Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 26 de septiembre de 2015

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Claraboya" de José Saramago

“En todas las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido” (Raul Brandao)


Imaginemos qué hubiese pasado si José Saramago, con treinta y un años en 1953, en plena y aciaga dictadura de Salazar, tras entregar su manuscrito de “Claraboya” a una editorial y esperar durante más de cuarenta años una respuesta, se planteara, concluyentemente, que no tenía futuro como escritor y, mejor que sacrificar tantas horas a la noche para escribir y tras jornadas de trabajo en empleos que no eran fáciles, las dedicara a dormir y descansar de una jornada laboral intensa; trabajador de muchos oficios como su familia y los vecinos de Azinhaga, el pueblo portugués en el que había nacido en 1922, una persona silenciosa y sutil con los tiempos, nunca resignada, en cuyo interior vivían los dramas que vivía y aquellos que imaginaba. De hecho, el ominoso silencio editorial le sumió en un socavón literario de veinte años. ¿Qué hubiese sucedido? Imaginemos que no se hubieran escrito novelas como “La Caverna”, “El Evangelio según Jesucristo”, “Ensayo sobre la ceguera”…, que jamás existiera el universo Saramago. Terrible. Imposible. Demos gracias a su vocación y devoción en las letras, por las que Saramago no dejó de escribir. Esta historia de “Claraboya”, su segunda novela escrita o la primera que quiso viera la luz, volvió a él cuarenta años después, en 1989, en una “curiosa” mudanza o inventario de aquella editorial que le dio la espalda y sepultó su creación en una caja olvidada. José Saramago, ya un escritor consagrado, había publicado “Levantado del suelo”, “Memorial del convento” o “La balsa de piedra”, en esos momentos escribía la memorable “El evangelio según Jesucristo”, luego, en 1998, sería nombrado Nobel de Literatura, una mañana mientras se afeitaba recibió una llamada de la editorial comunicándole la aparición del manuscrito de “Claraboya” y el interés por publicarlo inmediatamente. Saramago acudió a la editorial y se llevó el borrador, marcado por aquel “silencio doloroso, imborrable y de décadas”, como dice Pilar del Río, su mujer, su traductora, la presidenta de la Fundación José Saramago, en el prólogo del mismo libro. Decidió el escritor portugués que mientras viviera aquellas letras no verían la luz. Y en 2012, después de su muerte en la Lisboa de “Claraboya”, en 2010, por fin se hizo justicia con los tiempos, con el destino, y se publicó ésta, su primera novela que en realidad fue la última, obviemos “Alabardas” por cuestiones obvias. “Nadie está obligado a amar a nadie, todos estamos obligados a respetarnos…”, consideraba el autor que ninguna empresa tiene la obligación de publicar los manuscritos que le llegan, pero existe el deber de ofrecer una respuesta a quien la espera día tras día porque el libro entregado, ese manuscrito, es algo más que una montaña de letras, lleva un ser humano dentro…”A Pilar del Río, debemos estas palabras en un prólogo indispensable.

- “Lo que cada uno de nosotros tenga que ser en la vida, no lo será por las palabras que oye ni por los consejos que admite. Tendremos que recibir en la propia carne la cicatriz que nos transforma en verdaderos hombres”.

Y ésta, Pilar del Río, dice en ese magnífico prólogo que la literatura es muchas veces un puñetazo contra la muerte. Y por eso “Claraboya” es un homenaje a Saramago y a su literatura. Este libro es, para su editora española, Pilar Reyes, “un presagio del inmenso escritor que Saramago sería… se percibe su visión descreída del mundo” “Aquí hay crítica social, crítica a la familia como institución. Hay un diálogo final hermoso entre el zapatero y el joven que llega”. Aludiendo a la identidad de los personajes, arquetipos de Saramago que de algún modo conectan con el drama “Historias de una escalera” que contemporáneamente estaba escribiendo en España Antonio Buero Vallejo, explica Reyes: “Me arriesgo a pensar que cuando Saramago escribió Claraboya era como el joven Abel, pero aspiraba a ser como el viejo y sabio zapatero”. Totalmente de acuerdo.

