Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



jueves, 22 de septiembre de 2016

A LA ESPERA DEL OTOÑO



Alameda del Barrio San Francisco, Ronda. Anoche. En la víspera del equinoccio de otoño. Sorpresa. Y miedo. Creí encontrarme, otra vez, en una de mis historias cuando vi al gato reclinado en el poyete; este, con la languidez con la que ya se despedían a los días, volvió su cabeza hacia mí y a mi sobrecogida expectación, vigorosa la tensión de sus tendones y los flujos en el pelaje terso con algún que otro errático destello provocado por unos retraídos faroles. En un primer momento, con el gato atento en la plaza, concentrado en el agujero negro abierto en la Puerta de Almocábar, temí a su sonrisa clandestina, la del minino de Cheshire, el animal del cuento “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carroll y el mismo protagonista de la “Pata de Oca”, segunda de mis “Aventuras subterráneas”. https://fjcalv.blogspot.com.es/2015/12/aventuras-subterraneas-ii-la-pata-de-oca.html Al girarse, el gato no sonreía, tampoco maullaba, pero abrió la comunicación con mi inconsciente o era tan desvariado este como para que así me pareciera.

“¿Qué haces aquí, gato?”, dije o le dije, en la simulación de un valor que no podía sostener por el temblor involuntario de mis párpados, en las manos que ocultaba a mis espaldas. No respondió en la suerte que sea, concreta, telepática o idealizada, así que insistí: “¿Qué haces aquí, tan callado, expectante, con esa mirada desconfiada pero serena, a qué esperas o a lo mejor es que me esperabas a mí?” Esta vez respondió: “A nada ni a nadie espero, y menos a ti, salvo al carácter de este otoño que llega, cerciorarme de la idoneidad de este recogido intermedio en el paso del verano al invierno”. Sonreí al ronroneo con suspicacia, y cuando atañía a la circunstancia en grado máximo. No obstante, no supe por qué, accedí a la guasa, desvarío o a esa magia tratándose de quien era o lo que era, como un efecto de la diosa egipcia Bastet, aquella diosa con cabeza de gato. No me dejó declarar mi pensamiento, mi pensamiento divertido, para gemir de esta manera: “En todo caso soy Vertumno…” Cavilé, asombrosamente en el hilo de mi anterior reflexión atajada, en que más que de criatura de la noche, concernía al otoño, en una metáfora del cambio, del transcurso de las estaciones. De hecho, a la deidad romana y etrusca se le atribuía el don de transformarse en todas las formas o cosas que quisiese… incluso en un minino. A lo cual admitía de mi fe con pocas fisuras en ese espejismo o delirio. “Esperas al otoño, entonces” No me respondió de inmediato, recuperó su atención en la alameda, en la puerta de la muralla, para expresar desde una luz antigua abriéndose en las inmensas cavernas oscuras de sus ojos al volverse a mí de nuevo:

“Espero al otoño. Y vigilo la duración de los albores, el claror del alba y el incendio del crepúsculo, la mengua del día o la persistencia de la noche; esta que suele ser tan lasa, de sueño muy profundo, la que pierde cualquier consciencia por dar paso al retardo cromático del amanecer; a lo mejor debido a las legañas de la madrugada, de velos que velan la realidad, que la distorsionan, la difuminan en rocíos y humedades cristalinas. Vigilo y mido la magnitud de las sombras, las que ahora tienen que ser más alargadas, más recortadas, más sólidas incluso, las que tienen que encerrar, enterrar los secretos o las memorias hoy incómodas. Permitir la posibilidad, negada a nosotros por la diversidad de nuestras siete vidas, la oportunidad a despojarse de lo innecesario, a que cada uno de vosotros os desnudéis de las hojas pasadas de un calendario animoso, ligero, del verano, y para dar paso a lo nuevo, como ese inquieto cosquilleo de los amantes que se enamoran sin que jamás imaginaran que podían volver a hacerlo”.

Sentí entonces la consistencia del silencio, recogido, amable, no desapacible, ni hiriente, ni preámbulo al dolor de la soledad de este lapso de caducidad que en verano se escabullía con rigores de procedencia inesperada y suspirada. De aquella soledad que hacía de la espera un juego del escondite donde no tienes que buscar a nadie, sino solo a uno mismo, pues solo uno puede descubrirse en las retiradas de las mascaradas de lo cotidiano. Sacudí la cabeza, y ni siquiera así logré desprenderme de cábalas que succionaban mi sangre, la savia de ciertos ensueños. El animal tenía el color de las mieses del estío, con las tonalidades trémulas que la misma brisa juguetona hurgaba en las espigas, inclinándolas y enderezándolas a su paso, pero con las mudanzas de la estación reflejadas en las pupilas cortadas por una luna negra en el azur oscuro de un cielo curvo como la bola de una nigromante.

