Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



martes, 30 de diciembre de 2014

ESTE PERPETUADO MOMENTO

 
Me encontró esta imagen, ella a mí, la mañana de un día extraviado de semanas atrás, cuyo guarismo al igual que su cercanía o lejanía me niega la memoria. Ahora recuerdo que al extraer el móvil de mi chaqueta para fotografiar la escena, el sol desclavó una arista luminosa, cegadora, en el cristal de la pantalla, de lo cual infiero que, aunque frío, el día desperdigaba optimismos, ganas, desde un cielo diáfano, azul cerámico, y donde el sol se esforzaba en amenorar las tiritonas y airear los refugios domiciliarios preinvernales. Y escribo de un tiempo previo al invierno porque creo, entonces no supe, que está hermosa estampa del lecho de hojas sobre un fragmento de ese muro bajo de piedra y argamasa que rodea la Alameda del Barrio San Francisco y que aquí, para los de aquí, siempre se denominarán poyetes, de poyos; es decir, sustentos para cualquier necesidad o anhelo, físico como el descanso u ocioso de la distracción, para sustentar un pensamiento concreto o incluso abstracto, emociones intrínsecas o universales... Poyetes de la Alameda. Y si invierno aún no era luego será... Y esta es la revelación que me ha sorprendido al compartir esta instantánea, y según la asumo con melancólica aflicción, la escenificación de una despedida, del otoño que decía adiós y me obsequiaba con el regalo de una gota de su esencia, un fragmento que a mí se me antojaba infinito por su belleza, a mí que amo esta estación y su expresión de cambios discretos en el Universo. La despedida del otoňo para dar paso a tiempos detenidos, de interiorizaciones singulares, individuales, las que cada uno, todos, obligados estamos a retomar, y con cuyas semblanzas se moldeará el devenir de un mundo nuevo o, desgraciadamente, tan oscuro e insalvable es el pozo de la miseria, de la desesperanza, a trazar nuevas circunvoluciones en las enquistadas resignaciones de este viejo. Además, al ver esta generosa imagen de despedida otoñal, rememoro y recupero algunas frases del Cuento de Navidad que escribí en Nochebuena, y que pueden releer en mi blog Reflejos de Conciencia (http://fjcalv.blogspot.com.es) para ilustrar el gesto y en la fotografía su  perpetuado momento: "... donde mueren las hojas de los árboles, convertidas en lágrimas desecadas y acartonadas, en tenues papeles que todavía inmortalizan los deseos, las leyendas, los anhelos de remotos crepúsculos de un estío de incendios en la lejanía o en la proximidad de la noche, allá donde acaso titilaban mis ilusiones que, al elevarse y cristalizarse, dejaron de pertenecerme."
Adiós, otoño.
F.J. CALVENTE.

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