Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 4 de marzo de 2017

IMÁGENES CON LETRA: "Invierno 28"

“Quizás de vuelta a la imaginación en el techo de la Muralla, o al jardín de vida exultante en las sonrisas de unas niñas. La búsqueda tenía que continuar, adelante. Enseguida” … ¿Enseguida? Por supuesto. ¿Qué haces entonces de nuevo ahí, en el torreón de la muralla? Quizás, antes de retomar la búsqueda, tenga que cerrar, aquí, la imaginación imaginada por cierta aventura lenitiva de estas letras. ¿No será una excusa? No, no lo es. ¿Tiemblas? Hace frío, pero tiemblo de espanto, castañeo mis dientes para romper esta ominosa sordina, tan pesada como el vaho de los cementerios, hasta sobrecoge el templo, su lienzo de ecos, callado en la ligera atalaya. Sí, tengo miedo, sigo hospedando miedo; si bien este no va a impedir la decisión, el ánimo, dados por la noche, durante la noche pasada y especular de mi Barrio.

Por demás, no me queda otra opción, otro remedio que cumplir el destino: disolver la imaginación mítica, la heroica por las calles del Barrio; en especial con una, o con una que las reúne a todas y a mí en su esencia, pasada, presente y me empeño en que futura. ¿Sólo? ¿Podías pasar página cobijado en la misma calle y evitar este regreso, la fuga a las alturas, esta pausa en el tarareo de la canción de tu niñez? Supongo que así será, que de tal manera pudiera ser, no voy a engañarme, ahora que sé cómo el tercer acorde de la melodía de mi ayer es el amor. ¿Hay algo más, insisto? Preciso comprobar una visión. La mirada que antes de viajar a la noche me perturbó con su traza desgarradora. ¿Cuál?

El hombre negro y maledicente, al que me pareció ver, acechante, inicuo, quieto, con el poder de introducirse en mi propio sueño imaginado, en el campanario de la Iglesia del Espíritu Santo. ¿Se trataría de un turista? No, era él, y de considerar la realidad del vislumbre, del frío, de la perspectiva, y del silencio encarado. Él. Y por esto, también, he regresado, para comprobarlo y exorcizarlo. ¿Está? No, ahí no está, en el campanario, ni allá donde mi visión imaginaria barre los confines del Barrio. No se halla, ni se presiente.

La Iglesia del Espíritu Santo, la antigua ermita y talismán romano, significada en la blancura ecuménica, con su sobrio renacentismo velado, un amparo del discurrir del Barrio, como un aparatoso faro cuya luminosidad emitía la cantería más allá de lo perceptible, de la leyenda y de los tiempos; y aunque esta casa de Dios no mire a su parroquia con la atención debida, con cierto desdén al orientar su simbólica fachada de un conocimiento perdido, de una ancestral enseñanza, curioso, extraño, hacia la Ronda antigua, con todo, se erige en centinela de las médulas del arrabal bajo, de los vecinos franciscanos que dentro de sus medidas áureas, en su útero primigenio, avalaban su pertenencia a la sacralidad de este terruño extramuros y virtuoso.

No, no constaba el individuo oscuro o el demonio. O no veía, lo único, no entendía. Y pese a su impronta maldita, ausente o inapreciable, más en paz me sentía y más en la paz que envolvía el ambiente en sus múltiples dimensiones e inclinaciones.

Me recordó al silencio que reina en los días más fríos del invierno, cuando duele respirar y todo está en calma.

Acaso a Patrick Rothfuss no le hubiera costado mayor esfuerzo explicar, igualmente, la sensación, mi magia tras aprehender la nota armónica, la última de las tres de una cancioncilla infantil capaz de contener todo el universo. El acorde de amor, de amor blanco, el prodigio que lograba y de hecho apartaba al diablo, al adverso, de mi afán, el de ser otra vez niño; iluminación, el efugio de pasión, de ternura, de emoción… de amor, como los rayos de sol que desgarran el nublado, el fanal que ilumina en la noche cerrada, la lamparilla encendida tras despertar de la pesadilla o del insomnio atormentado, el primer albor o el último, la brasa del cigarrillo tras la despedida de un sentimiento entorpecido o abnegado… Y la luz de primavera que brota en este poema de Miguel Visurraga Sosa, tras un invierno de ídolos caídos:

Adiós con manos de desencantos
a este rocío de invierno frío,
mis ojos recorridos
por caminos prohibidos
se esfumarán con tu huida,
se cerrarán
no te acompañarán
en tu declive.

Mi ser revive
con el rocío tibio de primavera
caminando por jardines de encantos:
con besos tiernos
con amores sin desvaríos,
en tardes quietas,
junto a letras vivas
de armonía
de miel en labios
de oraciones de fidelidad
de recojo en noches de entrega.

Amor de primavera tibia
estabilidad sedentaria,
visibilidad de fantasía
tornándose realidad,
alma en tranquilidad.

Adelante. Enseguida… ¿Ahora? Alguien espera. La inocencia que por la demora envejecía, se acartonaba entre los pliegues de las posibilidades imposibles y se agrietaba hasta convertirse en un polvo glacial, en nieve sucia acumulada en las esquinas colmadas de sombras. El amor blanco necesitaba del calor de la sonrisa para, paradójicamente, congelar su aliento optimista y espontáneo; si por contrario se dejaba hacer al mundo, a los otros, las incisivas rodadas de los trenes de la existencia que recorrían las calles, a las normas o el runruneo de las monotonías, entre todos vulnerarían el alma nevada, la derretirían, dejarían que muriera… Venga, ya era tarde, y alguien espera.
INVIERNO 28. Murallas e Iglesia del Espíritu Santo. Barrio San Francisco. Ronda.


© F.J. Calvente.


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