Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



jueves, 10 de mayo de 2018

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "La mujer de la escalera" de Pedro A. González Moreno.


“… quizá las estanterías de una casa reflejaban, mejor que las fotos de familia, la biografía y la personalidad de quienes la habitaban”



Lo primero que me extrañó de “La mujer de la escalera” (Siruela, 2017), la novela con la que Pedro A. González Moreno ganó el premio Café Gijón 2017, fue su anti convencionalidad; es decir, a pesar del protagonismo argumental de un comisario, (del que por mucho que el autor insista en homenaje o ascendiente del genial Plinio de Francisco García Pavón, yo no he visto el parecido, ni por asomo), de que su presencia la justifiquen dos muertes, con la consecuente investigación policial, junto a otra bibliográfica por los universitarios protagonistas, no se trata de una obra policíaca; sino, conforme al criterio del literato, una “novela generacional”, de intriga, según se mire, y metaliteraria por su ambiente o perfil teatral.

“Así se había escrito siempre la historia, pensé, con trazos de tinta o de sangre que eran borrados de nuevo por la cal viva y por el agua purificadora del tiempo”

Luego, en el desarrollo de la lectura, ciertamente de una adecuada propuesta narrativa, se espera mayor intensidad, algún giro inesperado y vivo, más o reescritos cualesquiera de los hechos presentes o cuadros de la acción, más emoción, no tanta linealidad de los acontecimientos y tanto alarde descriptivo en los planos de escenas y en los universos particulares de sus personajes; y del final no voy a enjuiciar nada salvo por la espera, ya accidental, de un misterio más implícito y atractivo. Sea como sea, insisto en reconocer la buena pluma de Pedro A. González Moreno, su noble narrativa; pero, en el intento de encontrar una justificación a los contras anteriores, supongo que el escritor cayó, y con un resultado que no siendo desfavorable, sí adolece de esa inflexión de excelencia que se aguarda, en su intención de escribir algo a lo que la propia obra iba construyendo ajena, con cierta disidencia de lo que estaba en la mente del autor y anuencia con lo escrito por el lápiz, el teclado o el dictado; como aquello de querer dibujar un círculo y resultar un cuadrado, aunque de perfecta definición.

Sinopsis editorial:
“Un suicidio y un misterioso asesinato sirven de arranque a este relato donde dos universitarios recién licenciados afrontan una misión que cambiará sus vidas para siempre: la de localizar unos antiguos libros de teatro medieval. Así comienza una trepidante búsqueda en la que los personajes acabarán encontrándose consigo mismos y con su propio destino, trazando a la vez el retrato de una generación fronteriza que luchó por conseguir un espacio propio en la España de los últimos años setenta y principios de los ochenta.

Una apasionante historia de intriga, de ambiciones y rencores, de amor y desamor, de frustraciones y deseos, donde los más turbios y los más nobles sentimientos se entremezclan y chocan dramáticamente, siempre con el telón de fondo del mundo teatral, ese espacio metaliterario en el que, como en un juego de espejos, no todo es lo que parece...”

El fallo del jurado del Premio Gijón reconoce: “Dos muertes y la búsqueda de unas supuestas obras de teatro anteriores a la aparición de La Celestina crean una apasionante novela ambientada en el mundo universitario. La protagonista se verá inmersa en un cruce de intrigas que el autor desarrolla hábilmente y con un excelente despliegue de recursos narrativos”.

“La literatura no es ni mejor ni peor que la vida, pero tiene sus propias reglas”

Por otro lado, meritorio el ambiente de la novela trazado por el escritor, no solo por el interés en el mundo universitario y académico de principios de los años ochenta, sino por una España con más sombras y luces en una época donde aún se sacudía de casi medio siglo de dictadura, de incultura y represión, a remolque, pues, del resto de Europa; con las ansias de una nueva generación por reinterpretar la realidad, de iluminarla, con modernidad y cultura. Acaso en lo que venía a ser la metáfora de una exigencia de volver, a través de una investigación en torno a la posibilidad de una imposibilidad, la de la existencia de unas obras teatrales anteriores a la Celestina, de ese Siglo de Oro del que, en estos nuevos tiempos postfranquistas, añoraban todos rehacer o fundar.

“-En un país donde se cierran los teatros pero se llenan los estadios y las plazas de toros, es evidente que algo no funciona muy bien. –Con un rictus de amargura, fijó los ojos en el gran espejo que había sobre el sofá como si en él estuviese
viendo reflejada la historia de su vida, y continuó-: “¡Ay, mísero de mí, y ay, infelice…!”. Qué triste paradoja la nuestra. Primero tuvimos que luchar contra la censura y después tuvimos que seguir luchando contra la indiferencia.”

Y en el camino de los jóvenes protagonistas universitarios hacia el Grial de la dramaturgia, una búsqueda plagada de peligros, arranca sus vivencias como si se tratara de la gran obra de teatro de sus vidas, nada sobreactuada, la que les marcará para siempre; donde surgen, como tramoyas argumentales, la ambición, el deseo, el amor y el odio, el fracaso y la resignación, el miedo y la confusión, en la gran tragedia o tragicomedia de los tiempos y de sus mundos particulares en la exigencia de trazar su lugar y compromiso.

“Ignora que la belleza no reside en las cosas sino en la forma de mirarlas”

En este juego de espejos donde no todo es lo que parece, “La mujer de la escalera”, la novela, el teatro, desde este enfoque metaliterario, vale ser leída; aunque, bien es cierto, se exija varias lecturas para encontrar su esencia.

“-En fin, ese ha sido siempre, por desgracia, el destino de todos los libros. No el fuego, sino más bien la ignorancia y la barbarie: esos han sido los peores enemigos de la cultura”

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