Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



jueves, 4 de agosto de 2016

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Calle de las Tiendas Oscuras" de Patrick Modiano

“Yo había vivido mi vida y no era sino un fantasma que flotaba en el aire tibio de un sábado por la noche”



Repito con Patrick Modiano en este libro de título tan sugerente, “Calle de las Tiendas Oscuras” (Anagrama, 2009) Una historia bella e inclasificable del Nobel de Literatura en 2014 sobre el peligro de la memoria y el riesgo de reconstruir el pasado. Una historia, del mismo modo, con la que ganó en 1978 el prestigioso Premio Goncourt, y en la que, aunque no se dé por hecho, es una original novela negra que recuerda, y mucho, a clásicos del género, especialmente a S.D. Hammett (“El halcón maltés”). Cierto que cuando decidí leer la novela, lo hice ya no solo con el debido respeto y admiración hacia el autor, sino con la mentalidad y el ánimo contrarios a una de esas obras estructuradas en principio-nudo-desenlace, es decir, cerrada, ordenada, pues no hubiera disfrutado en esta de su disposición abierta, de acuerdo que caótica, pero en la que lo importante no es por cómo está escrita, sino su mensaje, en lo que nos trasmite.

El mensaje. A mí, personalmente, me ha infundido la incertidumbre ante una exigencia muy humana, la que surge una o varias las veces a lo largo de la existencia de todos, y por la que intentamos encuadrar o acomodar ciertos cambios a nuestra naturaleza, a nuestro contexto, en la necesidad o ante el temor de salvaguardar nuestra personalidad en la desintegración de los cambios, de las nuevas perspectivas que toman o deben tomar el rumbo de la vida. De ahí la necesidad de buscar en el pasado el asidero, el quiénes somos, para que nos permita construir un futuro con mayores garantías. Y es que, al igual que el protagonista de la novela, no se trata de construir un pasado que no se recuerda o que resulta innecesario, sino de hacerse un futuro; aun cuando en uno u otro caso, en el pasado o en el futuro, atendamos a un ente o yo distinto o diferente y de circunstancias imprevisibles… Resulta difícil, muy difícil de explicar; pero es esta, creo, la intención del libro, dentro de ese límite impreciso de la memoria y el olvido, la perplejidad ante lo que solo el arte, como cuando observamos un cuadro, o una película de Jean-Luc Godard, puede, y de manera íntima, sorprendernos o acuciarnos. Arduo.

Al fin y al cabo, si nos fuera concedida la posibilidad de recordar todo aquello que hemos olvidado, ¿es tan seguro que aceptar fuera la opción más conveniente? Los buenos momentos olvidados que podríamos revivir, ¿compensarían aquellos olvidos que por nada del mundo quisiéramos recordar? ¿Estaríamos tan seguros de la integridad del ovillo como para tirar despreocupadamente del hilo?

Disquisiciones aparte, en esta novela…

“Guy Roland es un hombre sin pasado y sin memoria. Ni siquiera su nombre le pertenece. Ha trabajado durante ocho años en la agencia de detectives del barón Constantin von Hutte, que acaba de jubilarse, y emprende ahora, en esta novela de misterio en la que el buscador es lo buscado, un apasionante viaje al pasado tras la pista de su propia identidad perdida. Paso a paso Guy Roland va a reconstruir el puzzle de su historia incierta, cuyas piezas se dispersan más allá de París, desde Bora Bora, pasando por New York, hasta Vichy o Roma, y cuyos testigos habitan un París que muestra las heridas de su historia reciente. Una novela que nos sitúa ante un yo evanescente, un espectro que trata de volverse corpóreo en un viaje de retorno a un tiempo olvidado. Pero esta búsqueda es también una poderosa reflexión sobre los mecanismos de la ficción, y Calle de las tiendas oscuras es una novela sobre la fragilidad de la memoria que, sin duda, perdurará en el recuerdo”.

Modiano en estado puro. El autor francés de prosa propia, concisa, luminosa, definida a pesar de su fragmentación en capítulos cortos. Una narrativa de planos cinematográficos, en blanco y negro, de matices sombríos, sin aparatos descriptivos, solo las breves pinceladas de los escenarios urbanos, de los entramados por los que discurre la búsqueda; dejando e incitando a que el propio lector, al que envuelve en la misma atmósfera melancólica de los personajes, sea el verdadero protagonista del desarrollo de la trama, de la intriga. La primera frase de la novela es una declaración sincera de intenciones, nada es azaroso en ella: “No soy nada. Sólo una silueta clara, aquella noche, en la terraza de un café”. La confusión irresuelta:

Había dejado caer la cabeza en mi hombro y el pelo rubio me acariciaba el cuello. Llevaba un perfume con un toque especiado que me recordaba algo. Pero ¿qué?

Indudablemente es aquí donde el autor saca “el conejo de la chistera”, pues con estas páginas es más relevante lo que no se escribe que la mera apariencia. Además, la pericia en hacer del desconcierto de sus protagonistas, un derroche de sencillez esquemática. Y todo, reitero, en torno a una narrativa desprendida, ejecutada por y para el lector, para que sea éste quien deslíe la madeja; para que sea éste quien, a pesar de las situaciones irresueltas, darle el significado o dilucidación concreta. Y de este modo aparecemos nosotros, sí, los lectores, en el propio relato, como uno más de todos los recuerdos, en la búsqueda inexorable de la memoria o del olvido.
Ayer por la noche, al recorrer estas calles, sabía perfectamente que eran las mismas de antes y no las reconocía. Los edificios no habían cambiado, ni la anchura de las aceras, pero, en aquella época, la luz era diferente y había algo distinto que flotaba en el aire…” Nosotros, recorriendo las tardes, las noches de un Paris zozobrado tras la postguerra, de luces tenues, oníricas, de bares y calles oscuras, de intrincados laberintos psicológicos por estrechos callejones, donde su solución es tan sencilla, al contrario del suspense negro, que incomprensiblemente no se quiere acometer; quizás por un sentirse cómodo en ese mismo recorrido claustrofóbico, en ese camino sin rumbo, de pistas falsas, para evitar enfrentarse a lo que sea, al final que lo dirime todo; quizás a ese temor, una vez resuelto el rompecabezas argumental, de no ser quien se debería ser.

“No podía por menos de mirar la portada de la revista. Denise parecía algo más joven que en las fotos que ya tenía (...). Al fondo de una de las habitaciones, divisaba un armario de madera oscura”

“Calle de las Tiendas Oscuras” es una novela original que no conduce a nada, que no tiene rumbo, y porque enlaza con todas las direcciones, con todas las que el lector quiera emprender. El pasado del protagonista que nunca llega a resolverse y porque ignora qué futuro desea tener. A mi entender, un aspecto existencialista, propio a todos nosotros, dechado de una melancolía hermosa sobre el quiénes somos y a dónde queremos llegar en los márgenes de la memoria y del olvido. Insistiré con Patrick Modiano, indiscutible.


“Un niño jugaba solo, tranquilamente, delante del montón de arena, en aquella tarde soleada que estaba acabando. Me senté cerca del césped y alcé la cabeza hacia el edificio, preguntándome si las ventanas de Gay Orlow no darían de este lado”.

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