Fue estar en el amplio y largo y cerrado pasillo de reflejos y orfandad, para que este se me antojase una alegoría de la vida, su camino, aséptico, o el trayecto menos grato de los que conforman o rotulan a aquella e intrincada a las de todos. Y una vez instalado en la metáfora, destilé sorprendentemente algo así como una versión muy libre de unas letras que sospeché y atribuí a Oscar Wilde, o bien me arrogué de una inconcreta presunción motivada por la revelación o tratándose solo de una sensación, concedo que frívola, la de un pasaje existencial de admitirse el ejemplo con cierta bondad, también generosidad; quizás impulsado por el espíritu literario o de filosofía de saldo para decirme, por supuesto que sonriente, algo que no resonaba dentro de mí como excusa, justificación, orgullo o pena, tampoco incriminación, ni resentimiento, y si no un consuelo admitía un sincero ápice de alivio... y agradecimiento; en definitiva lo que vino a expresar ese algo, pensé y arrojé, quieto, al pasillo de reflejos y orfandad, concerniente a un contexto que no olvidaría, olvido, pero del que no pretendo desvelar, ni ganas, y del que, dado lo sellado de este espacio, de su única intención de salida, de sus trileros centelleos en el límpido suelo, fue como si aquí (y por supuesto allí) todos los puestos o expectativas o papeles estuviesen decididos, asignados, ocupados, agotados, rotos, aquel doloroso y frío desarraigo, los adioses, reconfortándome, de ahí la sonrisa, con ser a partir de ahora yo mismo y no otro. Suficiente. Luego abrí la puerta y salí a la calle, a la vida que me aguardaba con otras reválidas no circulares.
EN EL PASILLO, YO MISMO
© F.J. Calvente

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