Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



lunes, 23 de noviembre de 2015

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "El impostor" de Javier Cercas

“…si la literatura sirve para salvar a un hombre, honor a la literatura; si la literatura sólo sirve de adorno, a la mierda con la literatura”



No ha sido mi intención finalizar la lectura de “El impostor” de Javier Cercas (Literatura Random House, 2014) el 20 de noviembre, 40 años después de la muerte del dictador Franco; pero ya que ha sido así, bienvenida sea para recordar y honrar a las víctimas y héroes, a los verdaderos, de la guerra, contra la dictadura. Esta magnífica novela, tengo que reconocerlo, me entusiasmó en buena parte de sus más de 400 páginas. ¿Por qué no en todas? A ver: Es un texto bastante exigente, osado, desafiante, por lo que existirán lectores, algo me sucedió a mí, que antepongan a los anteriores adjetivos otros como complicado, tedioso, reiterativo, perdido en una digresión que intentó ser genial, una obra maestra en la que ya el propio Cercas se veía como Truman Capote en “A sangre fría”, en un remedo de salvación propia, y que quedó, tras el lío suscitado por estas tantas novelas en una, en ese terreno ambiguo en el que el lector nunca tendrá muy claro si es “un relato de real o una novela sin ficción saturada de ficción”, en una buena obra. Sin embargo, esta digresión, la que magistralmente entreteje la impostura de Enric Marco con la lucha y determinación personal y literaria del autor, un valiente juicio, es fundamental para la comprensión de la novela y para calificarla de espléndida.

“Yo no quería escribir este libro. No sabía exactamente por qué no quería escribirlo, o sí lo sabía pero no quería reconocerlo o no me atrevía a reconocerlo; o no del todo. El caso es que a lo largo de más de siete años me resistí a escribir este libro. Durante ese tiempo escribí otros dos, aunque éste no se me olvidó; al revés: a mi modo, mientras escribía esos dos libros, también escribía éste. O quizás era este libro el que a su modo me escribía a mí.

Los primeros párrafos de un libro son siempre los últimos que escribo. Este libro está acabado. Este párrafo es lo último que escribo. Y, como es lo último, ya sé por qué no quería escribir este libro. No quería escribirlo porque tenía miedo. Eso es lo que yo sabía desde el principio pero no quería reconocer o no me atrevía a reconocer; o no del todo. Lo que sólo ahora sé es que mi miedo estaba justificado”

Javier Cercas nos brinda, en letra editorial, “…una fascinante novela sin ficción saturada de ficción; la ficción no la pone el autor: la pone Enric Marco. ¿Quién es Enric Marco? Un nonagenario barcelonés que se hizo pasar por superviviente de los campos nazis y que fue desenmascarado en mayo de 2005, después de presidir durante tres años la asociación española de los supervivientes, pronunciar centenares de conferencias, conceder decenas de entrevistas, recibir importantes distinciones y conmover en algún caso hasta las lágrimas a los parlamentarios españoles reunidos para rendir homenaje por vez primera a los republicanos deportados por el III Reich. El caso dio la vuelta al mundo y convirtió a Marco en el gran impostor y el gran maldito. Ahora, casi una década más tarde, Javier Cercas asedia, en este thriller hipnótico que es también un banquete con muchos platos -narración, crónica, ensayo, biografía y autobiografía-, el enigma del personaje, su verdad y sus falsedades y, a través de esa indagación que recorre casi un siglo de historia de España, bucea con una pasión de kamikaze y una honestidad desgarradora en lo más profundo de nosotros mismos: en nuestra infinita capacidad de autoengaño, en nuestro conformismo y nuestras mentiras, en nuestra sed insaciable de afecto, en nuestras necesidades contrapuestas de ficción y de realidad, en las zonas más dolorosas de nuestro pasado reciente. El resultado es un libro que no habla de Enric Marco sino de usted, lector; también el libro más insumiso y radical de Javier Cercas: un libro asombroso que, con una audacia inédita, ensancha los límites del género novelesco y explora las últimas fronteras de nuestra humanidad”

“Porque la ficción salva, pero la realidad mata”

