Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



martes, 26 de junio de 2018

"Tallos murmuradores"



No son estas palabras una continuación de lo escrito en Abril de 2016, (http://fjcalv.blogspot.com/2016/04/dia-internacional-de-la-madre-tierra.html?m=0), ni por otra conmemoración postergada del Día Internacional de la Madre Tierra, ni pasada o presente, ni por el misterio o intriga de una segunda parte que hubiera hecho vivir a mi amiga Roge Martín y a la que ahora traigo de donde esté con su recuerdo y en el espejo de su voz llena de melancolías, con su mágica sonrisa, con los líquidos fulgores en sus ojos por la incipiente amistad espolvoreada de tímidas curiosidades, por la veterana complicidad con aquellas y otras letras o esquejes de un voluntarismo literario. Es el mismo lugar, la casa en calle San Francisco de Asís, en uno de sus intermedios grisazulados y albos, de cal y piedra, la misma soledad y abandono retratada en sus esconchones, en la que al igual que ayer parecía anunciar el estilizado tallo, con sus trágicos aspavientos desde su asomo de uno de tantos desgarros, de roturas en el olvido de los adioses, mellas en el mármol del umbral, bajo la puerta de cuarterones marrones de metal. Hoy, sin embargo, la exigua sombra con sus delineaciones y alcances geométricos, casi afrentada por los cuarenta grados de la calor, no significaba ninguna frágil garantía establecida por el refranero y la necesidad, al caso, del placebo de a quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija, en una alegoría a la que la curiosidad y pequeñez de las matas no concedían solvencia ni menos crédito en el proverbio ni a la paradoja apenas vislumbrada. De ahí a que el testimonio de su reunión escenificaba otra realidad o algún apunte de la identidad de esta calle, de este Barrio, tal vez de una esencia en su aspecto o vibración centrífuga antes que la masificación, las ideas, modas y conveniencias fracturarán el ámbito de un pueblo pequeño donde todos nos conocíamos y donde, en cierta manera, nos protegíamos. Mi encuentro con el encuentro del esbelto tallo saliendo de la casa con el otro brote, achaparrado y frondoso y más oscuro en su verdor, llegando o aguardando en la acera, en la calle, de la confidencia entre ambos y a los que no afectaba mi llegada y atención. O más bien mantenían una murmuración, las cuentas de un chisme del vecindario, las capas de un lúbrico barniz que no era o tal vez empeñado en no resultar fantasioso, creíble a pesar de lo insidioso, sin maledicencias, sino la savia del cotilleo que establecía la comunicación más recóndita, menos ilustrada pero eficiente, lastrada, la de una de las raíces que no sólo anclaban la realidad cotidiana de la calle, del Barrio, sino de esa singular protección y apego entre los vecinos, como un permanente y actualizado escrutinio y juicio de los usos y conductas que pudieran antojarse vulnerar o incomodar la apacible dimensión de la colectividad, de las sobrias y amables gentes apegadas a su terruño. Entonces, ante la simpática estampa y conjetura posterior, sentí la nostalgia de los visillos más desplegados con discreción y arte, con sus flecos de croché, de barrer la acera una y otra vez, la propia y la aledaña, arriba y abajo, abajo y arriba, escudriñar a quien pasaba, a quien entraba, y a quien, como era habitual, no lo había hecho o no había salido aún al escaparate de la cotidianidad, de sillas en la acera hasta bien entrada la madrugada, en un corro de historias y cuentos, de solaces y expectativas, de puertas siempre abiertas, de llamadas de bienvenida en sus goznes, de decepción en sus despedidas oxidadas, de excusas en la pizca de sal, en la ramita de hierbabuena o el laurel de los viajes suspirados, en la llamada del teléfono o por su espera, para difundir o contrastar esto y aquello de aquel o del otro. La memoria superficial y actualizada de la anodina rutina, del quehacer diario de un pueblo. Las plantas con su plante murmurante, a la sombra de un estío que ya no es como los que eran, y en la nostalgia que lloraba la ausencia o el abandono, el recuerdo de la tradición o su implorada persistencia. 

(C) F.J. Calvente

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