Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



viernes, 6 de febrero de 2015

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Los enamoramientos" de Javier Marías



“Se convive sin problemas con mil misterios irresueltos que nos ocupan diez minutos por la mañana y a continuación se olvidan sin dejarnos escozor ni rastro”


A Javier Marías se le odia con la misma intensidad que se le admira. Un escritor de grandes virtudes o enormes defectos. Gusta o no gusta, cierto, pero su escritura no pasa desapercibida, no se le discute su enorme capacidad de innovación, de creación literaria, y no es baladí que su obra tenga tantos reconocimientos y premios. Cierto que no llega al gran público, porque la paciencia y atención son consustanciales a la lectura de sus libros, pero no es una literatura para un consumo sin concesiones, fatuo, o inexpresivo. Cierto que sus frases largas, interminables, cansen o, por el contrario, descubran y completen escenarios portentosos. Cierto que a sus novelas les falta acción, pero no introspección. Cierto que escasea el diálogo en provecho del pensamiento, lo que nos compensa más a los que preferimos ahondar en los pensamientos que en frugalidades de un diálogo lleno de tópicos o de giros poco corrientes en las relaciones humanas. Cierto que la densidad obligue a huir del relato como, en cambio, inmiscuya y envuelva más en él. Cierto que divague con acierto o no, que sus digresiones sean magistrales o no. Cierto que a lo mejor no entretiene, pero sí hace pensar. Cierto que resulte excesivamente redundante o con esa necesidad de asentar perfectamente la reflexión, el criterio, el mensaje. En fin, las novelas de Javier Marías son así, las queremos muchos cómo las desprecian otros. Y ésta, “Los Enamoramientos”, es otra de sus narraciones introspectivas, formidables, construida con la impalpable firmeza de ser una novela negra y no serlo, de ser una historia de enamoramientos, de amor, y no serlo; quizás de ser toda ella una gran reflexión sobre la muerte. Una novela que no se puede leer de un tirón, que no se debe leer de un tirón, con apresuramiento, porque hay que ir parando, y pensando, parando, y pensando, para paladear y gozar y admirar la brillantez narrativa de Marías, su prosa perfecta, el detalle de sus personajes, escasos pero muy bien perfilados, y la semblanza de la conducta humana en la más alta expresión literaria.

De “Los Enamoramientos” de Javier Marías se reseña:

 La última vez que vi a Miguel Desvern o Deverne fue también la última que lo vio su mujer, Luisa, lo cual no dejó de ser extraño y quizá injusto, ya que ella era eso, su mujer, y yo era en cambio una desconocida…” Así comienza Los enamoramientos de Javier Marías, consagrado como uno de los mejores novelistas contemporáneos. María Dolz, la protagonista de esta novela, sólo supo su nombre “cuando apareció su foto en el periódico, apuñalado y medio descamisado y a punto de convertirse en un muerto, si es que no lo era ya para su propia conciencia ausente que nunca volvió a presentarse: lo último de lo que se debió de dar cuenta fue de que lo acuchillaban por confusión y sin causa”. Con una prosa brillante y cautivadora esta novela reflexiona sobre el estado de enamoramiento, considerado casi universalmente como algo positivo e incluso redentor a veces, tanto que parece justificar casi todas las cosas: las acciones nobles y desinteresadas, pero también los mayores desmanes y ruindades. Los enamoramientos es también un libro sobre la impunidad y sobre la horrible fuerza de los hechos; sobre la inconveniencia de que los muertos pudieran volver, por mucho que se los haya llorado y que en apariencia nada se deseara tanto como su regreso, o al menos que siguieran vivos; también sobre la imposibilidad de saber nunca la verdad cabalmente, ni siquiera la de nuestro pensamiento, oscilante y variable siempre”.

