REBAÑOS
(Advertencia: Esta opinión, quizás política, quizás
sociológica, o solo un mero considerar, puede herir la sensibilidad de algunos
entre quienes se esfuercen por leerlo. Absténganse estos, luego, de arrojar sus
bilis aquí, en mi casa. Asimismo, como extensión de algo que ya publiqué días
atrás, y que atañe a José Saramago, no comparto mis opiniones, mis reflexiones,
esta al caso, con el objetivo de convencer a alguien, a nadie; o tal vez, al compartirlos,
les digo a los que al final comentan su aprobación, e incluso subrayan un “me gusta”,
o lo hacen por privado, que no están solos. En cualquier caso, mis disculpas
por enredo tan pretencioso.)
Incluso de los
animales cuando se apiñan en un rebaño, con esa idílica sensación de placidez, vean,
deberían aprender mujeres y hombres al formarse o arrejuntarse a su vez en
grupo o manada, peña u organismo. Cuánto por aprender de los animales, más porque
en la actualidad, en las reatas o filas humanas, proliferan los de la voracidad
del lobo, los de la espera y picotazos certeros del carroñero; y no tanto los
dechados de complicidad o coincidencia, por arte o nostalgia, por crecimiento o
curiosidad, de sentir e imaginar. Y en torno, los de la vorágine, a un mesías,
caudillo, guía, santurrón, jefe, amo…, o estos y carismáticos, y embaucadores, al
frente o en camarilla, partido, unas siglas, corro, congregación, asociación
para todo menos para su fin intrínseco…, indiscutibles y exaltados y de
bolsillos sobrados y de enormes huecos especulativos, los más y exclusivos. Acumulados,
acaparados en el consagrado axioma o hato del “uno de los nuestros”, por esa
ofensa maniquea que para ellos, (algunos que cada vez son muchos, en esta
novedad del auge político o por la pseudopolítica que viene a desplazar a los
otros grandes debates (¿?) o corrientes o modas existenciales anteriores: el
fútbol, el sexo, el dinero más que el trabajo, o el carpe diem más ladino), es necesaria:
la diferencia “natural” y la indiferencia maltratada, la dicotomía, el superior
contra el débil, opresor al vasallo; y entre buenos y malos, rojos o azules,
fachas o progres, lilas o capullos, ventrales o lógicos, pijoapartes o
cayetanos, cerriles o leídos, indocumentados o hasta dudosos de su propia solvencia,
estos con mérito y al igual que los honestos llevan por delante, con
precariedad o no de medios y aptitud, el respeto… (Las otras diferenciaciones entrarían
de lleno dentro de la psiquiatría, de la filosofía, de la sociología y
sociopatía, de la religión del cirial y el tentetieso, y acaso de la
antropología primitiva, cuando podría ser un campo interesante para la
entomología, cuánto bicharraco suelto, en cualquier zafio argumento de una
zafia novela distópica, o inclusive en un consultorio sexológico donde
fortalecer la castidad disimulada o un quítame de allá esas pajas que las mías
son más enjundiosas.)
Rebaños que, partiendo
de la pauta inexcusable defendida por Arthur Schopenhauer: “Lo que más odia
el rebaño es aquel que piensa de modo distinto; no es tanto la opinión en sí,
sino la osadía de querer pensar por sí mismo, algo que ellos no saben hacer”,
primero anulan este axioma para luego articularse, alrededor de un mesías,
caudillo…, lo dicho, en un arma de presión, de acoso demoledor y sistemático, tensionada,
altamente infecciosa, (el fracaso de la educación, un desdén hedonista ingrato,
la selección corrompida, la pereza miedosa, un ridículo señuelo de grandeza o
visibilidad, la novedad, la compañía supremacista y a la que parecerse, influenciados
o emponzoñados o solo autómatas chirriantes, con un sentido que no les
pertenece, que les hace incluso más intrusos, en su existencia …); y un arma
arrojadiza y contraída, relegando a cualquier fin didáctico o humanista
(aceptamos “político” como animal de compañía y a la política como otra ética
perdida), o al menos equilibrado, altruista, ni pensarlo. Cuánto hay que
aprender de ellos, tanto mejor a ser como los animales porque el epíteto humano,
en sus rebaños trasquilados de ignorancia, se antoja muy, muy lejano.
