Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



miércoles, 15 de junio de 2016

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Memorias. El peso de la paja 1. El cine de los sábados" de Terenci Moix

“Morimos un poco, es cierto, con cada uno que al morir ya nunca volverá a recordarnos. Así, ha de quedar incompleta mi memoria porque han muerto tantos de los que la fueron creando por y para mí”



Jorge Luis Borges escribió “Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero es una paradoja evidente. Ejecutar con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía” Y si es así, cuán difícil entonces la autobiografía, recrear en forma novelada la memoria personal; tan arduo ya no solo por el mismo ejercicio retrospectivo del autor, por la paciencia puesta en rescatar los máximos detalles, por deslindar ficción de realidad, sueños y pruebas, como si se tratara de erigir un complicado puzzle donde las piezas no terminan de encajar como debiera, más si el dolor está presente en muchos de los recuerdos, “las lágrimas ante la prepotencia de la realidad”, y en el que el distanciamiento constituye una seria rémora para ofrecer un contexto con las máximas garantías de plasmar lo vivido. Estas miradas regresivas, y luego escritas, tienden la mayoría a una amable nostalgia que atrae, estimula a volver a vivir esos episodios de una ingenuidad feliz, a recuperar esas experiencias vitales. Las infancias, sin embargo, aunque así lo parezcan, no son las mismas. No la del escritor catalán. Terenci Moix, que regala perfectamente su infancia y parte de la adolescencia en este primer volumen de sus memorias, “El peso de la paja 1: El cine de los sábados” (Planeta DeAgostini, 2002), traza la línea para olvidar ese lapso, o para excusarlo, y dando la sensación en el lector de estar frente a una tragicomedia de Fellini o Rosellini o Wilder. De hecho, el cine constituye el leitmotiv de su existencia, desde esta temprana edad, tanto que experimentó la vida según el cine la aspiraba, ideó su existencia a través de las historias proyectadas en una pantalla de esos cines de los sábados de su infancia y adolescencia; además, y no por ello menos importante, la provocación, o la causa ineludible para el motivo de sus historias más tarde relatadas. Imprescindible lectura para conocer, y entender, al Terenci Moix escritor desde la infancia de aquel Ramón Moix que siempre quiso ser un niño. Entender al hombre hecho de cine y soledad, aquel “enfant terrible” de la literatura.

“Lo único que distingue a una infancia entre todas las demás es la capacidad de transgredirla. Ya sea por la genialidad, ya por la estupidez, el transgresor infantil surge entre sus coetáneos y les domina, erigiéndose en centro absoluto de una creación que sólo a él pertenece y que los demás no están en grado de comprender.
Así nace a la opinión ajena el niño raro. Y así se prepara para el futuro el adulto extravagante, el eterno experto en exilios interiores. Uno de los caminos más seguros para acceder a la soledad”

Este libro es una joya literaria, como muchos de los ensayos y novelas de Terenci Moix. Para mí, teniéndole por mi escritor preferido, y admirado, me resulta muy comprometido realizar una reseña sobre una de sus creaciones con cierto margen, y justicia, de objetividad y porque asimismo es objetiva la tremenda hermosura de la subjetividad de su prosa, la belleza de su manera de contar las cosas. Tantas que te atrapa en un abrazo extraordinario para dejar de ser un lector ajeno y ser él o en él y en las sensaciones de lo que en esos momentos lees y sientes ya como algo propio. Y es aquí donde encuentro lo sensacional de la letra de Terenci Moix, que te abruma, te absorbe, te empequeñece ante una grandiosidad casi imposible, te provoca un desasosiego interior, pasmoso, un pellizco en las entrañas, conmovedor, una emoción sincera e intensa, marcada, como en excepcionales ocasiones he encontrado en otros literatos y en otras obras. “¡collons, collons, collons!”. Y aquí, en este libro, más en su último capítulo, ha vuelto a dejarme fascinado, en un impacto que te llega directamente al corazón, donde intuyes la escritura del alma, la sublimación de la melancolía y la soledad, la de una inabarcable tristeza, tan vivas, tan expresivas, tan auténticas. Pero tengo que hacerlo, o intentarlo. Y qué mejor al afrontar esta opinión que dejar al escritor y académico Pere Gimferrer, amigo de Moix, con estas palabras subrayadas en la contraportada del libro: “Puede leerse como un digest anecdótico y documental de una época, pero es mucho más que esto; es una auténtica obra de arte, insólita por su coraje e implacable por su lucidez” Y continua así la sinopsis: “En efecto, con una falta de pudor inusual en las letras españolas, Terenci Moix aborda el empeño más arriesgado de su carrera: mostrarse plenamente mientras bucea en lo más profundo de su identidad. En una infancia dominada por el cine, realidad y fantasía establecen un juego sorprendente y cuyo objetivo es descender a lo más profundo de una sexualidad atormentada e inconformista, El cine de los sábados –primer título de estas memorias- traza asimismo un ambicioso fresco de la vida española durante los años cincuenta y sesenta”

“Aprendí a leer el cine antes que a entenderlo, a atrapar el impacto de un signo antes que su significado. Y esos impactos repetidos permanecieron fijos en mi recuerdo con la misma fuerza que aquella amable esfinge desde cuyas garras una Cleopatra juguetona se burló del imbatible Julio César”

Semblanza autobiográfica de Terenci Moix, con el corazón en la mano, valiente, calibrada en su estancia en Roma ya más maduro, pergeñada por los recuerdos de la infancia, familiares, condicionados por la pasión, y obsesión, de las películas que le acompañaron de niño. El recuerdo de su primera comunión no sería tal si no fuera por cierto y personal “remake” del “Robin de los bosques” con Errol Flynn y Lady Marian, por ejemplo; su admiración a Diana Durbin, Eleonor Parker, Lana Turner… “Los amores mueren, los afectos traicionan, la propia obra envejece. Sólo el cine se queda y manda” La forja del héroe, la personalidad del niño edificada en las dobles sesiones, los sábados por la tarde, de los cines de su barrio, junto a sus tías, comandadas por la tía Custodia, y las cestas de merienda que llevaban a la sala para hacer más grata la sesión y la atracción, en “el ágora desde donde se inicia a la vida”.

