Miro un momento al lado, atrás, y las fiestas navideñas o del soslsticio de invierno o del cíclico regreso de la luz han finalizado. Una ilusión en la rutina de los días o incluso alivio por la rutina de las ilusiones. Las guirnaldas se van apagando, desaparecen al mirar adelante, al dejarse llevar por la inercia del presente o por un empujón de ese pasado, en la distancia, en un horizonte siempre próximo, a mano, a la vuelta de una esquina o en un giro a derecha o izquierda... No están. No están... Nada sucede o no sucede nada ahí o en los ánimos. Indiferencia. Cansancio. No puedo cerrar los ojos mientras conduzco, mientras me dejo llevar conforme a lo acostumbrado; pero si lo hiciera ahora, cerrarlos, detener el tiempo, herir a la monotonía, solo con un rasguño, solo en un parpadeo, con un fragmento de todo, me quedaría o mejor anhelaría un fugaz destello, una hebra de luz, la más pequeña lamparilla, bombilla prendida de esas intricadas guirnaldas, algo que reconocería si me detuviera, me examinara, me esforzara y para así retenerlo y echarlo de menos para cuando fuese necesario. A un latido o sentido de unas fiestas que al mirar otra vez adelante, al abandonar la realidad del azogue empañado, ya son polvo y olvido.

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