Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



jueves, 11 de mayo de 2017

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "El peso de la paja 2. El beso de Peter Pan. Memorias" de Terenci Moix

“Sólo aspiro a encontrar mi paraíso en la tierra. Y soy digno de compasión porque es posible que lo haya conocido en varias ocasiones y no me haya dado cuenta.”



La frase que abre esta reseña pertenece, no sé en estos momentos a cuál, a uno de los tres tomos que componen las memorias de Terenci Moix, El Peso de la Paja, y resume cuanto fue la vida, y la literatura, ambas tan unidas que no podrían desligarse, de este genial y nunca ponderado como merece escritor. En este segundo volumen, (El Peso de la Paja, 2. El beso de Peter Pan. Memorias. (Círculo de Lectores, 1993/ Planeta DeAgostini, 2002) encontramos la encrucijada y su determinación, la clave que inventa a Ramón Moix en Terenci, el descubrimiento de la identidad que le hizo universal como escritor y el vínculo cardinal para entender su prodigiosa obra literaria. El paso de aquel disparatado niño del primer volumen, “El cine de los sábados”, a una madurez en la que jamás quiso caer, o que aconteciera, con todo su dolor por quien siempre quiso ser Peter Pan, un niño. En la búsqueda de una identificación personal que trasciende, a mi modo de ver, lo cultural y erótico, y para significar una huida feroz a su frustración, de todos los fantasmas por un ideal que no terminó de aparecer pero que le fue marcando inexorablemente, más en aquel entorno represivo y adverso de la España de la dictadura, de la censura, de las perspectivas inalcanzables, de los deseos utópicos en el marco de una generación ansiosa de libertad. “Sigue la memoria llenándose de voces que corresponden a la adolescencia de los demás y apenas a la mía, que son mi testimonio y, en cambio, ya no pueden ser mi biografía”. Incluso me permito subrayar, en una noción casi sibilina, o como si Terenci pusiera entonces los puntos sobre las íes de lo que el futuro impregnaría o acusaría o relacionaría o acomodaría en las sorprendentes ángulos de su complicada y desafiante personalidad, cómo a éste, a Terenci, no podrá encasillársele en políticas u otras asumidas concreciones sociales, en esa gris cotidianidad que emergía contrapuesta a los sueños que encontraba en el cine y en la cultura; un ejemplo de esto son las atribuciones de los nacionalismos reduccionistas que vuelven a estar tan de moda en su tierra: “Volvía aquí mi esnobismo invertido: defendía lo español contra su equivalente extranjero, en cambio supeditaba el localismo inmediato a la fascinación por la ida artística de Madrid, que las revistas me presentaban en sus aspectos más atractivos. Yo era la perfecta imagen del jovencito colonizado y, al reconocerlo ahora, no pienso aceptar el menor reproche. Bastante hacía intentando edificar mi propia cultura con todos los esfuerzos imaginables, buscando a ciegas, sin la ayuda de nadie. Sería injusto exigirme que, encima, aprendiese a ser nacionalista por correspondencia”. Terenci Moix, inolvidable.

“Me encaminé hacia la nueva posibilidad embarcado en la idea que me sugerían continuamente mis poetas románticos: “The eternal spirit of the chainless Mind”, según Byron; el espíritu que, liberado de cadenas, se interioriza al máximo en la construcción de sí mismo. Nada más noble pero, al mismo tiempo, nada más difícil, toda vez que debía conseguirlo partiendo del desconcierto”

Por otro lado, muy personal, no voy a descubrir ahora a Terenci Moix en mi escritor preferido, lo es. El maestro de una prosa inconmensurable, inigualable, con un perfecto dominio de la narrativa en un abanico diverso de registros, innovadora, sorprendente, abarcando desde la nostalgia a la crudeza, del sufrimiento al humor, de la ironía al desgarro, con un lirismo muy visual y más por cuanto este se efectúa más allá de los sentidos, o tal vez solo con la emoción; es decir, una visualización para la que no se necesitan exclusivamente los ojos, sino el corazón. Rotunda y expresiva más aquí, en este desnudo de su existencia, en esa batalla inacabable de la memoria, de lo que ya no podrá recuperarse y experimentarse salvo a través de una nostalgia agridulce, y de la fugacidad del tiempo. “… la vida es implacable con los románticos: nos va llenando de cosas que, al final, acaban ocupando aquel vacío que creímos imposible de llenar

“El azar del arte actúa al margen de la voluntad del aprendiz, arrojándolo inesperadamente a experiencias que no sospechaba. Un libro, una melodía, un cuadro aparecen por sorpresa en el momento necesario y su impacto actúa de inmediato, pulsando las cuerdas de una voluntad desprevenida. Nada los anunciaba y sin embargo están ahí, dispuestos a cautivarnos y a influirnos durante toda la vida. Son las revelaciones que llegan vírgenes de promoción, nunca impuestas. Es un impacto completamente libre”

