Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



lunes, 7 de noviembre de 2016

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "La carne" de Rosa Montero

“El amor hacía y deshacía la Historia, movilizaba las voluntades, desordenaba el mundo”



Rosa Montero es una magnífica novelista, y a estas alturas, haga lo que haga, siempre será una garantía de buen hacer literario, de entretenimiento y reflexión. “La carne” (Alfaguara, 2016) no es una excepción, al contrario, es una buena e intimista novela donde el oficio de la autora se hace indeleble, memorable, lo cual podría valorarse como la mayor virtud reconocida a un escritor o escritora. Ratifico. Y admiro. “La carne” es un libro, no solo por sus 240 páginas, que se lee en un suspiro; y en el que la intriga, la reflexión y la literatura concretan los mimbres, junto a un abanico de emociones (miedo, tensión, ternura, escepticismo, comprensión, prejuicios, humor…), con los que Montero entreteje un cuerpo narrativo equilibrado que rezuma un grito vital acerca de la vejez o del fin, del amor o de su necesidad, y por qué no de esperanza. Una novela en la que el lector va a encontrar muchísimo más a cuanto indica su sinopsis que ahora sigue:

“Una noche de ópera, Soledad contrata a un gigoló para que la acompañe a la función y así poder dar celos a un examante. Pero un suceso violento e imprevisto lo complica todo y marca el inicio de una relación inquietante, volcánica y tal vez peligrosa. Ella tiene sesenta años; el gigoló, treinta y dos.
Desde el humor, pero también desde la rabia y la desesperación de quien se rebela contra los estragos del tiempo, el relato de la vida de Soledad se entreteje con las historias de los escritores malditos de la exposición que está organizando para la Biblioteca Nacional.
‘La carne’ es una novela audaz y sorprendente, la más libre y personal de las que ha escrito Rosa Montero. Una intriga emocional que nos habla del paso del tiempo, del miedo a la muerte, del fracaso pero también de la esperanza, de la necesidad de amar y de la gloriosa tiranía del sexo, de la vida entendida como un lance fugaz en el que devorar o ser devorado.”

La carne está triste y ya he leído todos los libros” Este verso en el comienzo del poema “Brise Marine” de Mallarmé y que Rosa Montero recoge al final de “La carne”, puede, o de suponer, considerarse el embrión, el cimiento con el que erigió este edificio literario en torno, justamente, de la “carne”, del sexo, manifiesto y recíproco, ejercitado y deseado; y el adjetivo “triste” de Mallarmé tenga quizás su probable traslación en “La Carne” de Montero dentro del sino de la vejez o en el ansioso desasosiego de lo que una vez fue, de lo que todavía, y a pesar del tiempo, es posible, y quizás luego, o ya, no lo es ni lo será. Ni mucho menos, por otro lado, es un libro en el que “la carne”, el sexo, sea en exclusividad el leit motiv de su historia, no es una historia frívola, ni lo es tampoco de un dramatismo vehemente o anhelante sobre la senectud y su prejuicio por una sociedad injusta o insolidaria. Un relato intimista, de hondo realismo, que hace reflexionar, también reír, (la propia autora se ríe de sí misma y a la que se hace aparecer en sus propias páginas, en un curioso cameo junto al personaje cardinal, Soledad), e instructiva por las tildes y referencias literarias, principalmente en esa parte argumental referida al proyecto de exposición o galería con la que la protagonista, Soledad, en su trabajo de comisario de arte de la Biblioteca Nacional, se dispone a realizar sobre escritores malditos (de excéntricos los califica otro personaje, odioso). Y ahí aparecen Philip K. Dick, Guy de Maupassant, María Lejárraga, Pedro Luis de Gálvez, María Luisa Bombal o María Carolina Geel, presentando aspectos biográficos de estos escritores renombrados que vieron torcidos sus destinos por acción antojadiza de éste o por una decisión desacertada de ellos. Todos salvo uno, Josefina Aznárez, escritora inventada e incluida en esa galería de malditos por Rosa Montero.

“—Ser maldito es saber que tu discurso no puede tener eco, porque no hay oídos que lleguen a entenderte. En esto se parece a la locura —soltó de repente Soledad—. Ser maldito es no coincidir con tu tiempo, con tu clase, con tu entorno, con tu lengua, con la cultura a la que se supone que perteneces. Ser maldito es desear ser como los demás pero no poder. Y querer que te quieran pero sólo producir miedo o quizá risa. Ser maldito es no soportar la vida y sobre todo no soportarte a ti mismo”

No es fácil escribir una obra como esta, y lo es más cuando se escribe con ese viso de ligereza encaminado para que al lector le resulte así de sencillo lo que es tan difícil por naturaleza. Muy hábil hacer de un tema penetrante, arduo por sus sutiles ramificaciones, una reflexión y una trama franca, cautivadora y llana.
He ahí pues el gran oficio de Rosa Montero en esta novela (en todas): en el ritmo propio, en la caracterización de sus personajes a quienes desnuda e incluso vuelve de revés, en las reflexiones o pensamientos profundos, en las alusiones literarias o sobre la literatura, en las emociones, en la construcción de un argumento sincero que engancha, aquel suspiro, desde la primera hasta su última página; y todo hilvanado con una prosa impecable, diáfana, donde no falta nada y porque se recoge todo o todo lo que es necesario recoger o abarcar para hacer asequible el relato, creíble la historia. Gran narrativa. Manejo magistral de la simplicidad. Rosa Montero mantiene una expectación viva en sus diversas gradaciones; al igual que un suspense policiaco que no tiene en el crimen, o en la investigación del crimen, sino en el amor su factor básico. El amor recíproco, o que debe ser mutuo y no personal o unidireccional, ya que cuando solo es el deseo de uno no es amor, es expectación, y sufrimiento, y resignación; más al estar personificado en Soledad, por su soledad, “Ella estaba sola, vieja y desesperada”, por el miedo atroz a la vejez y cuando ya ha atravesado el escalón físico de esta, y la cruel incertidumbre por no amar jamás y no ser amada.

“Fracasar en el amor desataba el apocalipsis. Las rupturas sentimentales no se limitaban a reventarte el corazón: su onda expansiva debía de llegar hasta la base misma de tu personalidad, porque además te destruían el mundo”

Y no voy a decir más y porque ella, Rosa Montero, así lo deja dicho en los agradecimientos del libro: dejad que descubran la novela. Una excelente novela que empieza de esta manera en la que termina mi reseña:  


“La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir”

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