“el trasplante de la realidad a mi espíritu sólo es anécdota que se estrella frente a la sensación de que imito continuamente a la vida, sin conseguir interpretarla”

La perfecta recreación de los barrios de trabajadores de la Barcelona de los años cincuenta y sesenta, en esa época de posguerra en la que echa a caminar Ramón Moix. Un pequeño universo en el que gravitaban las callejuelas, la cordialidad, los pequeños comercios y artesanos… El autor nació en un comercio de pinturas, cercano al Barrio Chino, y donde muy pronto conoce y siente esa realidad vital, de placeres prohibidos y conductas desordenadas, en sus padres, vecinos… Y con esa mirada, aterradora y fascinada, más allá de los límites de su universo particular, hacia esa otra Barcelona del Ensanche, la de los barrios altos… y la que emerge de las imágenes animadas en los cines. Todo ello relatado de manera amena, desnuda, abierta, sin dobleces, sensorial y sensible.

“Tanto afecto no excluye que sintiese necesidad de herirle profundamente cada vez que necesitaba probar el suyo. Desde entonces, sólo he sido capaz de calibrar el amor de los demás si éstos sufren por mí. Como si en cada amante hubiera un Cristo y en todo amor un Gólgota terrible, que necesito experimentar, a mi vez, para sentirme vivo”

El periplo del niño Ramón Moix por aquel mundo en torno a “el peso de la paja”, su jardín privado, por los colegios públicos, por los privados, laicos y religiosos, describiendo con mordacidad el sistema educativo imperante en el franquismo, reprimido, tradicional, severo, manipulado por la iglesia. “En estos ámbitos, la religión determina el único onanismo que ha de resultar perdurable. Pero es siempre el lado más oscuro de la religión, el que tiene como base los sufrimientos, el sacrificio, el derramamiento de sangre en nombre de un ideal superior. Las criaturas que me obsesionan pasan, así, por una entrega absoluta de su cuerpo a la divinidad, y sólo en ella justifican su cualidad de titanes que jamás encontraremos en la vida real”

“Pero el efebo de Mérida no entiende de resurrecciones ni tiene necesidad de disfrazarse para parecer mítico. Participa plenamente de la primera ley de la juventud, que no es otra que la urgencia. Exige el instante, no el ensueño. No busca como yo el espejismo de la realidad. Está en ella y, desde ella, gobierna”

Rodeado por otro universo femenino, madre, tías, primas y vecinas y hasta las prostitutas a donde su padre le llevaba con seis años, este raro y “repelente” niño, el pequeño Ramonet, se manifiesta en toda su ostentación, empleando su sagacidad para manipular a cualquiera que quede rendido por su ocurrencia y tiernos rasgos. Del mismo modo, o influido por ello, el niño comienza a despertar a la sexualidad, tan confusa en una sociedad tan obtusa y retrógrada, tan incriminatoria, unida del mismo modo a la idealización o mitificación que el propio cine influye en su naturaleza. El tema de la sexualidad trasciende a su ambigüedad, lo que después supondría una búsqueda interminable sin reglas ni definiciones.

“He pasado mi vida buscando al compañero. No al amante, porque no sé amar. No al bacante, porque no sé gozar. Sólo esa mezcla de idealismo que la propia búsqueda va convirtiendo lentamente en mito. Por lo tanto, inalcanzable. Por lo tanto, una nueva negación de la vida”

El recorrido por una infancia que no es como todas las infancias, que a lo mejor reitera los mismos miedos, en los mismos prejuicios, de acuerdo; pero que no concuerda en los sueños, ni siquiera en las desdichas, teñidas por la soledad y la vitalidad de una fantasía alcanzada en la magia del cine, la única que puede dar sentido a la infancia, a su vida, y acallar la desesperación de las angustias, de la tristeza agónica, para imponer la autoridad, la personalidad de sí mismo. Aunque sea “la memoria de infancias lejanas se limita a ser mera arqueología del dolor presente

“Porque sólo hoy acepto lo que en Roma no conseguí comunicar a Ricardo, lo que sólo Livio supo: que ningún cuerpo vale lo que una fantasía, ninguna ciudad lo que su literatura, ningún amor lo que la idea del amor”

Una joya literaria, insisto. Una obra fundamental para concebir la genialidad de Terenci Moix. Ahí está el germen, la causa, de su alma de niño, de dejar de llamarse Ramón y ser Terenci, la pasión por Egipto y por el cine… “Y, al comprobar que, a los veinticuatro años, continuaba dependiendo de aquellos fetiches, entendí hasta qué punto las imágenes que conmovieron nuestra infancia se convierten en perversas alcahuetas de nuestros deseos futuros” Un libro que impacta, por su narración, por la hondura de su reflexión y emoción; más en su final extraordinario, sentido, desgarrador, conmovedor… insuperable. Imprescindible.


“Cuando las obras humanas se revelan tan efímeras, cuando las ideas huyen con el viento y el amor sólo es un asesinato perpetuamente renovado; cuando se sabe, por fin, que todo en el mundo es locura, todavía hay dos cosas que exigen un respeto. Los pavorosos abismos de un alma en soledad y la infinita misericordia de los sueños”

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