Los que me seguís con paciencia en este blog, ya sabéis que Javier Marías me fascina: por su prosa retardada, extendida, y su sintaxis alambicada, por su ritmo envolvente y fragoso, su fluir calmoso, sus farragos, sus divagaciones, sus soflamas y abstracciones. Inconfundible y espléndido, insisto, me hipnotiza el estilo narrativo de Marías, y del que, a colación, comparto otro fragmento del libro, puesto en boca de uno de los personajes, Díaz-Varela, como si se lo hubiera dedicado a sí mismo el propio Marías: “tenía una fuerte tendencia a disertar y a discursear y a la digresión… mientras peroraba no podía apartar los ojos de él y me deleitaban su voz grave y como hacia adentro, su sintaxis de encadenamientos a menudo arbitrarios...”. Disfruto de su apabullante retórica, de su prosa profunda que te envuelve, te atrapa, te constriñe el alma y te abre la mente, tanto que, no por la extensión de sus frases o párrafos, hasta te quita la respiración. Y no es por la intriga o enjundia de la trama, se reconoce el tratamiento o administración perspicaz que se hace de ella; y no es fácil, no, no lo es, o prueben a escribir a base de disyuntivas y crear algo conexo e interesante. De hecho, para el autor, la trama de este libro y en otros de él, no importa, es lo de menos, incluso pone en boca de uno de sus personajes este argumento: lo interesante son las posibilidades e ideas que nos inoculan y traen a través de sus casos imaginarios”. ¿Por qué entonces?

Marías aturde, sin duda alguna, por la introversión que nos arranca valiéndose de la enorme elocuencia de sus personajes, bien de forma directa, indirecta o libre, convocados por la narradora María Dolz. Para mí es magistral hacernos creer, y conseguirlo, que éstos, los personajes, pocos pero definidos, cobran en sus páginas vida propia; es decir, dan la impresión que son ellos y no el autor quienes marcan los destinos de la historia, de la novela, algo que me recuerda a Unamuno, pero que en Marías se hace más evidente, tanto que incluso el mismo cuando escribe, y nosotros le leemos, no sabe lo que va a pasar al doblar la página, qué van a decir los personajes, qué sucederá… Y nosotros, con él, solo podemos esperar a eso, esperar, atender, observar, reflexionar, a no aburrirnos por una reflexión o digresión larga o espesa, intangible o concreta, no, solo esperar; y cuando estamos esperando, y leyendo con atención, y reflexionando en las grandes y en las pequeñas dudas de la existencia, alcanzamos el final de la novela, con esa sensación característica de haber sido cómplice de algo especial que permanece hasta tiempo después y que, asimismo, nos hace seguir esperando, esperar otra novela de Javier Marías. 

Un innovador, un maestro de la literatura, el creador de un nuevo asentamiento y exploración de la conducta humana en sus historias que no lo son y solo un instrumento o recipiente para albergarlas y desarrollarlas, este es Marías. Y en este “Los Enamoramientos”, continua innovando, inventando, creando… no precisamente en esa “verdadera debilidad por alguien... eso es lo determinante, que nos impida ser objetivos y nos desarme a perpetuidad y nos haga rendirnos en todos los pleitos” que son los enamoramientos. No, o condicionado a ello, “la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da... y en este caso -a través de “El Coronel Chabert” de Balzac- nos permite imaginarnos los sentimientos de un muerto que se viera obligado a volver, y nos muestra por qué no deben volver”. Todo sobre el lugar de los muertos en nuestras vidas, la de recordarlos o librarnos definitivamente de ellos, la necesidad o la fuerza que nos hace sobreponernos a las desgracias y construir o vivir los siguientes días sin ellos; porque si volvieran sería un problema, una nueva destrucción de la vida que comenzó con la muerte, de ellos, y que de nuevo se impone, por ellos, a idear la futura.

“observado el viejo precepto de relatar en último lugar lo que debía figurar como verdadero, y en primero lo que se debía entender como falso, lo cierto es que esa regla no basta para borrar lo inicial o anterior”

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