Abrir
los ojos de madrugada y observar, desde el lecho, a través de la estratégica
ventana vaciada en el techo, la llaga de un nuevo día que derramaba un hilo etéreo
de sangre. Abrir los ojos, ver, y pensar en unos pasajes, leídos de aquella manera
concentrada para conciliar el sueño la noche antes, curioso, casual no lo fue y
si bien ignorase para siempre su causa, del poemario “Poesía y realidad”, del
poeta argentino Roberto Juarroz (léanlo, por favor) que en 1992 publicó
Pre-textos. Abrir los ojos y pensar en la lectura anoche y, sin ser un poeta
cultivador de letras, él sin duda, en unas letras heridas como ese cielo alboreado
y desgarrado, para urdir un nuevo día con la posibilidad, abierta ante mí, de “fracturar
la realidad aparente o esperar que se agriete, para captar lo que está más allá
del simulacro.” Ni decir tiene que el aliento, la expectativa, entonces habían
sido lo suficientemente efectivos como para coger la vida por uno de sus
extremos, con esa sutilidad que penetra en la superficie de las cosas y con la
que descubres ciertos y secretos mimbres de la realidad, de la existencia que
tienes que vivirla y no sobrevivirla, la mirada que no ve nada tras el espejo
del diario. No, no voy a escribir un poema… no serviría de nada.
“Escribir
un poema sobre nada,
donde
puedan flotar todas las trasparencias,
lo
que no conoció nunca la condena del ser,
lo
que ya lo abandonó,
lo
que está por empezar
y
tal vez nunca empiece.
Y
escribirlo con nada o casi nada,
con
la sombra de las palabras,
los
espacios olvidados,
un
ritmo que apenas se destaca del silencio
y
un silencio acotado en un punto
por
detrás de la vida.
Un
poema sobre nada y con nada.
Quizá
todos los poemas,
pasados,
futuros, imposibles,
puedan
caber en él,
por
lo menos un instante cada uno
como
si descansaran en su forma,
en
su forma o su nada.”
Nada.
Solo un abrir los ojos a la mañana, y pensar, con voluntad, y a saltar las
legañas con unos versos lastimados de Juarroz, y apreciar la vida a través de
una oportunidad. Ahora. Luego, al echar los pies en el suelo, sentí que este estaba
muy frío.
“SIMULACRO DE NADA”
F.J. Calvente ©
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