de las resonancias en recónditos pliegues de mis adentros, de los intangibles, de los sensibles, edifica en esta visión desde mi mirador, lo siento, otro instante para en seguida deshacerlo. Otro instante acicalado con el color del cielo, de cenizas, desánimos, sigilos contrariados. Un pensamiento cruza igual de raudo mi mente, o refleja aquí una de aquellas vibrantes resonancias, ecos del alma. Acaso sea este lo importante, el instante, el momento, o la logia de los instantes, de los momentos, uno, y otro, y otro más. Me pregunto por qué, obviando que lo sé. La belleza se modela de instantes, cristalizándose para arrancar de ellos mismos la luz con la que esplenden la fugacidad, que no es causa sino efecto, una fugacidad en la que se expande el Universo, infinito, infinitesimal. Magia. Sueño. Entonces abro los ojos. Un instante, cae un pentagrama de uno de los árboles, una hoja que se viste de un ocre inaugural, y otra, y otra más, insólitas en la enormidad verde, mixtura de verdes umbríos y de níveos verdes, como el océano de otoño en la refracción de retraídas brazadas de sol tras el nublado. Y otro instante, fusilazos de sombras plomizas, desaguadas por la deprimida cal de las paredes, muros húmedos que vierten en las piedras hermanas de la calle la lápida grisácea del cielo, paredes franciscanas, una, y otra, y otra más, serenas, de sencilla geometría, amables. Tejados que espejean el otoño. Y otro instante más, acompasadas lágrimas, tímidas, lloran las nubes, de rápida enseñanza, de arrastres, con vocación de inmensidad, piélagos futuros. La primera gota cae en mi ojo, reunida a otras con sabor a mar y a ternuras; otra en los labios, una invitación al silencio, la insistencia de oír el momento, o los momentos. Instantes. Bellos instantes o la métrica de la Belleza. Instantes en la encrucijada, transgrediendo cuanto verdadero acopia el pasado, al pie de la Alameda, en mi balcón, solvencia del presente, en mi casa, dentro pero también fuera. Instantes que dicen: “Chissssshh… estoy escuchando la lluvia”.

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