Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche los atardeceres, los arrabales, algunos espejos de azogue interior, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor, acaso de lo mío que encuentro en mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 3 de enero de 2026

"ESE MIEDO"

 Y las arterias, las venas, vetas, hebras, estiradas raíces, cada una de las calles de suelo de piedras, de piedras grandes y pequeñas, de insólitas cartografías, continentes desaparecidos, de cantos redondeados, planetas en colisión, detenidos, de paredes de cal pura, desconchones imperfectos, de hierros negros y poco retóricos, de ventanas con visillos como nieblas de madrugada, de puertas abiertas, presencias, de saludos, sonrisas, de preguntar por los tuyos, de reciprocidad en el afecto, de costumbre y respeto, aunque de estos cada vez menos, los tiempos y los muertos, excepciones que aún continúan tildando al pueblo, a este Barrio, a un espacio donde el ayer vive, respira nostalgias, recuerdos, con ellos, nosotros, a vecinos que no son extraños y a los que mirar a los ojos e incluso alcanzar la tibieza de sus manos ... Arterias, venas, ... calles, propias, asimismo para quienes, ajenos, sienten y acompasan su pulso a estas; por las que fluye, dije, exhalé anoche, golpeó mi pecho, estremeció así a la sangre, fuerza, tradición y porvenir, para desaguarlos, a que confluyan, viertan, a que se vacíen, derramándose en el corazón, en el alma del lugar o a través de una imagen en el espejo de los días, en el corazón de todos que late o por el que late el universo. 


Y ahí me detengo y avanzo y recorro el presente con impulsos y escalofríos del pasado o memorias y sueños eternos, o los que tenían que ser imperecederos, permanentes, para siempre. 


Y me detengo y avanzo si no con cautela, con zozobra, con miedo. Y no debería tener miedo. Miedo porque pronto, a la vuelta de una de esas esquinas de incertidumbre y nervios, las obras se abatirán por su superficie y entrañas. Y desconozco, una vez terminados los trabajos, la cirugía, ¿el experimento?, si será otra, ya no un remanso de sosiego y encanto; si la Alameda me resultará o nos parecerá extraña, fría, insensible, marcando el tópico, la dentellada de un voraz consumismo, y no el latido que ahora es el mío, nuestro, y el de un mundo con significado y misterio. 


Entretanto, entro. Y avanzo. Y dejo de ser yo para ser aquello. E insisto: Todo está en su lugar. No pido más. Por ahora. Mañana ya se verá. Ese miedo.



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