Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche los atardeceres, los arrabales, algunos espejos de azogue interior, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor, acaso de lo mío que encuentro en mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



lunes, 3 de noviembre de 2025

"LUZ PARA LOS MUERTOS"

 El día de los Fieles Difuntos pasaba, pasó, con toda su inmensa pena y gloria, sin prender, ni lo haría, vela, mariposa en un charco de aceite, cirio o lamparilla, ninguna. Si bien sabía, sentía que una candela ardía, ardería para siempre conmigo y en recuerdo de los que se habían ido y echaba de menos, a veces con tanto dolor original e impotencia por no ser Dios y haber cambiado sus destinos. En realidad, dejando a un lado la hipocresía de la festividad, del precepto religioso, de la tradición, hoy sí pero mañana tal vez, comprendí que más que un recuerdo por quienes amé mientras vivieron, o con ese recurso casi supersticioso de que mientras los recuerde, a ellos muertos, vivirán eternamente o hasta que yo no esté y acaso, con un poco de suerte, me añorarán otros; más que recuerdo, decía, era un aviso de que también yo tenía que morir y ahora dudaba entre la resignación e indiferencia, o dilucidar si en verdad yo vivía, vivía en vida. Que una cosa es existir y otra bien distinta vivir. Un lío. Thomas Campbell, además de desatar mi lío, lo escribió a la perfección: "Vivir en los corazones que dejamos atrás no es morir". 


Pero una cosa era el recuerdo de quienes marcharon y otra el hecho o gesto o atención de encender una vela en su memoria, en su honra o reconocimiento. El fuego, de los cuatro elementos, es el que fusiona el mundo material con el mundo espiritual. De acuerdo. Al respecto respeto de que la luz simbolice la esperanza, el recuerdo y la fe en la vida eterna. O que Jesucristo, frente a la oscuridad de la muerte, encarne “la luz del mundo”, la salvación para quienes caminan en tinieblas; porque de igual modo Lucifer es el 'portador de Luz' (del latín "Lux", ‘Luz’, y "ferre", ‘llevar’). Curioso. Contradictorio. El lío otra vez. Si encender una vela, para mí, no significaba o no la necesitaba para mantener viva la memoria de aquellos que no están aquí y a los que echo de menos, del mismo modo tampoco, como mecanismo de serenidad y conexión quizás, perdía o entregaba nada de continuar la tradición y encender una vela por ellos, de guiarlos en su camino, acompañar su alma en su tránsito y porqué no a la vez sanar la mía, nuestra, por tantas imperfecciones y señuelos; de orar por ellos, sin liturgias, sin palabras, sin coacciones, ni dogmas, incluso sin la necesidad de estar presente,.. solo con una llama, en silencio, como un rezo que es fuego. El fuego purifica, calienta e ilumina. ¿Y si encendía una vela, mariposa en un charco de aceite, cirio o lamparilla? No, no lo haría; aunque no cambiaría nada si lo hiciera. Todo seguiría igual... “Después de todo la muerte es solo un síntoma de que hubo vida”. Benedetti.


En esto reflexionaba cuando 'el hombre que mira los ocasos y vive con el fuego de su melancolía' apareció en una fotografía que tomé del último crepúsculo o del principio de todos, en calle Gallarda o en "el callejón", mejor e íntimo. No le hizo falta decirme nada, bastó, volviéndose, con indicarme el portentoso incendio del ocaso. Entonces entendí. Lo primero que sentí, al cerrar los ojos, fue un calor especial en el torso que se fue irradiando por mi cuerpo entero, como una caricia, como una música para un único momento, apreciando un extraordinario sosiego interior. Mis ciegas retinas seguían festoneando, recreando, como un luminiscente eco, como una lucha de luces y sombras, las intensas llamas de aquel crepúsculo, intermitentes en cada parpadeo, oscilantes y trémulas como los latidos más contundentes de mi corazón, en mi pecho. Y en una parte de mi mente que no estaba alojada en mi cabeza, en mi cerebro, no sé si allá en el alma, en el corazón como recipiente, en el espíritu o en un aliento que me era consustancial pero del mismo modo me era impropio porque pertenecía al Todo, al Universo, con un trasfondo o telón de aquellas hogueras al atardecer en el horizonte, en ese resquicio ínfimo capaz de escanciar y derramar lo absoluto y bello, una a una fueron sucediéndose imágenes, secuencias, rostros, gestos, lágrimas, sonrisas, palabras y silencios de los que amé y a los que no dejo irse definitivamente, se marchen del todo. Abrí los ojos. El ocaso era mi llama, mi candela, la vela, mariposa en un charco de aceite, cirio o lamparilla que no tenía que prender para honrar a mis muertos. Muy seguro de la epifanía o susurro antiguo.


'El hombre que mira los ocasos y vive con el fuego de su melancolía' asintió con un movimiento pausado de la cabeza. No hizo falta nada más. Nada. O tan solo dejarse hacer, dejarse llevar por la revelación y emoción y liberación palpitantes como el entorno. El crepúsculo de muerte, pira de refulgente sangre, también vivo y luminoso, a ellos asimismo pertenecía y a los que yo recordaba ya con ternura, con cierta redención y no dolor, sin miedo. Con amor. Pues ellos aquí vivieron, aquí recorrieron las calles, la Alameda, mitos y un porvenir común, un calmo fluir como el agua del pilar. Aquí vieron como yo esta explosión de eternidad, la llama sagrada; cómo esta trascendía y saltaba al callejón transmutando el plomo de sus piedras en un reguero de plata o de cuajadas cenizas, restos de otras hogueras crepusculares, encendiendo con su fuego de principios y finales las farolas, a sus corazones en la identificación con el lugar, el arraigo inexplicable, y acaso otra y a su vez siempre la misma llama votiva en conmemoración de sus difuntos. 




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