Quiso el viento, el mismo levante protagonista y caprichoso en otros horizontes de la nostalgia, zarandear, incomodar, despertar a la Muerte. La Muerte ayer en su sentencioso paso, por fin, en su impresionante deslizar por las calles, a una hora en que el día termina con rutilante perspectiva y encanto, en un crepúsculo que se advertía, un firmamento de fulgores con los que disimular las primeras lágrimas, en el alambicado dorado del sepulcro ascendiendo Las Imágenes. Pero el viento, en su empeño presente y por tanto fugaz, no lograba torcer el testimonio penitencial, porque la eternidad del Entierro Santo era inaprensible, porque enorme y desesperada resultaba la necesidad de verlo en las calles, porque el abrazo fraterno llevaba huérfano de calidez, de identidad, desde hacía unos años aciagos, porque el Barrio imploraba por verse en su espejo sin el vaho de días insinceros y demasiado predicibles, lejanos, a la Ronda entonces Soñada, porque al amor, al sentimiento, nada los detiene, nada los ata, cuando se expresan sin frenos, sin obligaciones, con el corazón traspasado en ese camino del interior al exterior, en una alegoría de la puerta de Almocábar y su fúnebre resonancia. Porque la Muerte, aquí, suspira, respira, nos hace respirar un aliento de Vida, nos incita, sea por momentos, a vivir viviendo, sí, a todos cuantos extasiados la mirábamos. A todos y en los que se marcharon, Paco el Pujerreño, Pepe Flores, Carmela Alba... siempre vivos en nosotros cuando en Ellos, Sagrados Titulares del tránsito iniciático de la Muerte y la Resurrección, en Ellos rendimos nuestra mirada y con hondura sentimos su huella los Viernes Santos.
Y el viento quiso luego ensombrecer el paso de la Soledad, en su dolor lleno de conocimiento, de esperanza; para apagar una y otra vez sus velas, una y otra vez, restando belleza a sus rasgos, a sus inclinaciones, a su compañía y cortejo. Soledad que siguió inalterable, paso a paso, latido a latido, derramando su luz por el ocaso, absorbiéndolo, entregándonoslo, por la noche que luego caía o se levantaba del fondo del abismo y la cubría, despojados los miedos, con su manto; tan majestuosa en su andar, tan solemne, tan delicada y hermosa, arrancándonos a todos un pellizco de las entrañas, muy, muy adentro, cristalino, frágil, original, para abrir la esperanza en el tiempo, en la vida, en un renacimiento tras la muerte, tan necesaria para quemar lo viejo, al abandono, y dar paso a la reconciliación, a lo nuevo. La herida fundamental que se hará cicatriz de ilusión, como un sol que ilumina la oscuridad de la noche más larga que ya toca a su final. Promesa que se abrirá de adentro afuera, a todas las afueras, animus y ánima, el Domingo de Gloria, Loreto, por la mañana.
F.J. Calvente
(La foto es de hace unos años, muchos años, pero siempre en su refulgente ascenso por un crepúsculo de Las Imágenes.)
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