Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



domingo, 7 de diciembre de 2014

TE CUENTO:


BAJAS POR CALLE IMÁGENES…

F.J. CALVENTE



Bajas por calle Imágenes, en la noche, no importa la hora, tampoco tus pormenores, arropado por sombras móviles, inquietas, compactas, cuando observas, de sopetón, como una bofetada de cualquier vientecillo que toca con brusquedad tu atención, precisamente aquel que susurra yermos de otoño por entre los resquicios del pasaje, el incendio congelado de la trinchera de las murallas y la iglesia del Espíritu Santo, vigilante en lo alto. Antes, en los dos quiebros de una calle negra rezumando el rocío de la noche, adviertes, siquiera en una lejanía muy cercana, todavía no estremecedora, el mágico preámbulo a lo que pronto te acontecerá, instantes con toda su carga de gravedad y emociones puras, e irrefrenables, impetuosas; incontinentes o incapaces de sujetar por un ser, tu, o yo, limitado, que no puede albergarlas porque son la esencia del Universo. No es, precisamente, el sombrío talud de El Castillo, o el césped lloriqueante en los rincones de reposo, instalados allí para salvaguardar ánimos retraídos por el entorno, sino la fachada sobria, áurea, de la iglesia del Espíritu Santo, y el prólogo afín del lienzo de la muralla cuyas piedras exultan su gélida tridimensionalidad. Desfile de penitentes, farolas salvaguardando en sus tenues alboradas el secreto de una luz de promesas y misterios. Hilera de pinos, eucaliptos gigantes en el intermedio, cipreses algo más arriba, palmera oculta y desarraigada, todos en la otra orilla de la calle. Un viento alerta estremece con sutileza los marciales árboles, espigados, disciplinados, balanceados, acotados por la curva sonriente, o malévola, o adusta, según las perspectivas del caminante, del ocioso observador, consciente, del murete blanco y discreto perfilando la sinuosidad de la calle. Y al otro lado, el baluarte del que se eleva el torreón circular, inhiesto, acuchillando negruras insondables. Y entonces… irrumpe a la izquierda, en el último sesgo de la travesía que se hunde a la derecha, más indulgente, en la acerada cal de las casas y en el mar de los árboles de la Alameda que fulgura en una enormidad de pálidos, la ignición dominante en el farallón almohade, remozado en los años sesenta del siglo pasado por el arquitecto Pons Sorolla. Máxima expresión de curvas y rectas, de formas y desórdenes, marcadas cuadrículas irregulares de cantos pétreos y argamasa, tapial y mampostería, moldeadas quizás por la oscura agua primordial del pilar. Cruces en las torres semicirculares o ventrudas, delineadas con los proyectiles de las lombardas cristianas usadas en la conquista de Ronda. Cruces y guerra. Cruz y luna. Crípticas alusiones para los que saben. La frontera elevada, extendida, de templada hermosura. Sobrecogedora. Sientes como algo irrefrenable sale de ti con una urgencia penetrante para reintegrarse o ser absorbida por aquel muestrario antiguo de defensa y arte. Una llama que se hace otro carámbano dorado de hielo para ser piedra, lanza, agua, pilar o tiniebla. Murallas, Puertas de Carlos V, renacentista, y Almocábar, hacia el Cementerio, tres arcos, herradura, curvas herméticas, iglesia del Espíritu Santo, reminiscencias de un épico ritual de muerte y resurrección iniciático. La imposibilidad del fuego en la piedra se hace posible, en este espacio para invocarlo, para recordarlo y retenerlo en la perfección de su memoria; recortado en el paño negro, impenetrable, liso del cielo, de la noche, de una hondura inaccesible y por ello pavorosa. El incendio de la piedra, solidificado, pausado, contenido, silencioso, que alcanza tu pulsión interior, la evocación legendaria del mismo escenario que se encuentra en ti. Tal vez al que has llegado como hijo pródigo o arraigado, o visitante errante, da igual, y porque en todos ellos encuentras tus raíces y sujeciones al lugar concreto, aquí, éste, cristalizando, arrancando una de aquellas emociones que te superan pero que te pertenecen tanto en su dimensión extrema como en la disolución a la que te somete para abandonarte, o incorporarte, según aquellas perspectivas, ahora más íntimas, para dejar de ser tú y emulsionarte en aquello. Fascinación, por cuanto temes del mismo modo que admiras tal despliegue sublime, ya que son conmociones que están más allá de la vida y la muerte. Bajas por calle Imágenes… y te observas en este espejo ancestral de belleza.

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