“El tiempo se deslizaba, incesante, con ese rumor sedoso que tiene la arena que cae de una esfera”

¿Es el Saramago que conocemos y admiramos todos quien está en este libro? No, ciertamente, pero con matices. A ver: Sí es Saramago en cuanto a los personajes y el tema: la vida gris, difícil, dura, carente de esperanza muchas veces, de la gente humilde. No, en cambio, en su estilo narrativo. La novela “Claraboya” es una novela coral, de corte clásico: Amanece en Lisboa. Una Lisboa pobre, habitada (como la novela y como la memoria personal que Saramago tenía en ese momento) por “una colección de hombres de pocas palabras, solitarios, libres, que necesitan el encuentro amoroso para romper, siempre de forma momentánea, su forma concentrada e introvertida de estar en el mundo”, escribe Pilar del Río. En una mañana de mediados del siglo XX, la mirada del novelista se asoma a la ventana de un vecindario. Se anuncia un día no muy diferente de los demás: el zapatero Silvestre, que abre su taller; Adriana, que parte hacia el trabajo mientras en su casa tres mujeres inician otra jornada de costura; Justina, que tiene ante sí un largo día jalonado por las disputas con su brutal marido; la mantenida Lidia; y la española Carmen, sumida en nostalgias... Según avanza la trama comienza a aparecer la dureza de esa realidad, especialmente cruda para las mujeres, sin olvidarnos de las referencias al amor lésbico. Es aquí donde nos podemos imaginar las supuestas razones por las que los editores callaron, las que para la dictadura de Salazar podían resultar molestas por considerarlas inmorales. Relatado con fina ironía y ternura, personajes que serán modelos tipos en su bibliografía. Cabe hacer mención especial a los diálogos entre el zapatero y su huésped, que nos muestran las que, con toda probabilidad, eran las contradicciones a las que se enfrentaba el joven de apenas treinta años que era entonces José Saramago. Discretamente, la mirada de éste va descendiendo y, de repente, deja de ser simple testigo para ver con los ojos de cada uno de los personajes. Capítulo a capítulo, salta de casa en casa, de personaje en personaje, abriéndonos un mundo gobernado por la necesidad, las grandes frustraciones, las pequeñas ilusiones, la nostalgia de tiempos que ni siquiera fueron mejores. Todo cubierto por el silencio tedioso de la dictadura, la música de Beethoven y una pregunta de Pessoa: “¿Deberemos ser todos casados, fútiles, tributables?”. Personajes de Saramago, la gente modesta cuyas vidas abundan en frustraciones, pero que mantienen intacta su dignidad de resistentes.

“Luchaban, sin desfallecimiento, uno y otro, el sonido contra la obstinación de la desesperanza y la certeza de la muerte, el silencio contra el desdén de la eternidad”

Hasta ahí, nada en desacuerdo a obras posteriores como “Ensayo sobre la ceguera”, “La caverna” o “El hombre duplicado”. Insisto en que es el estilo narrativo de Saramago si no lo que desentona, aquello que extraña: Frente al Saramago de frases muy largas, párrafos interminables, con diálogos insertos en el flujo narrativo mediante cambios de sujeto que obligan a una lectura atenta, aquí encontramos una narrativa basada en frases más bien cortas, con sus diálogos convencionales (y sus guiones al principio de cada intervención) y un planteamiento clásico en cuanto al manejo de los tiempos. Indudablemente no hace falta leer en voz alta el texto para comprender esos cambios de sujeto, como el mismo Saramago nos recomendaba, a los lectores. Es un libro de Saramago y de la misma manera no lo es, salvando la fuerza de la historia y los personajes, pero es indudable que resulta más fácil de leer e incluso de entender. Para quienes se inicien en la obra de Saramago, por este planteamiento narrativo convencional, les vendrá que ni pintado.

“El viejo reloj de la sala, que Justina heredó a la muerte de los padres, tocó nueve campanadas gangosas, tras un trajín de maquinaria cansada”

“Claraboya” es una semblanza magistral de una época sometida por la desesperanza. Imprescindible en el desarrollo de lo que después se afianzará como el aludido universo Saramago y en un manojo de obras maestras. Tanto es así que en esta su primera creación reconocemos los mimbres de todos sus personajes, su voz, la lucidez y compasión del mensaje. Una novela de personajes: “Esa colección de hombres de pocas palabras, solitarios, libres, que necesitan el encuentro amoroso para romper, siempre de forma momentánea, su forma concentrada e introvertida de estar en el mundo”, como ya se incluyó antes, y “También están las mujeres fuertes de Saramago. Cuando el autor se recrea en los personajes femeninos, la capacidad transgresora se hace más evidente y descarnada”. Analicemos el encargo de la novela, no es una novela solo para leer, sino para pensarla, el mensaje de esperanza y amor a través de ellos:

“¿Para esto vivimos? ¿Para hacer hijos y lanzarlos a la batalla? ¿Para construir ciudades y arrasarlas? ¿Para desear la paz y tener la guerra?”

Comencemos por Emilio, el prisionero en su propia vida, indiferente y extraño a todo por la rutina, esta que ha convertido a su mujer en enemiga, en escaparate de su propio desprecio, el mismo que ha secado en su corazón el amor hacia su hijo y más cuando se encuentra enfermo. Emilio dice a su hijo en el lecho, creyendo que está dormido:

“Cuando sea mayor querrás ser feliz. Por ahora no piensas en ello y lo eres precisamente por eso mismo. Cuando pienses, cuando quieras ser feliz, dejarás de serlo. Para siempre… La felicidad no es cosa que se conquiste. Te dirán que sí. No lo creas. La felicidad es o no es.”

Reflexión sobre la felicidad, no la que es con mayúscula sino aquella que se nos impone por las garras que someten a la sociedad, esa angustia por conseguir lo que otros quieren o tienen, y que solo cuando se consigue se convierte en felicidad o algo que se lo parece. No es esta felicidad, en su desnudez, la que se define por la propia acción, personal, de disfrutar de la misma, de la vida, con aquello, poco y mucho, de lo que tenemos. Un regalo. No una posesión. Y aquí, en estas páginas, encontramos este elemento de discriminación, más de desarraigo: la posesión, el hecho de poseer, que no todo lo que se tiene se posee, ya que puede tenerse aquello que incluso no se desea. Posesión, en síntesis, sería eso, tener y disfrutar de lo que se tiene. Por tanto, Emilio, teniendo casa, mujer y un hijo, nada era suyo,

“Que se pudiera decir suyo, solo se tenía a sí mismo, y no por completo”

Vivimos para tener, para poseer, no para disfrutar de lo que se tiene o se posee, ponemos la intensidad en lo que carecemos antes de sacar todo el partido a lo que tenemos. La insatisfacción en la que se sustenta o en la que se pliega cualquier concepto de realidad. Y tanto puede ser esta, tanta su insistencia, tan insatisfechos, que nos lleva a la depresión, a la depresión de Emilio o de otros personajes:

“Estos pensamientos, mil veces repetidos, lo conducían siempre al mismo punto. Se comparaba con un animal uncido a una noria, que camina leguas en un círculo estrecho, con los ojos vendados, sin darse cuenta de por qué pasa por donde ha pasado miles de veces. No era ese animal, no tenía los ojos cerrados, pero reconocía que el pensamiento lo llevaba por un camino ya trillado”

Y luego el concepto de la Vida, el significado de la existencia, o aquello que el destino marca en cada de uno de nosotros para significar nuestros días en este mundo, en esta realidad. Y una manera de entenderla, o de practicarla, o de no hacerla, es la que encarna Abel, un muchacho incapaz de comprometerse con nada ni con nadie, incluso hasta para huir de sí mismo:

“Tengo la sensación de que la vida está detrás de una cortina, riéndose a carcajadas de nuestros esfuerzos por conocerla”. Y, ¿quién no ha tenido alguna vez la sensación de que hay cosas que se le escapan, de que no está viviendo realmente, de que debe haber algo más en alguna parte?

