Martes Santo.
Hoy has vuelto a ver a
Dios. Cuando se es consciente, y se quiere, es tan sencillo con mirar, con
mirar desde adentro. Entonces ves y sientes a Dios. O solo entrevés tu reflejo
en el espejo del mundo. Intentas definirlo, comprenderlo. Con palabras ahora
que escriben los ojos abiertos, las que leen y reconocen el corazón, tendidas en
los renglones torcidos de los estremecimientos. Religión, tal vez. Concibes la
revelación, acaso la de la religión pura. Una o aquella que no es religión. Respiras
con profundidad y sonríes, también desde adentro. Y con esa voz interior, el
suspiro que se vierte por todos los espacios de tu cuerpo, al igual que el
Dalai Lama, gritas en silencio y oyes tu propio eco: “Esta es mi simple
religión: no hay necesidad de templos, no hay necesidad de filosofías
complicadas. Nuestra propia mente, nuestro propio corazón es nuestro templo; la
filosofía es la bondad.”

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