Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



domingo, 19 de marzo de 2017

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Patria" de Fernando Aramburu

“- Si sufres, ¿cómo vas a olvidar?”



No me extraña que “Patria” (Tusquets, 2016) de Fernando Aramburu sea una de las sensaciones literarias más importantes del último año. Una lectura recomendable, indispensable, para todos los españoles, vascos o no, nacionalistas o no; la que debería incluirse, dado el “caprichoso”, y bajo, nivel actual, en la lista de lecturas obligatorias en las escuelas, ikastolas también, sobre todo, para conocer y comprender, para no olvidar, la verdad de un tiempo. Narración inolvidable. 648 páginas que saben a poco, y eso que a mí, amante de la prosa elaborada y adjetivada, me cueste admitirlo por su simplicidad narrativa y, justo reconocerlo, adecuada al argumento. Una novela que está más allá de su universo de papel, la que remueve la conciencia, la que se siente, la que te deja tocado y hace pensar. El análisis de una memoria, 40 años del llamémosle “conflicto vasco”, a través de un amplio mosaico vital, desgarrado, deshecho por el fascismo, la sinrazón del terrorismo, el fanatismo independentista y la represión. Una sucesión de personajes ficticios, con una base muy real, sometidos a los extremos existenciales: amor-odio, marginación-inclusión, comprensión-incomprensión, resentimiento, olvido, sufrimiento, decepción… arrastrados por el sinsentido de la violencia, de lo separado, de lo exclusivo y excluyente, cerrado, seres rotos que sobreviven para no olvidar, para encontrar una razón, una lógica, un porqué, con los que recomponer los numerosos trozos en que los convirtió un absurdo político, en la exigencia de la concordia y a través de una sola palabra: perdón.

“Es el tributo que se paga para vivir con tranquilidad en el país de los callados”

“El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia? ¿Podrá saber quién fue el encapuchado que un día lluvioso mató a su marido, cuando volvía de su empresa de transportes? Por más que llegue a escondidas, la presencia de Bittori alterará la falsa tranquilidad del pueblo, sobre todo de su vecina Miren, amiga íntima en otro tiempo, y madre de Joxe Mari, un terrorista encarcelado y sospechoso de los peores temores de Bittori. ¿Qué pasó entre esas dos mujeres? ¿Qué ha envenenado la vida de sus hijos y sus maridos tan unidos en el pasado? Con sus desgarros disimulados y sus convicciones inquebrantables, con sus heridas y sus valentías, la historia incandescente de sus vidas antes y después del cráter que fue la muerte del Txato, nos habla de la imposibilidad de olvidar y de la necesidad de perdón en una comunidad rota por el fanatismo político.”

“Su predicción agorera sobre el futuro de Joxe Mari ahora que está en búsqueda y captura: o le explota una bomba mientras la transporta o la manipula, y tenemos funeral con ataúd envuelto en la ikurriña, danza tradicional y el resto del programa folclórico, o lo pillan las fuerzas de seguridad en cualquier momento. Esto último sería lo mejor para todos: para sus víctimas potenciales, que salvarían el pellejo; para sus parientes, porque sabríamos que donde lo van a encerrar no causará daño ni correrá peligro, y para él mismo, que así conocerá la soledad que ayuda a los hombres a volverse serenos y reflexivos”

Literariamente, esta extensa novela no guarda una estructura cronológica lineal, sino emocional, asemejada a la unidad de los cuentos en los que, para crear mayor atención y dinamismo, juega con los tiempos, pasa de tercera persona a segunda, o a primera, y viceversa; juega con los tiempos verbales, de manera genial y atemporal, sin artificios. Un centenar de capítulos cortos y rápidos protagonizados, en tercera persona, por uno de sus personajes, singularizados, en las perspectivas de un caleidoscopio diáfano, honesto; los que retroceden, avanzan, vuelven al pasado, al presente… como si su desarrollo fuese un continuo giro, un continuo movimiento en torno a esos intensos contextos históricos, dramáticos, lo cual permite, reitero, un mayor dinamismo y emoción de los hechos y de sus personajes. Un desorden matizado por sus diferentes aspectos, perfilado con un lenguaje coloquial, con localismos y voces en euskera. Me ha encantado, y asombrado, las interrogantes inesperadas para acentuar o concretar un hecho, sentimiento o descripción; asimismo, las alternativas, no excluyentes, complementarias, las que Aramburu separa con barras y del tipo “presentía/deseaba”, “se indignó/inquietó” … Juegos narrativos que, por su innovación y frescura, son de agradecer.