Las redes sociales constituyen
un caldo de cultivo o de pasto, de vasta expansión, esas trashumancias virales
y circulares como perro que hostiga mordiéndose su cola, para que estos tropeles
rumien, ensordecedores, sus ecos elevados y desinformados a su máximo exponente
de estupidez y mediocridad. Ahí están, ¿verdad?, como otro paradigma, los domésticos
wasaps, grupales o personales. Véanlos, ahora mismo, los wasaps, reventados de
reenvíos, de reembolsos tan cansinos, copias y pegas grotescos e insoportables,
con un exceso frívolo de bulos, embestidas, burlas hirientes, incluso provocaciones
humillantes, compartiendo los atropellos y acritud de otros, la caza y confrontación
en base a una superficialidad insensible y ordenada por aquellos, por otros, y en
base a una ideología (¿?), u oscura nostalgia, tan indistinguible como impúdica
y peligrosa; de la lealtad por unas siglas del momento, ayer no, y mañana ojalá
que tampoco, de una inercia populista momentánea e injusta. Remitentes quizás espoleados
por un rencor intestino, un odio inconsciente, un daño patológico, cuyos
mensajes afloran como tajos, abruptos, de las cenizas tras la quema de unos
vínculos de sangre, familia o amistad; enviando a la papelera del desprecio a
unos esperados, por el destinatario, “¿cómo estás?”, o “te echo de menos”, o “me
acordé de ti cuando oía esta bella canción, veía esta película, esta pintura, o
emocionado con estas letras…”, un “mi sangre, mi familia, mi amigo”…, los que si una vez se dijeron ahora se antojan
fingidos, planeados y desolados.
Ya no importa el
dogma, la creencia, la idea, fe, o al menos un gusto sensato, un gesto de
admiración por lo bello, … sino el barrunto o un fiero desasosiego, en firmes,
a la orden, ¡ar!, a la indicación de un berrido mayor y la tropa que ejecuta aquello
sin miramientos; tan instintivos, febriles, dóciles ellos, los numerarios, los
de la gleba donde no crece la hierba, la plebe desorientada y atrasada, resabiados
por el corifeo baranda o mandatario. Tarambanas ruidosos de esa ideología del
odio, o un simple y químico porque me caes mal, me molestas, no te soporto, me
quiebras la selección natural y patrimonial, las clases, pertenezca o no a una
u otra, el tapujo vano o la tirria magnificada, que si vienes a por lo mío,
libertad o libertinaje, un enemigo, no un adversario…; siempre a voz en cuello,
la palabra gruesa, no importan los argumentos, para destrozar al contrario
porque en esta tierra, en esta patria mía, suya, de la que ya se han apropiado la
bandera, a dios, y a la tradición que cuanto más sangrienta y mortífera y
oscura mayor la hombría y atontamiento en vítores y olés salvajes, o un entonar
fariseo del “mea culpa” con el codo apoyado en la barra del bar para sostener
algo vago y cerebral, pero aseverado con uñas y dientes y aguardiente, (todo
esto y más para vosotros, no estamos para convencer a nadie, y más con poner
luz a su obscurantismo porque a buen seguro se queman. Para vosotros, todo, y
además: la momia de Frankenstein, el aguilucho entre “coloraos y gualdas”,
fiestas de guardar, dinastías y borbones de propina, soldados y policías con
vocación ejecutora y no protectora, beneméritos generalísimos de los millones
de fusilamientos de rojos, jueces que inclinan la balanza a un lado, aquellas
pajas…, curas diabólicos, amantes de los inocentes, corruptos e integrados, amanuenses
y panfletarios en cuenta o a cuenta de la “caja B”, y los pobres de espíritu con
los intestinos agujereados.) No, argumentan o expelen algunos, los más osados,
los más bobos, no hay lugar para ambos, por mi tierra, mi raza, mi pasado… Aunque
tengan el estómago vacío, con hambre, retuercen y extorsionan desde un peso y
poso ahí, en el bajo vientre, más que por alguna sinapsis mental, ¡solo una!, por
favor, que los diferencie de aquellos afables de la foto y les valga lo de
racionales.
En estos casos, más en
las afueras, en los límites cortados a tajo de la derecha, en la política o en
ese teatro de vanidades y provechos, con su privilegio y reflujo centrífugo y rezagado,
y aunque los extremos siempre se encuentran, de acuerdo, aunque en uno la curva
sea más vertiginosa y corta, en los límites aguantables del abismo, se cumple cuando,
indicó la poeta rusa Marina Tsvetáyeva, primero a la gente se la despoja de su
rostro, de su individualidad, amontonándola, para convertirlas en rebaño y
después… en jauría. Rebaños de animales. Cuánto podemos aprender de estos, o de
este de la fotografía por modelo, ahí, allí, en un recodo montaraz del Valle
del Genal, entre Parauta y Cartajima, un sosiego más allá o una voluntad
extrapolable de salud a cualesquiera conjuntos, juntas o reuniones. La
responsabilidad de amarrar la jauría, de deshacerla. La responsabilidad que es
de todos. Aprender, sin duda, de los animales para… ser más humanos.
De “El
aliento de la oscuridad (IV)”
© F.J.
Calvente

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