Sábado Santo.
Me tienden la copa
y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo
debo ser la mentira.
Me incendian y yo
debo ser el infierno.
Debo alabar y
agradecer cada instante del tiempo.
Mi alimento es
todas las cosas.
El peso preciso del
universo, la humillación, el júbilo.
Debo justificar lo
que me hiere.
No importa mi
ventura o mi desventura.
Soy el poeta.”
Soy cómplice de Jorge
Luis Borges, de muchas letras, esas por ejemplo, de la música con que se
arreglan, del mensaje que irradian y enseñan. Soy cómplice al igual que el
nombre de su poema. Su nombre. Soy cómplice de quienes también profesan esta
religiosidad de emociones, de entusiasmos y alteraciones, de quienes reparan, en
el espejo de estas iconografías, la expresión excitada de la identidad, de la
filiación, suyas y siempre nuestras; la sinuosa y recia raíz, la original, particular
y la que a todos en un mismo espacio toca, desde la que germinó, creció y afianzó
a unos seres en algo así a contemplativos, seguro que sensibles, o solo de un idealismo
que aflora como un vaho por las calles en madrugadas de silencio y reencuentro,
como el hilo de humo de un cirio en un cielo de primavera o el expansivo del
incienso en las lácteas y fragantes aspersiones de un mundo perdido y al que, por
estas fechas, un profundo frenesí impulsa a recuperar. Soy cómplice del valor
emocional que atesoran y despiertan estas imágenes, como iconos, que inspiran, tallas
como mandalas, que miran adentro, por estos itinerarios de la tradición y la melancolía;
estos que, al asumirlos o dejarse llevar por ellos, no convierten a nadie si no
se quiere, en un probo practicante y riguroso del dogma o si se prefiere fe de
religión alguna, sino de un vínculo con todo, con lo cercano y propio, la
arruga adentro, con el pellizco en la entraña, la que no amarga, esa humedad en
forma de lágrimas, la curva de luz de una sonrisa…; y el arraigo, por supuesto,
con la arena, polvo, barro, Barrio, con la cuna, pueblo, superficie, piedra, con
la herencia enhebrada con memoria y nostalgia. Hoy, en este trasiego, tan bíblico
como esotérico, de la oscuridad hacia la luz, con la esperanza en la tierra, en
la vida tras la muerte, en el camino iniciático que resucita de la tiniebla,
donde no hay término sino un punto y seguido,… con la impresión a flor de piel
en este muestrario de figuras, de historias y recuerdos que encierran al mayor
secreto de nosotros mismos, de todos, y uno del universo, uno; hoy, sin duda, y
quiero, soy su poeta. ¿Cómplice, tú?

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