“-¿Cómo? ¿Tú has tenido ideas políticas? Gorka no puede menos de sonreír. ¡Qué puñetera! Y se defiende: - Cada cinco meses me viene una; pero se me pasa enseguida”

Argumentalmente, esta novela no circunscribe el “conflicto vasco” a los asesinatos y al terror impuestos por la banda terrorista ETA, asimismo a la incomunicación, al ambiente enrarecido y alejado en el que se imbuyó el País Vasco, especialmente en las poblaciones más pequeñas, generando el antagonismo fratricida, el recelo, el enfrentamiento y odio entre vecinos por un fanatismo analfabeto y cruel. Con una concreta semblanza de esos años a través de dos familias, Aramburu traza un perfecto escenario, afectivo y emocionante, entre las dos “aimas” de estas: la mujer de un empresario asesinado al que se le reclamaba el “impuesto revolucionario”, y la madre de un terrorista, en la intriga de una reconciliación de la que no voy a decir nada y por no hacer “espoiler”, y aunque no haya misterio, sino realidad. El retrato de un mundo dividido. Un retrato exhaustivo de detalles, asombrosos, trágicos, tristes: atentados, víctimas y sicarios, familiares de unas y de otros, amenazas, acoso, vacío al que sometía el chantaje ideológico nacionalista, fascista, los escenarios urbanos, erriko tabernas, cárceles, Itxaurrondo, la iglesia farisea pro terrorista, historia, GAL, crímenes reales (Gregorio Ordóñez), amnistía, arrepentimiento…

“- Así me lo dijo. Que no vaya al pueblo para no entorpecer el proceso de paz. Ya lo ves, las víctimas estorban. Nos quieren empujar con la escoba debajo de la alfombra. Que no se nos vea y, si desapareceremos de la vida pública y ellos consiguen sacar a sus presos de la cárcel, pues eso es la paz y todos tan contentos, aquí no ha pasado nada. Dijo que ha llegado el tiempo de que nos
perdonemos los unos a los otros. Y cuando le pregunté a quién tengo yo que pedir perdón, respondió que a nadie, pero que por desgracia yo era parte de un conflicto en el que estaba implicada toda la sociedad, no solo un grupo de ciudadanos, y que no se puede descartar que aquellos que deberían pedirme perdón, a su vez esperen que otros les pidan perdón a ellos. Y como esto es muy difícil, el cura cree que lo mejor es que, ahora que no hay atentados, la situación se calme y que termine la crispación y vayan aminorando con ayuda del tiempo el dolor y los agravios”

Los personajes están muy bien definidos, conocemos cada pormenor de sus vidas, numerosos por la extensión de la novela, lo cual permite al autor elevarlos como perfectos prototipos no ya de las condiciones humanas afectadas por contextos dramáticos, sino de las diferentes sensibilidades de la sociedad vasca mediatizada por tan intensos momentos históricos de violencia, oculta y directa, de silencios, todos. Personajes de los que ignoramos sus apellidos, solo sus nombres, o sus apodos, como el Txato, la víctima, Joxian, el amigo y cobarde, las dos ama de casa, las dos “etxekoandreak”, Miren y Bittori, los cinco hijos, Xavier y Nerea, Gorka, Arantxa, (probablemente uno de los protagonistas más emotivos y conseguidos, no solo por su postración y lucha, por su ictus), y Joxe Mari, el etarra. “Pues que le parecía que, más que enterrar al Txato, lo estaban escondiendo”.

“A los violentos les encantaría que todos participáramos en su juego. Así tendrían pruebas de esa guerra que solo existe en sus cabezas”

Con un estilo peculiar que no ahonda, ni sojuzga, que mantiene una imparcialidad muy difícil pero conseguida, ajena a la política de cualquier signo, centrada en los hechos, en los sucesos, en los comportamientos, en el dolor, la injusticia, la traición, la amistad, el antagonismo de las dos caras de la sociedad vasca en torno a los valores de la unidad familiar en el medio… e invitando a que sean los lectores quienes juzguen, quienes opinen, y tras conseguir lo más arduo: remover su conciencia. Todo en la necesidad, en el mensaje perentorio en pos de la conciliación, del perdón para cerrar las heridas. ¿Se conseguirá? Ahí lo dejo, lean, y luego valoren. Un trozo de vida. Un trozo de historia.

“-ETA debe actuar sin interrupción. No le queda otro remedio. Hace tiempo que ha caído en el automatismo de la actividad ciega. Si no hace daño, no es, no existe, no cumple ninguna función. Este modo mafioso de funcionamiento está por encima de la voluntad de sus integrantes. Ni siquiera sus jefes pueden sustraerse a él. Sí, bien, toman decisiones, pero eso es solo aparente. En ningún caso pueden no tomarlas porque la máquina del terror, una vez que ha cogido velocidad, no se puede detener. ¿Me entiendes? –Nada.”

Una novela imprescindible.


“Nos esforzamos por darle un sentido, una forma, un orden a la vida, y al final la vida hace con una lo que le da la gana”

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