Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche los atardeceres, los arrabales, algunos espejos de azogue interior, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor, acaso de lo mío que encuentro en mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



viernes, 2 de abril de 2021

"VIERNES SANTO"

 Viernes Santo.

 


Un compromiso con la identidad. Una inquietud en las raíces. Un latido. Aquí, en la espera de un atardecer donde la suprema muerte es la mayor conmemoración de vida. “Porque hoy, cuando faltan pocos días para que se derrame la melancolía, sentimos muy dentro como la magia nos transforma en poetas, lo humilde en épico, las calles en prosa de emociones, la muerte en la lírica de la vida, y el Barrio ¡Ay, el Barrio!... en cielo. Detrás de estas sagradas tallas, detrás de cada pliegue en el recuerdo, de aquellos que ya no están, simiente de los muchos que vendrán, todo irradia a lo eterno. Con la misma sangre y condición que nos corre desde siglos atrás, la misma que nos hace a todos Hermandad, también Barrio. He aquí, pues, nuestro trato: Mantener la esencia de lo recibido es nuestro mejor legado.” Escribí y declamé ya hace algunos años, cuando fui un privilegiado en el más sentido acto de creación de la palabra. En mi casa, abrigado por estas imágenes, en una confidencia, un hilar de cuentas y recuerdos, junto con vosotros.

 

Y entonces vacié mi interior con una confesión, la extraordinaria comunicación, una entre muchas, con estos iconos de emoción y que ahora quiero recordar: “Silencio. Soledad y Silencio. Las Imágenes acogían en un denso abrazo a la urna funeraria que rasgaba la oscuridad con sus destellos de lumbres doradas, espejos en los que se reproduce la muerte como liberación. Las cuatro luminarias rojas en sus arbotantes encendían la bajada y la llegada. ¡Vamos, que ya estamos en el Barrio!, anunciaba y animaba el capataz de paso. Y entonces lo oí… Primero fue como un susurro corto, que se hizo más intenso, más prolongado, en cada subida o bajada del paso. ¡El Santo Entierro me hablaba, nos hablaba, y decía en cada crujida de sus maderas; nos aclamaba, insistía, o refunfuñaba cuando un crujido magno parecía deshacer el trono! Y aquel crujido se mudó femenino, mujer, suave, cadencioso, curvilíneo, cuando avino la Soledad con su cristalino tintineo de tulipas, frágiles susurros de la candelería, ternuras en las varas del palio. Y fue entonces y lo es ahora, y así se lo confiaré a mis hijas, cómo nos habla la Soledad y el Santo Entierro. ¡Allá, en la vuelta oscura, solitaria y silenciosa, en las Imágenes, en uno de esos momentos que nos hace contener la respiración, que nos hace estremecer en escalofríos de emoción!,… a esperar siempre la siguiente noche del Viernes Santo,… ¡En donde vuelvo a confirmar los vínculos de unión, de afecto, el rito y el reconocimiento, el apego a esta Hermandad y al Barrio entero!

 

F.J. Calvente

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