Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



miércoles, 7 de enero de 2015

LIBROS QUE VOY LEYENDO:



Tendrás todas las respuestas si sabes formular todas las preguntas


Extraordinario colofón a una de las sagas más exitosas de la literatura negra en España. “Ofrenda a la tormenta” de Dolores Redondo es la novela que cierra (a ver qué sucede) la trilogía del Baztán tras “El Guardián invisible” y “Legado en los huesos”, y no deja insensible al lector ni desmerece a cuánto se esperaba, esperábamos, de este final magistral, oscuro e inolvidable, desvelándose todas las dudas y misterios que entretejían su excepcional argumento.
 
A quienes fieles y atentos hemos seguido las investigaciones de la Inspectora Jefe de la Policía Foral, Amaia Salazar, esta última entrega transcurre un mes después de que ésta recuperara a su hijo Ibai y detuviese al psiquiatra Berasategui. Y a pesar de que tanto la Guardia Civil como el juez Markina dan por muerta a Rosario, Amaia siente que no está libre del peligro de su madre, un desasosiego que solo Jonan Etxaide, subinspector de policía, comprende. Las circunstancias de la muerte súbita de una niña en Elizondo resulta sospechosa: el bebé presentaba unas marcas rojizas en el rostro que indican que se sometió a una presión digital ocasionando su fallecimiento, y además, la extraña conducta del padre que intenta llevarse el cadáver “para terminar lo que se inició”. La bisabuela de la pequeña sostiene que la tragedia es obra de Inguma, un ser mitológico o demonio que inmoviliza a los durmientes, se bebe su aliento y les arrebata la vida durante el sueño, uno más de los que en este recorrido épico y tenebroso pululan por sus páginas, desde el Basajaun en la primera parte al Tarttalo luego. Pero serán los análisis forenses del doctor San Martín los que convenzan a Amaia Salazar de investigar otras muertes de bebés, que pronto revelarán un rastro inaudito en el valle y en torno al curso del río Baztán. Entre tanto, Berasategui muere inexplicablemente en su celda, lo que despliega una trepidante y estremecedora investigación que llevará a Amaia al auténtico origen de los sucesos que han asolado el valle de Baztán, Pamplona y sobre todo la bella población de Elizondo. Y mientras, desde el bosque, una impresionante tormenta llega para sepultar la verdad más demoledora…

… Poco más, o nada, puedo añadir a mi apreciación sobre este libro, solo que es muy entretenido, 500 páginas que se leen de una tacada y, con independencia de los cabos sueltos, preguntas en el aire, que la autora deja a un lado y a otro y que hacen pensar en nuevas entregas de la inspectora Salazar, además de lo previsible y de aquellos tópicos propios del género negro,  técnicamente es la mejor de las tres partes, escrita con mejores recursos, de lenguaje más preciso y directo, usando una prosa accesible, más elaborada, dosificando la trama en un avance perfectamente trazado, con momentos tan impresionantes que encogen el pecho, de intriga a raudales, maravilloso. Volumen que me ha recordado, como una versión española, navarra en concreto, por su sinopsis y exposición, a “La Semilla del Diablo” (Rosemary's Baby) de Ira Levin, con su atmósfera envolvente, inclusive la del propio paisaje, la magia del valle de Baztán, aprovechando los elementos tradicionales y sobrenaturales, los mitos del folklore popular, que la hacen una obra genuina dentro del panorama de la novela policíaca…; asegurando un interés que, acercándonos al final de su lectura, reclama no termine ésta, embelesados en la forma magistral de enlazar, con orden y criterio, el conjunto de los asuntos de las otras novelas en una conclusión tan global como sobrecogedora; duran las ganas de leer más páginas y más ganas de disfrutar con su dosis de intriga y misterio.

No eligió a los individuos, eligió a las víctimas

Lo dicho, poco o nada puedo revelar más de esta novela que hay que leerla, beberla, para garantizar las sorpresas, numerosas, y gratas, que guarda. De ahí que, a partir de estas palabras, aconsejo a quienes me lean y no hayan hecho lo propio con el libro, dejen de hacerlo, de leerme, en estos mismos momentos. Solo para quienes lo hayan hecho, lectores de la trilogía, me gustaría compartir una serie de detalles de su argumento que, reiterar que sin menguar su interés, me han resultado flojos, o insípidos, o no se han tratado como me hubiese parecido mejor. Avisados quedáis a partir del siguiente párrafo.

