Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



miércoles, 8 de marzo de 2017

IMÁGENES CON LETRA: "Invierno 30"

“Esperadme niños, tengo que despedirme. En este momento, no en otro. Imaginaba cruzar la alameda y paradme en su ruedo, con los visos de la inspiración puestos en la calle, en el espejismo blanco de mi calle, San Francisco de Asís. Sonreían los inquilinos de una de sus esquinas. Niños, enseguida vuelvo.” Y aquí estoy, de nuevo, siempre, en el mito de mi eterno retorno. Puedo alejarme las ocasiones que sean, las veces, con las distancias que se me impongan o me imponga, ni abrumado por “inmortales distancias”; más o menos con la intensidad sostenida, o insoportable, del pellizco adentro por la melancolía, el hormigueo del vacío, por el silencio que antes ocupaba una melodía infantil y venturosa, distanciarme más o menos con ausencia, con distancia, con recuerdo… para más pronto que tarde regresar a mi casa, a mi espacio, a mi calle, a mi Barrio.

La imaginación dentro de la imaginación de una evocación: la promesa del solitario que en su periplo por las calles del Barrio, a la búsqueda de esa música del ayer, la canción de tres acordes, encontraba su culmen aquí, su principio y fin, a través de estos menesterosos relatos, letras en el reverso de unas postales de invierno; escritos con premura ya que temía el reanudar lento del tren de la existencia y, distraído de su marcha, no cogerlo, dejarlo ir, quizás para siempre; detenido en andenes desiertos, al atardecer de cielos desgarrados por el incendio de las expectativas incumplidas del día, de las estaciones, a la tenue luz del otoño de una farola con su medido runruneo eléctrico y abatido de revoloteos de los insectos, con la espalda y una planta de mi pie apoyados en el frío hierro fundido del espigado fanal, o si el cansancio apretaba, sentado en “el fácil sosiego” de un destartalado banco, con un rabillo del ojo puesto en el tren, en la fantasmagoría del vapor, como un vaporoso delantal de esperas que ocultaba las roderas en la nieve, los raíles de escarcha, y el resto de la mirada en el bolígrafo Bic negro garabateando en una pequeña agenda de tapas negras, acuchillada por algún insufrible encono de desesperación, de lucha contra la resignación, de hojas que amarilleaban al corresponder su calendario a un año pasado y casi olvidado, por la intachable blancura de las páginas pertinentes a las semanas, intactas, interesadas, despejadas, de los días en negrita, invariablemente en las esquinas, la virginidad de un tiempo uniforme donde la literatura, o algún apunte voluntarioso, quedó a beneficio de un inventario indolente y anodino. Siquiera, en estos momentos, enfatizaría cierta improvisación de un poema de Jaime Gil de Biedma, la insinuación que dice concernir este día de Enero a:


“… esta imagen
de la lluvia cayendo con rumor de tren,
con olor difuso a carbonilla y campo.
… es un jardín, es una plaza
hundida en la ciudad,
al final de una noche
y la visión en fuga de unos soportales”


Relatos en los intermedios de unas estaciones que solo existirían en los sueños, en los ensueños de este viajante solitario, en los fugaces apeaderos de un tren que comenzó a recorrer con espíritu borgiano unas calles que eran mi entraña, enternecidas de penumbra y ocaso, en el trayecto hacia la última calle que fue la primera, esta, la que contradiciendo al Maestro era entonces ávida, cómoda de turba y ajetreo por la caprichosa nevada, la calle que dejó de ser desganada por la honda visión de su aventura mágica.