Y es esto, asimismo, el temor del narrador a lo largo de toda la novela: verse en él, identificarse con su personaje. Y éste, Enric Marco, como muchos recordarán, fue un significado y veterano anarquista de los años de la Transición que en los noventa apareció públicamente como un deportado del campo de concentración alemán de Flossenbürg, convirtiéndose en un tenaz adalid del recuerdo del Holocausto; hasta que en 2005, justo cuando iba a intervenir en una celebración en el campo de Mauthausen como representante español de las víctimas, en presencia del presidente Rodríguez Zapatero, fue desenmascarado por el historiador Benito Bermejo. El caso ocasionó un escándalo de importantes dimensiones que nadie se esperaba, ni su protagonista, no en vano se hizo artífice de la recuperación de la “memoria histórica” entre otras atribuciones y honras, y que corresponde a esa hipocresía instalada en nuestra sociedad por sacudirse cuanto molesta o perturba de manera fulminante. La historia del persistente Marco relatada por Cercas es un brillante reflejo de la historia de España en los últimos 80 años, una brillante semblanza y crítica de la impostura no solo de la figura de Marco, sino de la absoluta, de la impostura generalizada en nuestra existencia y que así la legitimamos, la magnificamos, y sin importarnos si es con medias verdades que son las más absoluta de las mentiras. De hecho, no es que Marco fuese un liante superlativo, que lo era, sino por lo fácil que le resultó urdir su engaño en una sociedad democrática (periodistas, intelectuales, políticos y hasta instituciones), que deseaba engañarse. ¿Alguien se acuerda del caso actual del “pequeño Nicolás”? Pues eso.

“…la democracia se construyó en España sobre una mentira, sobre una gran mentira colectiva o sobre una larga serie de pequeñas mentiras individuales”

Enric Marco no fue un activo combatiente en la Guerra Civil, ni un resistente que se exilió, ni fue cautivo en un campo nazi, ni militante antifranquista, ni con una historia de sindicalismo anarquista que le mereció liderar la CNT. Para Cercas, Marco estuvo siempre donde estaban todos, con la inmensa mayoría, evitando comprometerse, buscándose la vida, huyendo del pasado. No fue un héroe, si bien Cercas lo plantea casi de esta manera cuando afronta su descrédito, al decir la verdad y no reiterarse o replegarse en sus persistentes falsedades. Para el autor, Marco es un Narciso en el sentido que Ovidio dio a la fábula mitológica: no se enamora de sí mismo, sino que evita ser él para reinventarse en otro. “Se apropiaba del pasado ajeno o se incrustaba en él”, y sabía estar en el lugar y en el momento adecuado. Por otro lado, y sigo citando al escritor: “Se inventó una vida cuando todos lo hacían”; es decir, en aquellos tiempos confusos, tan ambiguos, tan necesitados de sentido, cada cual falsificaba sus autobiografías y surgieron menesterosas iniciativas para llenar esta laguna, la “cesión pusilánime al doble soborno”, como la mal llamada, para Cercas, la “memoria histórica”, que sólo fue “un sucedáneo, un abaratamiento, una prostitución de la memoria”. Por todo, insiste, todos fueron tan narcisistas como Marco y éste lo sentenció en “un relato edulcorado, falaz y desbordante de sentimentalismo”, y al que tilda de kitsch, de falso.

“Marco hizo de su vida una novela. Por eso nos parece espantoso: porque no aceptó ser quien era y tuvo la osadía y la desvergüenza de inventarse a base de mentiras; porque las mentiras están muy mal en la vida, aunque estén muy bien en las novelas. En todas, claro está, salvo en una novela sin ficción o un relato real. En todas, salvo en este libro”

Interesante, al mismo tiempo, el paralelismo que establece el autor entre Enric Marco, como personaje, con Don Quijote, luego hablaremos de la prolongación de la comparativa a Miguel de Cervantes y el mismo Cercas: “En «Yo soy Enric Marco» (un artículo que Javier Cercas publicó en El País) comparé a Marco con don Quijote porque ambos son dos grandes mentirosos que «no se conformaron con la grisura de su vida real y se inventaron y vivieron una heroica vida ficticia». La comparación sigue pareciéndome válida, pero ahora creo que hay muchas más razones para hacerla”.

“El resultado de mezclar una verdad y una mentira es siempre una mentira, excepto en las novelas donde es una verdad”

Este libro también es una crítica a la “memoria histórica”, todas aquellas buenas intenciones más que de medidas efectivas que impulsó, con legitimidad, el presidente Zapatero y para marcar distancias con una derecha que sigue por sus fueros de no reconocer los atropellos del Franquismo. “…de que, ahora mismo, el peor enemigo de la izquierda es la propia izquierda; es decir: el kitsch de izquierda; es decir: la conversión del discurso de la izquierda en una cáscara hueca, en el sentimentalismo hipócrita y ornamental que la derecha ha dado en llamar buenismo” Unas elevadas expectativas en buenas intenciones, esta “memoria histórica”, que aprovechó el avispado Marcos para irrumpir con desparpajo y convertirse en brillante portavoz de los vencidos y de los humillados.

