Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche los atardeceres, los arrabales, algunos espejos de azogue interior, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor, acaso de lo mío que encuentro en mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



lunes, 10 de abril de 2023

"DOMINGO DE RESURRECCIÓN"

 


"Esta noche, dijo, desde el ocaso, me cubrían con una mortaja negra en un lecho de cedro.

Me escanciaban vino azul mezclado con amargura."

"El cantar de las huestes de Igor."


Qué versos más apropiados, y curiosamente recordados, en la primera noche a la Cuaresma, aún cuando las retinas retenían a fuego las imágenes de la Soledad y el Santo Entierro. Continuaba el poema de Alejandra Pizarnik, "El sueño de la muerte o el lugar de los cuerpos poéticos", de la siguiente manera:


"Toda la noche escucho el llamamiento de la muerte,

toda la noche escucho el canto de la muerte junto

al río, toda la noche escucho la voz de la muerte que

me llama.

Y tantos sueños unidos, tantas posesiones, tantas

inmersiones en mis posesiones de pequeña difunta en

un jardín de ruinas y de lilas. Junto al río la muerte

me llama. Desoladamente desgarrada en el corazón

escucho el canto de la más pura alegría.

… Más desde adentro: el objeto sin nombre que nace

y se pulveriza en el lugar en que el silencio pesa

como barras de oro y el tiempo es un viento afilado

que atraviesa una grieta y es esa su sola declaración.

Hablo del lugar en que se hacen los cuerpos poéticos

[...] Y es

en ese lugar donde la muerte está sentada, viste un

traje muy antiguo y pulsa un arpa en la orilla del río

lúgubre, la muerte en un vestido rojo, la bella, la funesta,

la espectral, la que toda la noche pulsó un arpa

hasta que adormecí dentro del sueño.

…La muerte es una palabra."


Y la Muerte se hizo Vida y la palabra una fiesta de luz por la mañana. Un cielo azul, raso y uniforme, parecía urdido por el intenso canto de los pájaros que precipitados recorrían los espacios, todos, en una algarabía que prologaba el estallido luminiscente cuando el portón de la iglesia del Espíritu Santo se abriera a las diez y media tras el alba, en el reloj de la Pascua más esperada, por su oportunidad de trazar nuevos esquemas en el diario o en lo habitual. Unos velos, quizás de antiguas mortajas de la Muerte, se detenían en los horizontes de una calima de calor por momentos insoportable, como expansivas humaredas de unas hogueras donde se quemaban los endebles mimbres de un pasado que no merece el recuerdo y ni menos a la nostalgia. Sonaban las campanas o era el crujido de todas las puertas que se abrían a lo novedoso y venidero; con el reestreno de las pequeñas cosas, con su oportunidad renovada, de desnuda confianza, y para así cerrar los sepulcros, nuestros, de rutinas y desafectos, de apatías cómodas y resignaciones tristes y planas. Nichos de vida donde solo nosotros nos introducimos, o nos dejamos meter con los ojos, los otros ojos, cerrados y el cuerpo inerte a capricho de la inercia de los mismos días y oscuridad. Ajenos a una esperanza de la que hoy, Domingo de Gloria que a nadie deja indiferente, abre sus brazos con generosidad, sin dogmatismos ni formalismos, sin mentiras ni egoísmos. Los primeros nazarenos apuntaban al profundo color del cielo; y los sones de las bandas de música, de Ronda y Granada, desgarraban a los últimos lutos de silencio. Una oleada de campanilleos, levantada por el cuerpo de acólitos más niños, asemejaba, de oírse, frágil, cristalino, promisorio, al polvo de hadas con su reminiscencia reconfortante y mágica. Derroche de curvas y sonrisas, de escalofríos y palpitaciones, cortejando a las primeras lágrimas de contento, de emoción, difícilmente sujetas, por supuesto, cuando el paso de costaleros de Cristo Resucitado atravesaba el arco de salida del templo, mecido al compás de una marcha, casi arrodillados para superar el estrecho vano, a cualquier obstáculo, y que ya se hizo poesía cuando las costaleras sostenían y llevaban, mecían y bailaban, al más bello verso hecho icono en la Virgen de Loreto. Entonces la luz se hizo más intensa y el corazón, en riadas de una sangre que parecía hilar con alquimia el manto de Nuestra Señora, golpeaba con profusión, en cada guiño de oro, por salirse del pecho. 


Emoción o un sentido a aquello, más allá del tópico o frívola estética, de la vida: Vida que no se mide por las veces que respiras sino por los instantes que te dejan sin aliento. La emoción feliz. Alegre. Suficiente. Sorprendente. Porque siendo un fin es un comienzo. Un viaje que continúa tras esta estación de Resurrección; cargados de energía, de ganas, querámoslo o no, ante sus desafíos, sueños, curiosidad, alegrías, tristezas, esperas y despedidas, pasos y alientos. Porque a solas con la nostalgia, luego y cuando haga falta por debilidad o tibieza en la épica de marchar adelante, hará feliz saber, recuperar cómo participamos en esta escenografías de exaltación de la vida, no importa si dentro o fuera, con reconocimiento y respeto, de rendición a la belleza, a cuanto nos hace sentir vivos. Con confianza o llevadero cuando la existencia y sus pesos lleve o nos meta en otros sepulcros, más o menos oscuros, desclavados de un modo u otro por próximos tránsitos de Cuaresma, por primavera. Conscientes de la luz al final del túnel, del sagrado trayecto, la esperanza en la siguiente detención, en la estación que permita  despojarnos, con penitencia o voluntad o solo con admiración, de lo viejo; para de este modo renacer, mejor juntos, tomados de la mano incluso, en una reconciliación en paz y amor. Gracias por estos momentos.


F.J. Calvente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario