Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



lunes, 27 de febrero de 2017

IMÁGENES CON LETRA: "Invierno 24"

“Un puente de amor, de amor blanco, como las risas de las niñas jugando en la nieve” Y con el primer apremio de cruzar el puente que comunicaba lo corriente de lo extraordinario, la metáfora derramada en la calle Benarrabá, su hito, su bello paso elevado de un margen a otro de la fila de casas, “Uelilla”, la primera nota musical de la canción de mi niñez, o el tercer acorde, continúe mi peregrinar por las calles de mi Barrio. Vagar, desde la dimensión mística, anímica, de la realidad madura de las travesías, despojando la anterior comparación, esa de como si se limpiara una vieja melodía de su ruido de fondo, del paso y degradación de los tiempos, de las desafinaciones de las costumbres, de las rutinas, como esas rodadas de los coches por la nevada, dejando a su paso un rastro compacto y sucio, pero de húmeda y nítida sutileza; aunque insistiendo, por de contado, en los mismos surcos equidistantes, las paralelas, tal si se trataran de uno de los contextos que tenía que trascender para recuperar un pasado en el que vivir no se entendía, ni acuciaba, por subsistir. Vida. Anhelaba una ráfaga de vida para deleitarme, sin frenos ni prejuicios, de este mundo frío y blanco.

Así que dilaté este “mito geográfico”, borgiano, por las calles llenas de vivencias de mi Barrio; tampoco importaba que “a la espera de una poetización”, si bien los versos orientaban a significados, o en literaturas a las emociones, a las sensaciones despiertas por las evocaciones más sinceras, letras a la música que rebuscaba; como si cantara a una mujer especial, a una amiga que jamás traiciona y regaña un consuelo, un afecto, un beso, un calor reconfortante, a una musa que despierta la magia del interior, como este poema de Ángel González que llegó para quedarse en esta cavilación y postal:

Las calles de la ciudad son láminas de hielo.
Las ramas de los árboles están envueltas en fundas de hielo.
Las estrellas tan altas son destellos de hielo.
Helado está también mi corazón,
pero no fue en invierno.
Mi amiga,
mi dulce amiga,
aquella que me amaba,
me dice que ha dejado de quererme.
No recuerdo un invierno tan frío como éste.

Caminé por los senderos de mi imaginación, consciente, o por ese otro espejo de mi Barrio, y me alejé de esta cuadrícula de calles que desaguan su virtud en la Alameda de San Francisco, tan armónicas, tan previsibles, tan sugerentes de pasos que hollaban la leyenda en el diario. Busqué y transité por las otras callejas que torcían los destinos del arrabal, las que profundizaban en sus trances sin salida, o de entrada a lo inaprensible de la naturaleza, o a los vacíos creativos como ya escribí, por ejemplo, con la Calle Prado en su rutilar hacia el Tajo.

Calle Salvador Marín Carrasco. La callejuela que no se identifica con su rótulo, con todos mis respetos al ínclito y sencillo Salvador y a quien conocí lo suficiente como para entender que su “hazaña” en una guerra fratricida, en la que se vio arrastrado, la que no le concernía y bastante tuvo con salvar su pellejo, le sobrepasaba como le pesaba la medalla en todos los desfiles militares posteriores a los que era invitado y honorario. Guerra Civil en la que Salvador se vio obligado a batallar en su absurdo, empujado por un lance inesperado, la recuperación de una bandera, de un trapo de los que fueron vencedores, y que le granjeó la distinción militar y un provecho económico y en absoluto por ello se sintió fatuo; todo por su voluntad de hacer las cosas bien, siempre, “como había que realizarlas”, así en el campo como en la batalla y adonde se le instara, con solicitud y acatamiento y por mucho que no le gustara la guerra y el matarse entre hermanos y a lo que del mismo modo quizás para él fuera segar con la hoz o coger las aceitunas del suelo. De Salvador Marín recuerdo su planta ausente, huraña, hierática, con gorra y bastón, sentado en uno de los poyetes de la Alameda, luego en una silla de ruedas, en la esquina de la tienda de Perico y el bar El Cafelillo, siempre masticando una heroicidad de la que no terminaba con extraer o experimentar su sabor. La calle, su calle en una extensión civil de la condecoración militar, (dogmas de la dictadura), la que siempre será para el acervo inconsciente y colectivo de los ceporreros, del Barrio, Miraflores. Un nombre inspirador pero del que ignoro su alusión, aun así me encanta por su resonancia y romanticismo.

Calle Miraflores.

Y me detuve arriba, en su intersección, o en su arranque desde calle Prado. La vía pública que bajaba, no la que subía, la que se dirigía al campo, a las antiguas mieses, al sinuoso manto nevado y a un cielo de cromatismo nostálgico y sosegado. La calle que personificaba la alegoría del fondo de cualquier situación, la que mostraba la posibilidad del milagro, de la reacción, de la fuerza, de la voluntad, de la perseverancia, de la insistencia, de la fe, del optimismo, de la bondad, de concretar o escenificar en su caída breve mas sobresaliente, de que una vez tocado fondo, en la circunstancia o pormenor que sea, mayor en la contrariedad, solo restaba salir de este; o, dado el numinoso pasaje, perseverar en el abandono de lo rutinario, no una huida, y dejarse llevar, entregarse a la libertad del entorno natural.

Y ahí que se presentó la primera señal, el primer arcano de la música de mi infancia, los que prescribían la sujeción arraigada a la cotidianeidad para recuperar la memoria desnuda y su hecho, que no accidente, venciendo el tiempo y a los estadios de la carcoma de los hábitos, la que horadaba incesante y eficiente la integridad de la magia de los ensueños y las sugestiones. A esta primera pista y declaración, entonces, las rodadas en la calle, las paralelas que acuchillaban el lecho de nieve, las que contravenían las formas rectas, las líneas planas, tirantes, estrictas, por sus curvas, el espíritu de la geometría, de la geometría urbana, torcidas a pautas, a cánones, a patrones inflexibles, encauzadas no según la direccionalidad matemática del universo de la calle, no, sino al interior de las casas, de los hogares, de sus propias intimidades.

Un maestro del paisaje, Henry David Thoreau, subrayó mi impresión, mi certera conmoción por la validez de esta nueva, e indispensable, ayuda en mi búsqueda, o en uno de sus énfasis al que aferrarme con garantías, la belleza presente cogida de la mano de una escena del invierno ruso:

Es la nieve y las bajas temperaturas las que, paradójicamente, nos recuerdan que también hay un refugio cálido en nuestro interior. Caminar no es fuga. Uno camina como respira. El cuerpo se hace consciente de sus pulsaciones, y la mente vuelve a convertirse en mirada. No hay destino sino distancia


Y allí, en el preámbulo de Miraflores, con respecto a unas hendeduras como railes de trenes en la nevada, comprendí, y ahora tenía que asumir, cómo para superar las particularidades de lo acostumbrado, de la anodina monotonía, tenía que hacerse, hacerlo, en el refugio cálido de mi interior. En aquel lugar continuaba el camino, la mirada especular en las calles del Barrio, acompasado a los latidos de mi corazón, de mi corazón de niño. El niño que jamás huía y, como las risas de las chicas en sus recreos en la nieve, emplazaban distancias a las exigencias de un destino enmascarado de hombre tenebroso y adverso. INVIERNO 24. Calle Salvador Marín Carrasco (Miraflores). Barrio San Francisco. Ronda.


(C)F.J. Calvente.


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