“La expresión «memoria histórica» es equívoca, confusísima. En el fondo entraña una contradicción: como escribí en «El chantaje del testigo», la historia y la memoria son opuestas. «La memoria es individual, parcial y subjetiva —escribí—; en cambio, la historia es colectiva y aspira a ser total y objetiva.» Nadie aprovechó mejor que Marco esa antítesis insalvable. Maurice Halbwachs, que fue quien acuñó el concepto de memoria histórica, afirma que ésta es una «memoria prestada», a través de la cual no recordamos experiencias propias sino ajenas, que no hemos vivido sino que nos han contado; Marco aplicó al pie de la letra tal imposibilidad y construyó sus discursos con recuerdos de otros (de ahí, en parte, la desenvoltura con que pasaba en sus charlas públicas del «yo» al «nosotros»): aunque buscaba en teoría reivindicar con ello la memoria de las víctimas, en la práctica no hizo más que desnudar la inoperancia y los riesgos letales que conlleva el uso de ese concepto tan exitoso como absurdo. Por si fuera poco, en España la expresión «memoria histórica» fue, además de un oxímoron, un eufemismo: la llamada memoria histórica era en realidad la memoria de las víctimas republicanas de la guerra civil y el franquismo, y recuperarla o reivindicarla equivalía a reivindicar la reparación completa de esas víctimas y a exigir justicia y verdad sobre la guerra civil y el franquismo para superar de manera definitiva ese pasado terrible”.

Por último, el libro de Cercas es también un homenaje a los verdaderos héroes y como me decía yo al principio de esta reseña.

“Verdaderamente, hay que desconfiar de los predicadores de la verdad. Verdaderamente, igual que el énfasis en la valentía delata al cobarde, el énfasis en la verdad delata al mentiroso. Verdaderamente, todo énfasis es una forma de ocultación, o de engaño. Una forma de narcisismo. Una forma de kitsch”

La trama histórico-novelesca en torno a Marco se complementa, o se agranda, con episodios autobiográficos que nos hablan de las dudas del escritor y con pasajes en los que, a modo de ensayo literario, éste establece paralelismos entre aquel y El Quijote. Cercas dilata el contenido de la novela a través de un relato en primera persona, franco, envolvente y cautivador. De prosa absorbente y urgida, pero, a la vez, medida al milímetro, rítmica e incluso premeditadamente obsesiva. Esta novela vuelve una y otra vez sobre sí misma, pero la repetición de argumentos y citas, su insistencia en decirlo más alto para refutarlo, o incluso su desorden, son cosas deliberadas para que el efecto sea mayor y duradero. Consecuencias de los tres escenarios paralelos: la historia personal de la búsqueda, las reflexiones morales y metaliterarias sobre la escritura y, por último, los importantes datos recabados y reseñados de la vida de Enric Marco, tanto de la real como de la fingida.

“… forma socialmente aceptada de narcisismo. (...) el novelista está del todo insatisfecho de su vida; no sólo de la suya propia, sino también de la vida en general, y por eso la rehace a la medida de sus deseos, mediante las palabras, en una ficción novelesca: como al Narciso del mito y al Marco real, al novelista la realidad le mata y la ficción le salva, porque la ficción no es a menudo más que un modo de enmascarar la realidad, un modo de protegerse o incluso de curarse de ella. Como Marco, el novelista se inventa una vida ficticia, una vida hipotética, para esconder su vida real y vivir una vida distinta, para procesar las vergüenzas y horrores e insuficiencias de la vida real y transformarlas en ficción, para ocultárselas a sí mismo y a los demás, en cierto modo para evitar conocerse o reconocerse a sí mismo, igual que Narciso debe evitar conocerse o reconocerse a sí mismo si quiere vivir mucho tiempo, según el consejo que el ciego Tiresias le da a su madre Liríope”

Destacable la intención del propio autor acerca de la salvación, de la suya propia, a través de esta su lección magistral sobre la verdad y la mentira dentro de la literatura. Cercas insiste en cómo algunos grandes autores han encontrado su salvación narrando obras con personajes perversos, como Truman Capote en “A sangre Fría” o Emmanuel Carrère en “El adversario”:

“No es ésta la única conclusión que saca Carrère de las dos historias simétricas y opuestas que acabo de contar; tampoco la que más me interesa. Cuenta Carrère que, al empezar a escribir “El adversario”, quiso imitar “A sangre fría”, la impasibilidad y el desapego flaubertianos de “A sangre fría”, la decisión de Capote de contar la historia de Dick Hickock y Perry Smith como si no hubiera participado en ella, excluyendo su intervención amistosa y perversa y los dilemas morales que le acosaron mientras tenía lugar; sin embargo, cuenta asimismo Carrère, al final optó por no hacerlo: decidió contar su historia sin ausentarse de ella, no en tercera sino en primera persona, revelando también sus perplejidades morales y su relación con el impostor asesino. Y concluye: «Pienso sin exagerar que esa elección me ha salvado la vida».

