Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



domingo, 19 de abril de 2015

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "El abuelo que saltó por la ventana y se largó" de Jonas Jonasson

“Cuando la vida hace horas extras es fácil tomarse libertades”



Tres fueron los motivos que me impulsaron a leer “El abuelo que saltó por la ventana y se largó”. El primero: el título, tan alentador y chocante, ¿o no?  El segundo: leí un artículo del autor donde decía que “los suecos también saben hacernos reír”. Y como ya, amables lectores, vais conociendo mi gusto por la novela negra, son algunas las críticas en este blog al aluvión sueco en torno al género policíaco (Mankell, Lackberg, Larsson, Jungstedt…), sentí curiosidad por esta otra y exitosa vertiente literaria. Y el tercero, aun con cierto escepticismo: cómo se han vendido cinco millones de copias de esta primera novela de Jonas Jonasson. Indudablemente, a renglón seguido, un libro “súper ventas” no significa que sea un buen libro. De ahí mi recelo, pues atrás sucumbí y luego me indigné, por poner un ejemplo de esta “manía” de abusivas ventas pilotadas por el faranduleo rosa, con aquel infumable “La vida iba en serio” de Jorge Javier Vázquez y algún que otro capricho, llemémoslo literario y siendo bastante generoso, de otros famosos televisivos, como para perder un tiempo valioso leyendo a este otro espectáculo de masas. Sobrevalorado, pues sí. Reconozco lo ingenioso, también entretenido, y a que se lea bien. Vale que la novela empezó con garantía de mayores risas, alguna carcajada espontánea capaz de asombrar, y como así fue, a quien tenía en esos momentos al lado, para ir desinflándose pronto. Tanta anécdota presumiblemente histórica, estrafalaria sin duda, me llegó a cansar, a aburrirme de lo que, en algunos capítulos iniciales, me hizo reír y seguir con entusiasmo el relato.

“Allan Karlsson no exigía gran cosa a la vida. Le bastaba con una cama, comida suficiente, algo que hacer y, de vez en cuando, una copita de aguardiente. Si tenía eso, era capaz de soportarlo casi todo”

“El abuelo que saltó por la ventana y se largó”: Momentos antes de que empiece la pomposa celebración de su centésimo cumpleaños, Allan Karlsson decide que nada de eso va con él. Vestido con su mejor traje y unas pantuflas, se encarama a una ventana y se fuga de la residencia de ancianos en la que vive, dejando plantados al alcalde y a la prensa local. Sin saber adónde ir, se encamina a la estación de autobuses, el único sitio donde es posible pasar desapercibido. Allí, mientras espera la llegada del primer autobús, un joven le pide que vigile su maleta, con la mala fortuna de que el primer autobús llega antes de que el joven regrese y Allan se sube sin pensarlo dos veces, con la maleta ajena a rastras. Aún no sabe que el joven es un criminal sin escrúpulos y que la maleta contiene muchos millones de coronas. Pero Allan Karlsson no es un abuelo centenario cualquiera (a lo largo de su vida ha coincidido, en una sucesión de hilarantes encuentros, con Franco, Stalin o Churchill; además, ayudó a Oppenheimer a crear la bomba atómica, fue amigo de la esposa de Mao y agente de la CIA, siempre fiel a su absoluto rechazo a dogmas e ideologías). Esta vez, en su enésima atropellada aventura, cuando creía que con su jubilación había llegado la tranquilidad, está a punto de poner todo el país patas arriba"

“Allan los interrumpió para explicar que él sí había salido de Suecia para conocer mundo, y que si algo había aprendido era que los conflictos más importantes e irresolubles solían surgir de un: “tú eres idiota –no, tú sí que eres idiota –no, el idiota eres tú”. La solución, añadió, consistía muchas veces en compartir un par de botellas de aguardiente y luego mirar hacia el futuro”

En definitiva, la historia como tal es original, disparatada, harto surrealista; de acuerdo que, insisto, decae a medida del avance en la lectura, por su reiteración y por lo predecible, como si alguien empieza a contar un chiste del que ya sabemos su término.  No es que sea aburrida, pero desde luego tampoco entusiasma: tantos desvaríos y piruetas en torno a ese abigarrado elenco de personajes históricos (Franco, Truman, Mao, Stalin…) resulta una fantasmada ridícula. “Muy bien –dijo ella- Entonces dedicaremos una tercera parte del dinero a la campaña electoral, otra tercera parte a sobornar a los jefes de distrito, otra tercera parte a echar mierda a nuestro rival y luego nos quedaremos otra tercera parte para vivir si todo va mal” Claro que su pretensión es hacernos reír de lo absurdo, de lo “políticamente correcto”, sacar unas cuantas sonrisas y alguna que otra carcajada, sin duda; pero de ahí a que un escueto y anodino personaje, con una falta de respeto absoluta por la vida humana o por la responsabilidad, a lo Forrest Gump sueco, influya en la historia del Siglo XX, resta sensatez a la trama por muy divertida que sea en sus rápidos e inesperados “gags”, deshilvanados y de una frivolidad desquiciada. Esto influye en que de las dos historias del libro sea más interesante la actual, el devenir del anciano el día de su centenario cumpleaños, su demencial huida con unos compañeros extraídos de lo más degradado de la sociedad sueca; y desconozco, en este orden de cosas, si el ánimo del autor fue expresar una sutil crítica de ello, nada amable en todo caso. En fin, si se le quitara los pasajes más cansinos, las revueltas, hasta dejarlo en casi la mitad de páginas, o sin el casi, se podría decir que es un libro curioso, más que una parodia una astracanada, ideal para pasar un rato entretenido, solo; aunque con un defecto importante entre otros y referido a su centenario protagonista: el sexo. Allan Karlsson aparece como alguien misógino, célibe, a quien no se le conoce, en su dilatada existencia, relación sexual con nadie. Risas, sí, no muchas, pero también un regusto amargo.

“La vida había sido emocionante de principio a fin, pero no hay nada que dure para siempre, salvo, tal vez, la estupidez generalizada”

No hay comentarios:

Publicar un comentario