Lunes Santo.
Hoy rescato un texto que
escribí, a vuela pluma o con ese pálpito del momento, hace cinco años, en el limpio
reverso de una cita para una consulta médica en el Hospital Regional de Carlos
Haya, en Málaga. Una confesión, espontánea y secreta, motivada por la foto,
esa, con la que tropecé expuesta en una cristalera, desleída con fantasía por
los cálidos y persistentes humores de una cafetería, “Oña”, el día después del
desfile procesional de Jesús Cautivo y la Virgen de la Trinidad.
“CAUTIVO”.
“Cautivo” es la
palabra que amarra, en esta mañana soleada y agradable en Málaga, la necesidad
de los labios, la medida de los ánimos; modula la voz y luz de tantos
malagueños a los que veo, sonrío y envidio por su reunión ayer, en el atardecer,
por sus calles y plazas, con el alma que completa alguna de sus piezas de emoción
y nostalgia. Palabra que vacía, derrama fuera un escalofrío lento, templado con
el susurro de una honda emoción que aún en el silencio declama a gritos su temblor,
compartido y adentro. La palabra allá impresa, en un cartel impresionante, en su
imagen de hondura y reconocimiento. La palabra indeleble, la de una cercanía tan
lejana, y bella, tan ensimismada, y afecta; indisoluble aún con los fulgores en
miles de ojos húmedos por unas lágrimas incómodas, las de una lluvia inoportuna
y apóstata, luego aliviados por la dicha de la pausa definitiva, por un favor o
una coincidencia insólita; luminosa con la de otras miradas que viendo no ven al
cielo, permisivas con el fervor, con la penitencia o una peregrinación hacia la
melancolía. Palabra llena, llana, jamás saciada, tildada con rocíos de romero,
azahar, de cera quemada, tan trabada como la brisa de la mar que hace tintinar sus
llamas, desgajadas del incendio de un crepúsculo intrincado de espinas, de
redención y esperanza blanca. Sentimiento Cautivo.
F.J. Calvente ©

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