Silvestre, el zapatero, su amigo y casero, a lo mejor en un intento esperanzador de responder a esas sensaciones existenciales, propias de todos, en las que creemos o intuimos cómo existen cosas que se nos escapan en la vida, cómo una parte fundamental de nosotros mismos, a la que tenemos que reintegrar, se desarrolla en alguna otra parte. Y dice, o responde al muchacho, a Abel:

“Hay tanto que hacer en este lado de la cortina, amigo mío… Aunque viviera mil años y tuviera las experiencias de todos los hombres, no conseguiría conocer la vida”

Entonces, ¿Cuál es el sentido de la vida? Teniendo en cuenta que hay un instante que vale una vida o una vida que se vive en un solo instante, la cuestión o nuestro estar aquí tiene que responder a ello, al instante o a la eternidad, a cómo sentirla o a como deslindar lo importante en lo que nos ocupamos y que nos aleja de ella o de nosotros. Aquí encontramos el escepticismo doloroso de Abel:

“…el sentido oculto de la vida es que la vida no tiene ningún sentido oculto”

Y para Silvestre:

“Aprendí que, tras esta vida desgraciada que los hombres llevan, hay un gran ideal, una gran esperanza. Aprendí que la vida de cada uno de nosotros debe estar orientada por esa esperanza y por ese ideal. Y que si hay gente que no siente así, es porque murió antes de nacer…”

La esperanza. El instrumento para entender y sostener la vida. Pero esta no es un ideal, algo intangible; es decir, es necesaria la acción, pensar y actuar, entender la existencia junto con los demás. Y esto, además de la esperanza, se concreta con el amor, con un amor espontáneo, con un amor lúcido y activo. Y Silvestre señala a Abel:

“La experiencia solo vale cuando es útil a otros, y usted no es útil a nadie… Lo que cada uno tenga que ser en la vida, no lo será por las palabras que oye ni por los consejos que admite. Tendremos que recibir en la propia carne la cicatriz que nos transforma en verdaderos hombres. Después, se trata de actuar…”

Y tras esto el escepticismo más dilacerante de Abel, todo es tan malo que no se puede cambiar y ni siquiera merece la pena intentarlo; la respuesta más vehemente y optimista de Silvestre… Estos diálogos, que podrían extenderse en unos corolarios existencialistas, filosóficos, o como se quieran entender hasta límites insospechados, tantos como compleja es la vida, es la parte más atractiva y conmovedora de la novela:

- “…la vida así como la ha descrito hace poco, no es vida, es un estercolero, es una ciénaga.

-¿Y qué le vamos a hacer?

-¡Transformarla!

-¿Cómo? ¿Amándonos los unos a los otros?

-Sí, pero con un amor lúcido y activo, un amor que venza al odio.

-¿Y qué podemos hacer nosotros? ¿Yo? ¿Usted?

-Vivimos entre los hombres, ayudemos a los hombres.

-¿Y el amor resolverá todo eso?

-No lo sé. Es lo único que todavía no se ha experimentado…”


Y para no hacer más extensa, y tal vez complicada, esta reseña, “Claraboya” es una novela entrañable, fascinante, divertida, extremadamente humana, fácil de leer, abierta para la reflexión, en fin... ¡Sublime! ¡Muy recomendable! A quienes les cuesta trabajo entender a Saramago, pueden leer esta ficción sin problemas, su narrativa es muy refrescante. “Claraboya es la puerta de entrada a Saramago y será un descubrimiento para cada lector. Como si un círculo perfecto se cerrara. Como si la muerte no existiera”. Escribir para parar la muerte, decía Saramago; leer para seguir impidiéndola.


“Todos pensamos. Pero sucede que pensamos mal la mayor parte de las veces. O bien hay un abismo entre lo que pensamos y lo que hacemos…”

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