En primer lugar, a mi modo de ver, por la fascinación que se explotó con inusitada relevancia y logro en las dos anteriores novelas, sintetizada en la espeluznante frase, “Duerme con un ojo abierto, pequeña zorra, porque la ama te comerá tarde o temprano”, no me ha gustado el desenredo dado a Rosario, la madre de la inspectora Amaia Salazar, a la que la autora despacha de un plumazo, vale que en una escena escalofriante, pero que me dejó desconcertado porque esperaba más enjundia del personaje en este desenlace a la trilogía. Y es que después de tantos episodios descritos de la niñez de la inspectora, de las manifestaciones de maldad de la madre, de tantas persecuciones, búsquedas, miedos… Rosario se merecía, y nos merecíamos los lectores, un colofón más idóneo, más glorioso, a lo mejor un encuentro directo entre madre e hija, como en una de tantas pesadillas de la policía donde su progenitora se le acercaba y susurraba al oído la sobrecogedora frase...

Del mismo modo sucede con otro de sus personajes más recónditos, Dupree, famoso por sus célebres frases “reset”, “el peligro está más cerca de lo que cree”, cuyo concurso y misterio queda en suspenso. No creo que sea por dejadez de la autora, indudablemente ésta actúa con toda intención y porque, apostaría a seguro, a que la siguiente entrega de la inspectora Salazar se desarrollará en torno a este personaje, bien en Estados Unidos donde Amaia se trasladará para participar en unos cursos del FBI y en el reencuentro con su marido James y su hijo Ibai, o puede que traslade un nuevo enigma a territorio navarro. 

En segundo lugar, a otro de los personajes más sugestivos y fascinantes, la tía Engrasi, con o sin fajo de cartas de tarot, no se le ha dado una mayor semblanza que explorara retazos de su vida, ni la importancia en los hechos que, ambos, enriquecerían aún más el relato. Tanto de lo mismo con el resto de la familia de la inspectora, culminantes en las dos novelas predecesoras, las venturas y desventuras de sus hermanas, Ros y Flora, en torno a la empresa familiar, y para que, de igual manera en esta conclusión, se les dé un brusco carpetazo. Lamentable el perfil del esposo de la protagonista, James, que declina como un soso y testimonial figurante. A no ser que, pienso, se retomen sus cuitas en próximas entregas. Amaia Salazar, por ser el personaje principal de la saga, es el protagonista más elaborado, como no; sin embargo, echo en falta cierta línea de continuidad en su papel, porque no es la misma Amaia de la primera novela a la de esta última. No obstante, y para contrarrestar la marginalidad narrativa de algunos de estos personajes, me ha gustado el giro e importancia que se le ha dado a los subinspectores bajo el mando de Salazar, sobre todo a Jonan Etxaide, memorable e intensa la parte de…, y las emociones vertidas por la propia inspectora; vale que todavía me chirría bastante el hecho de que éste, con la pretendida confianza en su superior y de la que hace gala hasta extralimitar su relación profesional para acercarse a una intimidad de buenos amigos, no contara determinadas circunstancias, y capitales, de la investigaciones y que solo emergieran, muy forzadas, tras un email llamémosle de ultratumba. Del resto de componentes del grupo de homicidios, Iriarte, Zabalza, Montes, me ha gustado su ilustración, como del forense Santa María.

En tercer lugar, el romance de Amaia Salazar (y no voy a aportar más detalles) está bastante cogido por los pelos, y al que considero de argucia de la autora o una excusa para justificar o enredar o disimular la parte trascendental de la trama, pero tratada con cierta ingenuidad y que no favorece el deseo de encubrir cuanto se pretende. Este algo o por alguien, o en ambos casos, unidos a los flecos o cabos sueltos en partes de provisionalidad narrativa, no solo en este final, notorio en la segunda entrega, “Legado en los Huesos”, hace evidente su ejemplo nada enjundioso, cándido, como si ese algo o alguien llevase un cartel colgando con la leyenda: “Yo soy el…”. No añadiré más a quienes ya conocen los convencionalismos de la novela negra para entenderme.

Esta aventura que cierra el ciclo, por último, y no voy a decir más para los curiosos aún no lectores de la misma, no dilucida la verdad o existencia de su componente llamémosle mágico o sobrenatural; a ver, por ejemplo, si este es real tanto en ciertos personajes fundamentales de la novela como pueden ser el propio hijo de la inspectora, Ibai, u otro importante, a lo Fausto, del libro y asimismo del anterior párrafo de esta crítica, así como de las determinadas circunstancias de la secta con sus sacrificios y sus presuntos dones, u otros contextos, son o no fantásticos, sobrenaturales, irracionales, y de acuerdo al componente mitológico que con tanta entidad se ha desplegado en la trilogía.

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