Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



martes, 18 de julio de 2017

LA SOMBRA EN LAS OLAS



La mar tiene momentos, también en verano, también hoy en Marbella, también conmigo, en los que, casi sin querer, te abstraes con el soliloquio de las aguas, te hipnotiza el flujo y el reflujo de las olas en la arena; y entonces, del mismo modo sin pretenderlo, preocupaciones, sinsabores, dudas, traiciones y sobre todo miedos, desaparecen, se adormecen en un letargo que es homérico y por marino. 

Esta tarde quise llegar más lejos, o llegar lo más cercano a mí, no trascienden las perspectivas, no importan, no las hay aquí; de la mano de un valor travieso codicié, vista y admirada la capacidad del oleaje de lamer las impolutas orillas, de arrastrar, de barrer, de limpiar la arena allí más oscura y húmeda, ribeteada en ocasiones por unas cintas de plata de espuma, pretendí que la mar me librara, deshaciera mi oscuridad. 

Afronté mi sombra a la arena, en el espacio rociado por el ir y venir de las olas con su cantinela épica, y allá que esta, quizás por la oblicuidad de todos los crepúsculos en los mundos de los tiempos, elongó, creció su hechura como si se lanzara atrevida al agua salada y olvidando que sus pies, o la proyección de estos, siempre estarán clavados a la materialidad, al suelo. Reía mi sombra de mí pretensión. No vi su sarcasmo ni mi desconsuelo. Las olas que todo lo deshacía, hasta por instantes las preocupaciones, sinsabores,... miedos, no podían desleir mi sombra, con el símbolo de mi doblez, de mi parte consustancial, tenebrosa, recortada o la que absorbía la luz, el conocimiento, la curiosidad en esto del existir. 

Las olas no consiguieron desvestirme de esta, pero conjuraron para mi sombra una parte de su naturaleza, las ondas, su cabrioleo danzante; confiriéndola, aunque con la fugacidad de sus acompasados lapsos, a un movimiento vivo, ajeno, asombroso. Capricho. La mar... y sus momentos. 

© F.J. Calvente

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