Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche los atardeceres, los arrabales, algunos espejos de azogue interior, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor, acaso de lo mío que encuentro en mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 30 de marzo de 2019

”EN EL PASILLO, YO MISMO"


Fue estar en el amplio y largo y cerrado pasillo de reflejos y orfandad, para que este se me antojase una alegoría de la vida, su camino, aséptico, o el trayecto menos grato de los que conforman o rotulan a aquella e intrincada a las de todos. Y una vez instalado en la metáfora, destilé sorprendentemente algo así como una versión muy libre de unas letras que sospeché y atribuí a Oscar Wilde, o bien me arrogué de una inconcreta presunción motivada por la revelación o tratándose solo de una sensación, concedo que frívola, la de un pasaje existencial de admitirse el ejemplo con cierta bondad, también generosidad; quizás impulsado por el espíritu literario o de filosofía de saldo para decirme, por supuesto que sonriente, algo que no resonaba dentro de mí como excusa, justificación, orgullo o pena, tampoco incriminación, ni resentimiento, y si no un consuelo admitía un sincero ápice de alivio... y agradecimiento; en definitiva lo que vino a expresar ese algo, pensé y arrojé, quieto, al pasillo de reflejos y orfandad, concerniente a un contexto que no olvidaría, olvido, pero del que no pretendo desvelar, ni ganas, y del que, dado lo sellado de este espacio, de su única intención de salida, de sus trileros centelleos en el límpido suelo, fue como si aquí (y por supuesto allí) todos los puestos o expectativas o papeles estuviesen decididos, asignados, ocupados, agotados, rotos, aquel doloroso y frío desarraigo, los adioses, reconfortándome, de ahí la sonrisa, con ser a partir de ahora yo mismo y no otro. Suficiente. Luego abrí la puerta y salí a la calle, a la vida que me aguardaba con otras reválidas no circulares.

EN EL PASILLO, YO MISMO
© F.J. Calvente

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