Ruedo Alameda, y esta, la Alameda, a mis espaldas. Allí me apeé, en la última parada. La cuadrícula de un universo compendiado en cuatro calles, de esquinas y reencuentros, transversalidades de Gallarda, Buen Jesús, Fuente la Arena, de acogedores zaguanes, yerros, albores de atardeceres y de sombras: Torrejones y San Acacio en los extremos, sencilla y desapercibida Benarrabá o “Uelilla, grandiosa San Francisco de Asís, en el centro del centro del Barrio. Avanzo, sin equipaje, con el ánimo de los anhelos realizados, o con una confianza sin olvidos, tal si anudara en mi dedo corazón el hilo de una búsqueda ahora diáfana, no tan enredada, en el que tras cada tensar, según diversas tildes, por los hechos, por los recuerdos, por el temple, tañía este acorde de dolor, sí, o este otro de respeto, inclusive, o la última de las tres notas en la que el amor se hacía de color blanco. Unos pasos, curiosos, que se paraban y miraban, dichosos, a mi casa, al balcón en el que yo me asomaba, y lo hago, para ver el universo: desde la imagen holística de un agujero negro, a una luna azul sobre el alto tejado de “Las Lamas”, al conejo presuroso o al sombrerero loco de una particular aventura subterránea de Carroll, en todo caso a las baldosas amarillas con las que traspasar, solo me hacía falta desear y asomarme a este, al balcón, el espejo, traer por unos instantes, en unas letras, mucho o nada entendibles, no me importaba, y bastante que lo siento, el mundo de Nunca Jamás, aquí, a este Barrio.

Y luego, de nuevo, me detengo, casi llegando al primer corte colateral de Gallarda, por un gesto de atención, de cortesía, con los inquilinos de la esquina, Alfonso y Miguel Ángel, sonrientes como el gato Cheshire del cuento. La fotografía del recuerdo. Y más que por ellos, admirado, alucinado, por el despliegue de la calle nevada. Esta es una calle sorprendente, dicho sea de paso, que abre su fisonomía conforme a los mismos derroteros de la existencia; es decir, a cómo deben tomarse las expectaciones, las esperanzas, los accidentes o el arbitrio del destino, las posibilidades de ese primer paso para un largo camino, o el trayecto corto de alguna contrariedad, de alguna ilusión perdida o abandonada: Un primer tramo vial, plano, cómodo, diáfano, en su alegoría de los planteamientos sinceros, moderados, concretos, de la voluntad y energía puestos en el comienzo de los trayectos, daba igual si arduos o sencillos, daba igual su dimensión, daba igual si materiales o sutiles; para luego, en un segundo tramo, la suave inclinación, la subida ligera y todavía accesible, la de los contextos abarcables, confiados, aunque ya con los atisbos de la dificultades, en el impulso sinuoso que tiene que ser continuado, alentado; y para terminar en la subida prodigiosa, dificultosa, pesada, grávida, necesaria para ese dolor instructivo en el preámbulo de la satisfacción por culminar la meta, allá, en el Convento San Francisco, la meta de los sueños cumplidos, de las tareas solventadas, de las empresas que con tesón, con ilusión, con pasión, deben terminar bien, con la complacencia del esfuerzo merecido, del sacrificio y de la batalla por el objetivo o quimera. Un icono de la misma existencia.

La meta de los sueños cumplidos, o el último y elevado tramo, difuminado por un vaporoso tul de escarcha. Nevaba, nevaba versos de Vicente Huidobro, de tal manera que gustaba, ¿Quién no lo había hecho?, coger un copo de nieve y lamerlo, a la manera de sorprender un “Invierno para beberlo”, en pequeños y saciados sorbos, como estos:


El invierno ha llegado al llamado de alguien
Y las miradas emigran hacia los calores conocidos
Esta noche el viento arrastra sus chales de viento
Tejed queridos pájaros míos un techo de cantos sobre
las avenidas

Oíd crepitar el arco iris mojado
Bajo el peso de los pájaros se ha plegado

La amargura teme a las intemperies
Pero nos queda un poco de ceniza del ocaso
Golondrinas de mi pecho qué mal hacéis
Sacudiendo siempre ese abanico vegetal

Seducciones de antesala en grado de aguardiente
Alejemos en seguida el coche de las nieves
Bebo lentamente tus miradas de justas calorías

El salón se hincha con el vapor de las bocas
Las miradas congeladas cuelgan de la lámpara
Y hay moscas
Sobre los suspiros petrificados

Los ojos están llenos de un líquido viajero
Y cada ojo tiene un perfume especial
El silencio es una planta que brota al interior
Si el corazón conserva su calefacción igual

