¿Lograrías en este instante hacer realidad un sueño?
Reflexionó, él, tan de improviso, igual al extraño, aunque placentero, momento que le hizo detenerse y mirar con los mismos ojos que ya en raras ocasiones miraban adentro, dentro de sí mismo, o con los que del mismo modo retenía el éxtasis y los escalofríos que serpenteaban en sus humedales ante las también inesperadas formas o expresiones con las que la belleza o las bondades del universo le estremecía e incluso convulsionaba cuando su intensidad alcanzaba una fascinada desesperación. He ahí.
Además pensó, él, sonriendo con una característica mueca de fruncidos labios, entornados los ojos, mejillas atirantadas, para mitigar o sortear el peso de la impresión o del acontecer excepcional capturado, su geografía, en la imagen que asimismo efectuó con su teléfono móvil con un trémulo movimiento de manos, y este no era otro, ni mas ni menos, análogo a las sorpresas extraordinarias desembarazadas de un lecho del polvo gris de lo cotidiano que ni el persistente e iracundo viento de levante movería un poco o desharían los goterones que con lasitud caían intermitentes y escasos; en este caso su circunstancia, la de él, su cuota rutinaria, obedecía al hecho de tirar las bolsas de basura en los contenedores junto al antiguo atrio de la derruida iglesia Virgen de Gracia, ahora alegal parking permitido.... Un hecho y un trayecto diario, trivial, efectuado miles de veces, sin otras huellas que no fueran las del latoso hábito doméstico, cansado, incómodo, pues cada vez soportaba menos las cargas, el verse ordenado a hacer algo, sin peros ni luegos. En estas se encontraba, él, cuando de repente sintió cómo algo le obligaba a pararse y a mirar de esa otra manera de fuera adentro.
Una llamada anónima, o un suspiro más retenido que sonoro, o la onda de una vibración álgida, intensa e insondable, con los que sentía, tampoco importaba para la monotonía con sus foscos y desteñidos atavíos, la emoción, los exordios de una comunión con el entorno, Barrio; acaso una fuerte tirantez en alguno de los hilos de este rol del universo, en una de las raíces que le sujetaban al lugar y porque así este se lo arrancó, engendró, lo desgajó de su esencia, a él, de su matriz humilde y épica. Allí y a su vez allá, quieto, callado y seguro que suspendido en la expectativa que aportaba el tris aquel, en mitad de la calle, Ruedo Alameda, la de los reencuentros, las visitas para quedarse, los centrífugos acuerdos, con los pies sintiendo las grises piedras que en noches como aquella rielaban con fulgores de luna, de las incisivas aspas de los faroles transformados en molinos de luz, resaltados por los helados incendios que traia la tormenta, la blancura de pedernal de las fachadas encaladas, firme, sin necesidad de sujetarse, de ayudarse, de asentar su conmoción en uno de los bolardos de hierro que sodomizaban el pavimento y esquilmaban lo público en un retal permanentemente privado, permitido..... Solitario en la noche, él, en la encrucijada de calles, envuelto por el rumor de los árboles de la alameda en bienvenidas de primavera, en estertores agónicos del invierno, o de aguardos de la mañana con su incesante arañar de ramas desnudas a la penumbra para que amanecieran los desgarros del albor y la oportunidad del nuevo día. Allí y a su vez allá, lejano del cielo, del infierno, entre contrastes intensos, sombras afiladas, colores violentos, abrumado, aplastado por la solidez del ambiente, de un sentimiento espontáneo y bello, inundado por el olor de las últimas escarchas, de la última lluvia, de los últimos humos de hogares casi inéditos. Solo, acompañado consigo mismo o en sintonía con lo que estaba sucediendo y que embelesado lo mantenía y disgregaba en una soledad recogida y convocada desde el conjunto de los confines de un espacio pausado, desde los tiempos que se concentraban en el instante de todos los instantes eternos.
Solo en la calle, solo al pie de la alameda, náufrago en el océano de la noche, respirando, elevando con parsimonia su cabeza, su anhelo, su admiración, arriba, no tanto, encandilado como para no incomodarlo un cable blanco que unía el bar con un foco amarrado a un farol de la plaza, apagado, permitido... Solitario, acompañado por estos matices confabulados con algo que únicamente existía en su interior, en sus entrañas estremecidas por un agrado insólito, directo y propio, ingénito, en el frío que atería su cara, los dedos de la mano que se alzaban adelante para asir... ¿qué?, nada, ya que la substancia de esa mistificación latente y envolvente y flotante y también insondable, no podía prenderse y acaso sostenerse un poco, suficiente con este poco, satisfaciéndose, deleitándose de belleza y de emoción, de sentidos inenarrables. "No soy esta calle. No soy esta noche. -se decía con devoción y hechizo- Ahora lo entiendo, dure lo que dure este momento, este estremecimiento,... Soy el alma que habita dentro, dentro de todo. Barrio".
En esta sensación de irrealidad, sublime y desdichadamente fugaz, en la oscuridad turbulenta del cielo, unas nubes ciegas se abrieron para que la luna emitiese un grito precario en el silencio. Un sobrecogedor guiño luminiscente que apareció de repente encima de los tejados negros y húmedos, para desaparecer con la misma expresión de su alarido callado y argentino. Un parpadeo de la noche para mostrarle su complicidad y consentimiento con su mágico y reparador bienestar, después esta cerró los ojos, sin destellos, suturando los rotos en su terciopelo por la impaciencia de los escuálidos dedos de los árboles.
Él tenía que regresar a casa, dejar la calle que comenzaba a tildarse de ruidos normales, dirimir el arraigo, prevenirse de cualquier peligro, por fortuna tentado de escribir esta experiencia con un cuidado que alejara la digresión, la blasfemia por alcanzar, cuando releyera sus efectos, esta gloria personal que emplazaba fantasía y sentimiento en lo que ya seguiría vivo en el recuerdo, la memoria real, borrando lo superfluo, el presente de sus rutinas con unas nuevas palabras que merecerían ser letras, quizás estas, con las que al mismo tiempo de servir, de ”poner un parapeto de palabras contra el vértigo", como hoy leyó a Rosa Montero en El País, contestar a la pregunta que abre este relato. Y contestó, de igual manera al hilo de esa enigmática, humosa sinuosidad que recorrió el cielo como una centella para disponer en el plano de tejas de la casa de la esquina con su lienzo fulgurante, y donde ya escribía la luna con un haz refulgente y abducido de misterio: Sí, podía hacer realidad un sueño, él, porque en ese instante soñaba, soñaba despierto.
UN SUEÑO REAL
© F.J. Calvente.

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