No es que fuese desde ayer y hasta el lunes, víspera de Todos los Santos y del Día de los Fieles Difuntos, cuando se abriera o abre la herida ancestral, el ojo del Origen, la falla cósmica, la conexión universal, temporal y directa, el portal que permite la comunicación entre el mundo físico y el mundo espiritual, entre los vivos y los muertos. No, días antes, días después de, difícil de precisar, de cuantificar, solo de sentir, de apreciar, de atender, tan ciertos su manifestación, su influjo, su interacción, se produce la apertura de un paso entre dimensiones, un portal energético. Puerta o portal o el acceso, en determinados y “mágicos” días, como estos de Todos los Santos y Difuntos, a un caudal de energía cósmica y telúrica, permitiendo la unión, la fusión de los mundos terrenales y etéricos; procurando una ruptura de límites, un intercambio excepcional de información, de sensaciones, de incremento de la percepción, la perspectiva, fuerza y acaso creatividad, como un mirar a lo imposible o todavía no permitido, lejos, muy lejos del propio ego. No voy a extenderme pero sí confirmar de las posibilidades, en estos días y de querer entregarse, a las vibraciones que llegan a este lado, a nuestra realidad inmediata, para recibir esa otra Luz o única y poder expandir la conciencia; de cambio para nuestra evolución, de superación del miedo y otros frenos, de oportunidades asimismo por generar las modificaciones importantes para ello. Una vez en contexto, el suceso:
Martes 21 de octubre de 2025. 14:30 horas. Aparcamiento de El Fuerte, Ronda. En la espera de recoger a mi hija en su salida del Instituto. Algo más de un cuarto de hora llevaba en el interior de mi coche, pensando o tratando de hilar un guion para el programa en Charry Televisión, dentro de la serie “Secretos de Ronda”, sobre la cercana celebración del día de Todos los Santos y Fieles Difuntos. Aunque el programa no llegó a realizarse, una pena, entonces, absorbido por esa agitación mental aguardando a mi hija de sus clases, quise enfocar el tema y ese nuevo capítulo televisivo desde una conmemoración de la Muerte, con un planteamiento o mensaje acerca del significado de la Muerte y de si hay Vida más allá de la misma o tras la Muerte. En esto, por esos mecanismos inconscientes, “azarosos”, como los de mirar a alguien que sin saberlo nos estaba mirando, en un derrotero de mi reflexión sobre la Muerte y de un inesperado orillamiento en el suceso sobrenatural de las “Caras de Bélmez”, levanté la mirada, allí precisamente, tras la luna delantera del coche, atravesando los metros finales del aparcamiento, la calle, al muro perimetral del Instituto de Educación Secundaria “Pérez de Guzmán”, no hacia el cielo turbio, indefinido, de grises y voluptuosas nubes, de sol enfermo, sino a una anodina papelera metálica, acerada, grisácea, que sin preparación me arrojó su sorpresa y acaso misterio. Formidable mi susto, por la sorpresa, por el miedo; luego, la curiosidad, determinada fascinación, comenzaron pronto a recrearse en el fenómeno, o en aquel sorprendente y arbitrario accidente, distorsión o ilusión en la uniforme realidad. Porque en la papelera, acerada, grisácea, había un rostro. Una cara de expresión alarmada, angustiosa, de cejas y ojos desencajados y oblicuos, de boca entornada como si arrojara todo el pánico de un grito, de un exasperado grito. Las fotografías no registran la definición y verosimilitud de la cara in situ, donde era tan real, de un realismo tan estremecedor que parecía convocarme a interesarme por ella y a atenderla, a ayudarla en su terror o desesperación o condena. Me bajé del coche y comencé a observar aquello desde distintos lugares y por tanto perspectivas, sin que observase ninguna alteración en la misma, la misma expresión o trazo, el mismo dibujo o daguerrotipo; esto, pues, invalidó o rechazó mi primera y razonada explicación de la impactante imagen como una ilusión óptica provocada por un curioso juego de luces y sombras, por los precisos momentos, incluso por las condiciones climáticas, por algo desconocido pero con desgarramiento sentido. No, no había interpretado mal la forma, su ambigüedad, dejándome llevar por una emoción subjetiva y condicionada por el argumento de mis pensamientos sobre la muerte y los muertos.
