Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 11 de marzo de 2017

IMÁGENES CON LETRA: "Ensayo de primavera"

Revelaciones inesperadas a pie de calle, saltadas las legañas de la noche por albores que con mayor frecuencia explosionan en destellos cegadores. No sin cierta inquietud, lo habitual en esto del subsistir, abres los ojos a cuanto reportará el día con su extraño ánimo de temperaturas incoherentes, de una luz que decide, con indolencia, desprenderse del rigor blanco por una sutilidad dorada que irá madurando como las mieses, con sus haces menos oblicuos, resueltos, sombras relegadas en la precisión de las rectas, más directos, como las decisiones postergadas que entonces encuentran su valor de intentarse. No vas a ser tú quien anteponga un pero o una excepción a estos días de invierno que no le pertenecen y que lo evocarán, de manera insólita, cuando se produzca, pronto, el relevo estacional. La primavera que espera. Y delibera. Acaso la única estación que antes de ser exige seguridad: un planteamiento serio, un guión desarrollado, esgrimido, un argumento solvente y previo para abrir su abrazo y acaparar cualquier resurgimiento; consumar los ensueños y los anuncios del color, los rotulos luminosos de la diversidad, de las posibilidades y de los denuedos palpitantes. Ensayos. Inquiere ensayos, anteriores, aquí, en el invierno, por unos días, más cercanos que lejanos, para que todo esté dispuesto dentro de unas semanas, arreglado, un hecho el traspaso, con garantías, amarrado y consensuado. Invierno, terminas hoy; me toca ser primavera. Nada queda para la improvisación, o en el deseo seguro e inasible de cuanto tenga que ocurrir sin necesidad de procurarlo, ni siquiera advertirlo. Entre estas vacilaciones cada año el otoño se desdibuja en memorias de otra estación y absorciones de esta, cruda e imponente. Ensayos que tras unos pocos pasos en la calle, atrás el recogimiento domiciliario, ves y asientes según la indiferente normalidad de lo que tiene que acontecer, y sucede, y sin más los otros pasos, y las otras atenciones, puestas en digerir la rutina de los tiempos. Tradición. Ensayos sorprendentes, sin embargo, publicados donde guardan su secreto hasta que ya es demasiado tarde para desentrañarlo,  permitiendo su asunción, con fe, sin mirar atrás, ni arriba con curiosidad, y, de acuerdo a las circunstancias personales, disfrutarlo o admirarlo: en el cielo. El cielo de azules intensos, profundos, generosos con las emociones, fraternos de alientos, de principios adecuados para el arte, escrito o pintado, desprevenido en una de las conspiraciones del universo. En un solaz descuido descubres en él los esbozos vaporosos, de pincel inseguro por la rapidez de los bosquejos, curvos, deshilachados, rasos y fluctuantes; apuntes, los garabatos inarticulados, en la confusión inocente de la realidad, palabras sueltas, ilegibles, inescrutables, tan etéreas que en su fugacidad parecen expresar algo y a continuación otro sentido distinto. Los trazos livianos de unas ráfagas de nubes descubiertas en sus ensayos de primavera, los borradores del contrato, las cláusulas exigidas para la transmisión de poderes estacionales. Después abrirá sus puertas a la imaginación. La escritura de estos ensayos. La poetización de una literatura que de conocer su significado, llamaríamos a Dios con nuestro nombre. 

© F.J. Calvente.




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