“Entre 1956 y 1962 transcurre, marcada por la soledad y la nostalgia la infancia perdida, la adolescencia del autor. Al igual que Peter Pan, tampoco él quiere crecer, pero, incapaz de detener el tiempo, se ve arrojado a un mundo que se le antoja hostil e inhóspito. Huyendo de éste y del ambiente de clase media de su entorno familiar y cotidiano se refugia, ansioso de hacerse con el preciado bien de la cultura, en las lecturas de todo tipo o en los paraísos de ficción que le procura el séptimo arte, hasta el punto de que su casi obsesiva cinefilia aparece como la única vía de escape posible para el siempre frustrado afán de encontrar el amor ideal en el marco de una sexualidad que de forma cada vez más patente se le revela como distinta.
Su itinerario espiritual discurre además enmarcado en un espacio y una época muy determinados. Es la España franquista de finales de los cincuenta y principios de los sesenta, en la que de pronto empiezan a imponerse de manera patética consignas importadas de modernidad y consumismo y en la que toda una generación comienza a rechazar el conformismo de sus mayores.
A través de las vivencias del adolescente que fue Terenci Moix asistimos a los primeros choques de esa generación con la ideología oficial, a los atisbos de una rebelión que se expresa a través de un lenguaje musical, el del rock´n´roll, y a la utopía de un paraíso de libertad, cuyo centro emblemático, para los jóvenes intelectuales y artistas de la época, era la ciudad de París”

“Por causa de un mal amor -¿o un excelente amor que se volvió malo por el uso?- yo tenía el alma destrozada, si alma me quedaba; mi dolor se había convertido en costumbre cotidiana, de manera que también Atenas tiene poder para hablarme de mis propias ruinas”

El Tiempo, “… el tiempo es mi enemigo, y el tiempo, para confirmarlo, devora las horas, los días, las semanas con la misma ferocidad que ha devorado los años”. El Tiempo, “… el Tiempo pariendo un presente que, de pronto, ya es pretérito de dolor…” El Tiempo, el paso del tiempo, este que impidió a Terenci Moix ser Peter Pan, el eterno “niño del invierno”, a perpetuarse en la juventud, mas en una conmoción distinta, por ejemplo, a la del Dorian Gray de turno; y el cual, por contrario, tiempo que pacientemente, inexorablemente, moldeó la identidad del escritor. Una identidad ambigua puesto que su búsqueda, o su encuentro, sucedió tal vez como esos encontronazos tras bordear una esquina, como ese cambiar de acera cuando no se quiere afrontar la decisión que marcha por la otra. La homosexualidad, o su reconocimiento, fue muy importante, de acuerdo, pero no exclusiva en el joven maduro que arrancaba a la vida, y al igual que cualquier otro combinado que pudiera justificarse en la construcción identitaria, como la de la sexualidad con la pasión cinéfila.

Mientras el cuerpo reprime sus necesidades, el alma se va llenando con los productos más humildes de la pequeña historia

El recorrido adolescente por los cines, por las revistas, por los sueños con los que revestía la grisura de su realidad, por las imágenes que fueron diseñando su propio imaginario con el que sobrevivir en un mundo que en todo momento le enfrentaba su admitido fracaso, o acaso todo era miedo. “El miedo a los demás me llevaba a crear situaciones que me permitían vencerles, superando todos sus méritos. En ocasiones sucesivas fueron méritos que yo les atribuía, engañado siempre por un mundo de apariencias que a la postre resultaba falso oropel. Pero en su momento les creía superiores, me humillaban con su apariencia, luego, tenía que reaccionar oponiendo realidades que ellos nunca pudieran conquistar”. Las empatías, el deseo, con galanes, divas, con actores, protagonistas de la ficción, con tantos modelos que luego esbozaron la vida de sus personajes literarios; y los que, además, permitieron llenar los vacíos, iluminar las sombras de determinadas y dolorosas cuestiones individuales, con rebeldía, sí, y también con una nostalgia profunda y una sensibilidad inquietante. Un adolescente gris, destinado a servir y a perder progresivamente el gusto por la servidumbre” Emotivo y sincero el periplo por aquel Ramón Moix que aspiraba ser actor, que ambicionaba ser dibujante de comics, que codiciaba engrandecer, hinchar su frustración hasta hacerla desaparecer con una cultura diligente y abrumadora. Alguien, procedente de una familia de clase media, que se hizo a sí mismo, que fue capaz, una vez descubierta su identidad y vida a través de la literatura, del milagro de la belleza desde el caos de su cabeza, en el desorden de su corazón, en la indisciplina de sus emociones.
Y aunque sentía que mis conocimientos contribuían a hacerme distinto de los demás, no me importaba porque ya no tenía la menor intención de ser igual a nadie” Con todo, un ejercicio nada fácil, más ante la magnitud y complejidad con la que el propio autor la emprende, “¿Cómo transmitir sus cenizas al Niño del Invierno? Siento vértigo al pensar en esa distancia que él debe salvar día a día, en todo este tiempo que yo he visto transcurrir. Es largo para él, porque no lo tiene; es corto para mí, porque lo tuve” Y es que lo pasado, pasado está, con lo cual resulta imposible, de ahí el titánico esfuerzo y empeño, de volver a suscitar, recuperar las mismas sensaciones.  “Es pasión renovada, por tanto ya no es la misma pasión”.