Afuera se acerca el coche de las nieves
Trayendo su termómetro de ultratumba
Y me adormezco con el ruido del piano lunar
Cuando se estrujan las nubes y cae la lluvia

Cae
Nieve con gusto a universo
Cae
Nieve que huele a mar

Cae
Nieve perfecta de los violines
Cae
La nieve sobre las mariposas

Cae
Nieve en copos de olores
La nieve en tubo inconsistente

Cae
Nieve a paso de flor
Nieva nieve sobre todos los rincones del tiempo

Simiente de sonido de campanas
Sobre los naufragios más lejanos
Calentad vuestros suspiros en los bolsillos
Que el cielo peina sus nubes antiguas
Siguiendo los gestos de nuestras manos

Lágrimas astrológicas sobre nuestras miserias
Y sobre la cabeza del patriarca guardián del frío
El cielo emblanquece nuestra atmósfera
Entre las palabras heladas a medio camino
Ahora que el patriarca se ha dormido
La nieve se desliza se desliza
se desliza
Desde su barba pulida”


La calle, con sus tramos, pasado, presente y futuro, también: el pasado, o cuanto ya fue, cuanto no hay manera de retomar, de ahí porqué las memorias son planas, resignadas, esclavas de sus condenas; el presente, contextualizado, con un ojo atrás, en lo pretérito, y el otro, entornado, en lo venidero, de ahí que, pensando en uno y en otro, escape, vuele, en fuga permanente; y el futuro, de incertidumbre, de confusión, el sufrimiento por cuál la suerte de la ilusión, la tortura del desconocimiento, de no controlar qué o a cómo seremos. Y mi mirada que sin ver miraba el presente, ajena a las hechizadas sonrisas de los inquilinos de la esquina, más arriba, un poco, junto a unos jóvenes que jugaban, no tan arriba donde una pareja, por el centro de la carrera, osados afrontaban el futuro, el sortilegio de la pronunciada curva de subida entre una bruma de fantasía, el telón de las montañas blancas y los árboles del Convento San Francisco en una celebración, en una bienvenida de una pascua insólita y por ello extraordinaria, allí, en la acera izquierda, inadvertido, el hombre negro y maledicente me daba la espalda. Este no me daba miedo, ninguno, muy seguro estaba de mí, de mi reminiscencia, y confiado en que él también sabía de mi fortaleza, de mi dicha en mi despedida de la calle y en mi continuo tarareo de la canción de mi infancia; por esto me daba la espalda, por esto deseaba pasar inadvertido, esta vez incluso temeroso de que mi efusión lograra desvanecerlo como la nieve lo haría con los primeros rayos del sol. Y aun así podía equivocarme, o a poco que la realidad volviera a hostigarme con su rígido sino.

Adiós mi calle, adiós San Francisco de Asís, tenía que regresar con los niños, pero ahora con una melodía reconocida y sentida, gracias a ti, la del otro niño que una vez fui en este maravilloso escenario. La calle de sus farolas de sublimados hierros, de su luminiscencia ocre, de las ventanas enrejadas, de los portalones de madera, de afables zaguanes que, desgraciadamente, cada vez son más los cerrados, anulados, de sus amables vecinos, de tiendas desaparecidas, de las actuales, bares como propias salas de espera, de mi quiosco con sus lances memorables, juveniles, íntegros, de los juegos (escondite, botella…), de las casas siempre abiertas, de las sillas y las conversaciones al frescor de los crepúsculos de verano, de las noches eternas sin tiempo, la algarabía de la Feria, la solemnidad de Semana Santa, los “encalíos” de Abril, de la soledad cómplice de la noche de Otoño, del paseo con las promesas de este solitario… Gracias.
  
Me marcho con los niños, pero sabes, calle, que siempre vuelvo. No me importa reconocer mi ambición atrevida y querida, acariciada en este último párrafo por una bella alusión borgiana. ¿Cuál?: “Yo soy el único espectador de esta calle, si dejara de verla se moriría” … y yo con ella.

INVIERNO 30. Calle San Francisco de Asís. Barrio San Francisco. Ronda.



© F.J. Calvente.



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