“Llega el otoño”, reiteró el animal con el dejo de la misma nostalgia por las causas desgarradas, terminadas. “¿Por dónde viene el otoñó?”, interpelé con el sufrimiento de la mía, de mi propia añoranza. “Ya han llegado los ojeadores, la avanzadilla otoñal con sus más jóvenes e intrépidos elementos, en la primera lección o escarceo de atemperar su arrojo en la tranquilidad de lo contemplativo, la serenidad de las detenciones. ¿Los ves? Míralos, en la orla blanca de la luz de esas farolas, en la humedad flébil de los guijarros grises, copiosa en las losas de mármol, resinosa en las cortezas oscuras de esos árboles… Luego, pronto, un viento fresco entrará por la Puerta de Almocábar, impetuoso, fatuo, y asentará su potestad hasta buscar la inmortalidad en los hielos, en las heladas, las “pelúas” de las madrugadas. Y consentirá en la festividad de este Barrio, antes o después, algún calorcillo grato, sofocante durante el día, un último estertor del estío en este escaparate del veranillo del membrillo para entregarse inmediatamente solícito al recogimiento, a la madurez, al invierno”

Llega el otoño. Y percibí que ya había llegado a los sentidos de mis recuerdos. Alameda de mi Barrio. En la mayoría de las ocasiones, entreví, tras la necesidad y la aceptación de que para introducir algo nuevo resulta necesario desprenderse de cuanto ya quedó viejo, solo el vacío puede llenarse, este ritual obligado de desnudar el alma, o el contenido de los plazos, se hace a través de gestos, renuncias o inercias inconscientes; como a través de un suspiro, con una expiración resonante, involuntaria, por donde salen para unirse a la danza arbitraria de las corrientes, aires que de igual manera aún no saben cómo modular su naturaleza o su criterio. Antes disfrutaba más del comienzo del otoño, pues pronto esbozaba, mezclaba, jugaba con los colores vibrantes en esa paleta de ocres, pajizos y verdores del lecho de hojas que en su caída unían los cielos con la tierra, la predestinación de los espacios en este paréntesis estacional, en la pausa necesaria para que, inexcusablemente, la vida siga fluyendo con otra modulación, con otra mira o esperanza.

“Pero estas fechas llegan ya tarde, gato, más achicado se ha hecho el otoño, postergado a las puertas de los santos y de los muertos, confundido con los otros fuegos de los que solo viven si se les recuerda o con plegarias a los que se les invoca, en la metáfora de las nuevas teas que tienen que guiar las existencias por la oscuridad de estos tiempos inciertos. Atrás, en las tardes recluidas, tal vez sentado en estos mismos poyetes, a esa hora de fuga del atardecer y en la que la melancolía se hacía buena compañía de intimidades y aventuras, desglosando la partitura de los chorros de agua de la fuente de San Francisco, que por cierto este santo varón fue investido entre otros patrón de los tuyos, de los gatos, surtidores que en el momento resuenan más o más atención se les presta a la sazón a estos, como mandalas dinámicos, vivos, del ensimismamiento trascendente o de esa parte de nosotros mismos a la que acostumbramos a despojar de la importancia que merece. Instantes tal vez bucólicos en los que el tiempo es una irrealidad como las quimeras que aparecían en las densas y volubles nubes del cielo, como la levedad de la infancia o la del bajo humor y hedor que emergían de las candelas de ciscos en la calle, al pie de zaguanes francos y acogedores”


Me pareció que el felino asentía a mi introversión anterior doblando una de sus puntiagudas orejas. “Quédate aquí conmigo a esperar el otoño”. El gato en verdad no dijo nada, ni ronroneó, ni gimió siquiera; pero yo entendí lo que dijo, y ni entonces ni ahora me preocupó descifrar, por otro lado y de haberse producido, la inflexión de su maúllo. Al fin y al cabo era el otoño que musitaba, abriéndose paso desde la Puerta de Almocábar. La llegada del otoño que ahora escribo, tras ver esta tarde, concretamente a las 16:21 de este 22 de septiembre, esta foto realizada anoche. Bienvenido, Otoño, para mí siempre será un placer escribirte, acogerte.

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