¿Tiene razón Carrère? ¿Se salvó él como persona, además de salvarse como escritor —“El adversario”es también una obra maestra—, al incluirse en su relato de la impostura criminal de Jean-Claude Romand? ¿Iba a salvarme yo, como escritor y como persona, si, ya que no podía hacer lo mismo que Dickens porque no podía cambiar ni embellecer la historia de Marco, al menos no hacía como Capote y no contaba en tercera sino en primera persona mi relación con el protagonista de mi libro, sin repudiar las dudas y los dilemas morales que enfrentaba al escribirlo, igual que había hecho Carrère? ¿No era el argumento de Carrère brillante y consolador pero falso, por no decir tramposo? ¿No era una forma de comprar legitimidad moral para autorizarse a hacer con Jean-Claude Romand lo que Capote había hecho con Dick Hickock y Perry Smith y lo que yo pretendía hacer con Enric Marco, y para hacerlo además con la conciencia limpia y sin perjuicios personales? ¿Bastaba reconocer la propia vileza para que ésta desapareciese o se convirtiese en decencia? ¿No había que asumir simplemente, honestamente, que, para escribir “A sangre fría”o”El adversario”, había que incurrir en algún tipo de aberración moral y por lo tanto había que condenarse? ¿Estaba yo dispuesto a condenarme a cambio de escribir una obra maestra, suponiendo que fuese capaz de escribir una obra maestra? En definitiva: ¿era posible escribir un libro sobre Enric Marco sin pactar con el diablo?”


Para mí el mejor momento de la novela es el capítulo octavo de la tercera parte. La ficticia escena en el que Cercas tiene una conversación con su personaje, Enric Marco, y éste se enfrenta con su ensayista de tú a tú y tachándole de cobarde y de ser tan mentiroso o más que él mismo…. Un diálogo imaginario o el desnudo integral del novelista, análogo al capítulo de “Niebla” de Unamuno, donde el protagonista visita a su creador en su despacho. Marco retrata a su “escritor” como “un pequeño burgués neurótico y débil, con la conciencia remordiéndole siempre”, pero que al cabo se lucra también de sus personajes: “¿No ha tenido usted más de una vez la sospecha de que era yo el que había vivido lo que había vivido y había inventado lo que había inventado sólo para que usted lo contase?” Fascinante el remedo de Cervantes: “Para mí sólo nació Enric Marco y yo para él; él supo obrar y yo escribir, sólo los dos somos para en uno”. Y para luego plantear, uno y otro, la pretensión de esta historia, de la novela, que Cercas arroja a Marco como un intento de salvarlo y que éste le responde con: “quiere salvarme para salvarse usted”.

“…el novelista es un mentiroso que dice la verdad”

Destaco, y admiro, el dominio técnico del autor para suministrarnos la información cuando quiere e ir llevándonos por donde le interesa. Cercas, como un gran prestidigitador, “monta” su estructura narrativa atrapando al lector en un interés superior, en ese limbo de realidad-ficción hasta un final muy bien rematado. Y con estas soberbias herramientas, el escritor analiza, más bien disecciona, la mentira. No solo se apoya en los ilustres pensadores, Platón, Montaigne, Voltaire, Kant…, para reflexionar sobre ella, sino también en la que él mismo pueda estar construyendo con la novela. A ver: Sabemos que Enric Marco miente, pero nos entra la duda razonable de si Cercas también nos está engañando, como Cervantes intenta hacer creer que Don Quijote-Alonso Quijano existió realmente. Y con todo, lucida la imaginación del autor en la construcción literaria para abarcar estos y controvertidos temas, sobre todo en las partes de su intrahistoria, la personal.

“En cuanto a mí, aún no había empezado a escribir este libro, pero ya había atado todos o casi todos los cabos de la historia de Marco, había trazado un esquema minucioso para contarla y, embarazadísimo de ella, a punto de romper aguas…”

“El impostor”, en conclusión, es una magnífica novela que me ha impresionado. Un texto de gran riqueza y valor literario, en todos y cada uno de sus distintos planos que convergen, admirablemente, en uno. Aunque tengo que admitir, de nuevo, que es una novela que puede no gustar a todos los públicos porque, insisto, es un texto valiente y por tanto exigente, y, tal vez, más por su preconcebida reiteración en los aspectos fundamentales de la historia, no sea del agrado de lectores acostumbrados a otra literatura llamémosle sencilla, práctica y lúdica. Novela tan acabada y tan conseguida y tan imprescindible.

“Te dije que yo no quería rehabilitarte, ni absolverte ni condenarte, que ése no es mi trabajo ni el trabajo de un escritor, tal y como yo lo entiendo. ¿Sabes cuál es mi trabajo? Entenderte. No te confundas, Enric: entenderte no es justificarte; entenderte es sólo entenderte: nada más”



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