“¡Tenía entonces tanta fe en todo -en mí mismo, en mi capacidad de atrapar el mundo con una sola frase-, tanta fe acumulada, mientras esperaba que los demás me diesen credibilidad! Y cuando ellos me la otorgaron, desapareció aquella capacidad de creer en las cosas, que era, en el fondo, lo más envidiable de la juventud”

Terenci Moix era literatura. Carlos Castilla del Pino, en el Epílogo de este libro, afirma que “… siempre se puede diferenciar dos tipos de escritores: unos, para los cuales hay en su vida una parte que ocupa la literatura; otros, para los cuales la vida parece ser en su totalidad literatura… Terenci Moix pertenece a esta segunda hornada de escritores… Terenci es, en vida, personaje literario… resultado de la impotencia, impotencia para la versatilidad y la adaptación, y que se compensa, para sobrevivir, en la búsqueda de su identidad y afirmación de sí mismo en un solo e hipertrófico yo: el yo literario… gracias a la escritura literaria Terenci Moix logra su identidad, es decir, ser, y a partir de ella la comunicación. Esa comunicación expandida que es su relación inacabable con el lector… Su vida no es más, ni es nada menos, que la entrega a su obra literaria.”  Su obra literaria es el espejo de su vida, allí está todo contenido y satisfecho, en sus páginas siempre vivirá Terenci Moix. “¿Qué hacen mis libros al ingresar en la memoria? Me enfrentan a mí mismo.” Él, un personaje más de entre tantos de sus personajes: “He bloqueado durante años el recuerdo de aquellos tiempos, disimulando con los tientes inciertos de la melancolía un mundo empapado de gris oscuro. A no dudarlo, me ha ayudado la literatura: al traspasar a mis personajes mi tristeza he llegado a creer que no era yo quien la sentía”. Literatura, pura literatura y nada más que literatura.

“Resulta pasmoso comprobar cómo la mente juvenil avanza de la fascinación a la crítica, cómo aprende a superar el deslumbramiento en provecho de la reflexión. Pero no es un paso que se efectúe sin dejar un trauma destinado a marcarnos para siempre: es la nostalgia por la maravillosa sensación de aquella primera vez; es el adiós al prodigioso, inexplicable flechazo cuyo impacto nunca se verá anulado por las ventajas de la comprensión”

“El Peso de la Paja es tanto unas memorias cuanto -como ha dicho Pere Gimferrer- la historia de una vocación, sustentada en la historia de la formación de una personalidad… Este proceso de fusión de vida y literatura acaece a partir de un descubrimiento, el del lugar desde el cual la vida de una puede convertirse en literatura y en pensamiento y, por tanto, en conocimiento. En Kierkegaard, por ejemplo, fue la angustia; en Kafka, lo onírico; en Pessoa, la soledad. Ese lugar es en Terenci Moix la vida erótica.” Unas memorias, además de lo expresado por Castilla del Pino, en las que el escritor consigue mitigar su miedo, el dolor tan profundo de unos momentos adolescentes amargos para él, como todo cuanto moldea la identidad, y también una reivindicación, a pesar del tiempo homicida, de una dulzura y confortabilidad que ya no volverán pero que permitieron el hecho de definirse: “El recuerdo, tan inmisericorde cuando sirve para confirmar las heridas del tiempo, se vuelve dulce no bien mezcla las cosas en una dimensión donde cada una se revela origen o consecuencia de otras que creíamos olvidadas” Unas memorias o un monumento a la literatura convertida en vida. “La memoria está llena de libros. Seguramente pertenezco a la última generación que leyó con avidez y, sobre todo, con placer. Y sin embargo, ¡cuántas horas consumidas en la asimilación de sinsabores espirituales que ya sólo cuentan a guisa de aprendizaje! Estaba yo en la edad precisa en que el alma busca en los libros una respuesta a los páramos en que se ve sumida. Buscaba autores que supieran plasmar el lado oscuro de las naturalezas humanas, puesto que así sentía la mía. Llevaba las alas del pesimismo imprescindible para volar hacia infiernos cuanto más negros más literarios” Y en una solución de continuidad, de vuelta, el retorno en la comunicación literaria con el lector, o tal vez en lo de devolver todo aquello que anteriormente cogió, absorbió, si no para ser feliz, para ahuyentar el miedo y lograr vivir con emoción. “Necesitaba devolver a la vida todas las experiencias que le había arrebatado para desfigurarlas, después, en mis fantasías” Memorias de la literatura.

“Era, como mucho, un empecinado soñador de la cultura. El más complaciente de sus amantes y el menos autorizado para propagarla”

Unas memorias indispensables. Un placer literario. Un escritor admirable, fantástico: Terenci Moix.


“Tuve que enfrentarme de nuevo a la soledad y, desde ella, busqué muletas en la cultura. No siempre obtuve el apoyo esperado. Aunque la cultura me servía para evadirme de mi entorno, no solucionaba en modo alguno mis problemas más acuciantes; si acaso los complicaba, porque había aprendido a meditar sin perder, con este ejercicio, mis hábitos de soñador”

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