Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche los atardeceres, los arrabales, algunos espejos de azogue interior, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor, acaso de lo mío que encuentro en mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 3 de abril de 2021

"SÁBADO SANTO"

 Sábado Santo.

 


 Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.

Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.

Me engañan y yo debo ser la mentira.

Me incendian y yo debo ser el infierno.

Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.

Mi alimento es todas las cosas.

El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.

Debo justificar lo que me hiere.

No importa mi ventura o mi desventura.

Soy el poeta.

 

 

Soy cómplice de Jorge Luis Borges, de muchas letras, esas por ejemplo, de la música con que se arreglan, del mensaje que irradian y enseñan. Soy cómplice al igual que el nombre de su poema. Su nombre. Soy cómplice de quienes también profesan esta religiosidad de emociones, de entusiasmos y alteraciones, de quienes reparan, en el espejo de estas iconografías, la expresión excitada de la identidad, de la filiación, suyas y siempre nuestras; la sinuosa y recia raíz, la original, particular y la que a todos en un mismo espacio toca, desde la que germinó, creció y afianzó a unos seres en algo así a contemplativos, seguro que sensibles, o solo de un idealismo que aflora como un vaho por las calles en madrugadas de silencio y reencuentro, como el hilo de humo de un cirio en un cielo de primavera o el expansivo del incienso en las lácteas y fragantes aspersiones de un mundo perdido y al que, por estas fechas, un profundo frenesí impulsa a recuperar. Soy cómplice del valor emocional que atesoran y despiertan estas imágenes, como iconos, que inspiran, tallas como mandalas, que miran adentro, por estos itinerarios de la tradición y la melancolía; estos que, al asumirlos o dejarse llevar por ellos, no convierten a nadie si no se quiere, en un probo practicante y riguroso del dogma o si se prefiere fe de religión alguna, sino de un vínculo con todo, con lo cercano y propio, la arruga adentro, con el pellizco en la entraña, la que no amarga, esa humedad en forma de lágrimas, la curva de luz de una sonrisa…; y el arraigo, por supuesto, con la arena, polvo, barro, Barrio, con la cuna, pueblo, superficie, piedra, con la herencia enhebrada con memoria y nostalgia. Hoy, en este trasiego, tan bíblico como esotérico, de la oscuridad hacia la luz, con la esperanza en la tierra, en la vida tras la muerte, en el camino iniciático que resucita de la tiniebla, donde no hay término sino un punto y seguido,… con la impresión a flor de piel en este muestrario de figuras, de historias y recuerdos que encierran al mayor secreto de nosotros mismos, de todos, y uno del universo, uno; hoy, sin duda, y quiero, soy su poeta. ¿Cómplice, tú?

 

F.J. Calvente © 

No hay comentarios:

Publicar un comentario