No contribuyó que desechara la anterior resolución en alivio de mi inquietud y susto, porque me empujaba a una aclaración de la fantasmagoría o espejismo o “casualidad” desde un concepto paranormal o apartado de la realidad o de una apreciación normal de las cosas, y racional de antojarse o dejarse llevar por lo que sea. Quizás por ello, a regañadientes, o no dejándome seducir de manera tan fácil, consideré otras justificaciones más científicas o acaso pragmáticas y todas razonables. Entretanto, día tras día a lo largo de esa semana, en el mismo lugar, a la misma hora, atendía con expectación y exigencia a un fenómeno anómalo que, como imaginarán, ya no era, pues dejó de manifestarse o convocarse o producirse. Una mancha. Solo una mancha en la papelera. Reflexioné y con honestidad me interrogué si había sufrido o experimentado una “pareidolia”, es decir, un hecho psicológico consistente en la capacidad de reconocer patrones significativos producidos por estímulos que son aleatorios y ambiguos; y que llevan a ver, por ejemplo, animales en las nubes, figuras humanas o caras en rocas o montañas, e incluso al beato fray Leopoldo de Alpandeire en una piedra y como vio y yo no vi una señora ansiosa en Cerro Santo en Pedrera. Estas pareidolias no son alucinaciones ni trastornos a los que tener en cuenta, a excepción del caso de la señora anterior, sino simples mecanismos de adaptación de nuestro cerebro. Sin embargo, ahí estaban las fotos, ahí estaba la batería de elementos puestos en marcha para explicar con cierta lógica inmediata a la peculiar cara en la papelera, ahí estaba la interrupción o no reiteración en postreros días de una rareza o prodigio quizás de ultratumba, del Otro Lado; y a la que no hacía falta, ninguna, asignar un significado cómodo a ese acaso estímulo ambiguo, ni someterse a Test de Rorsarch alguno, al y para el caso, ni menos en definitiva de tratarse de una mancha sin significado, y por ende, e importante, de yo no necesitar urgentemente de un diagnóstico o evaluación ante una sintomática psicopatológía provocada por un mal funcionamiento de una circunvolución cerebral, una, del llamado “Giro Fusiforme” que en otras personas y casos haría posible el reconocimiento de esa cara en un sitio donde no la hay. Tampoco me veía afectado por otro trastorno neurológico, “Prosopagnosia”, que me impedía por tanto reconocer la definición o rasgos conjuntos de la cara en cuestión. Ni menos, supongo, víctima de una incipiente demencia como el Alzhéimer. Y juro y perjuro que solo bebi una latita de Cruzcampo fresquita de la tienda de "La Abuela", por la espera, la tendera y algún habitual podrán probarlo, como para que me embriagara y viera lo que sobrio no vería jamás en este ni en el otro lado. No.
Por tanto, o por último, la única explicación plausible para aquel espantado rostro de la papelera era la paranormal, con todas sus reservas o gravidez o imaginativa. “Teleplastia”. Las teleplastias, dicho sea de paso, son supuestas figuras o formas que aparecen en concretas superficies, sí, como asimismo lo es o fue en una papelera. Para la Parapsicología, encargada de investigar y registrar estos fenómenos, es el resultado del contacto entre esa determinada superficie con una sustancia luminosa y que puede ser sólida, vaporosa e incluso líquida, llamada de los espíritus y fantasmas, “ectoplasma”. Sustancia o gel vaporoso o…, ectoplasma que puede interpretarse como una forma de "manifestación" o "residuo" que emana mayormente de los médiums (oídos, nariz, boca, ojos...), ahí en su supuesto trance durante las sesiones espiritistas, y la que, en este episodio, accidente o anomalía podía tomar y de hecho tomó la forma de un rostro o incluso del cuerpo completo de una persona probablemente fallecida. Véanse las célebres “Caras de Bélmez”, aquellas que me vinieron a la mente de una manera tan súbita como lo fue después levantar la vista y espantarme con esa otra cara en la papelera pública.
Sea como sea, una curiosidad, misterio, prodigio, una “casualidad” en un universo donde la “casualidad” no existe, donde todo es causal; o una distorsión inabordable de la realidad, surgida en estos días condicionados por la celebración y precepto religioso si lo desean de Todos los Santos y Fieles Difuntos; o por la presencia o evidencia de un portal energético y al que accedí y por tanto me respondió, con ese rostro, cuando vibraba y vibraban mis reflexiones en la forma de llevar a cabo un programa en Charry Televisión que al final no se hizo, una pena, sobre la Muerte o sobre la certeza de haber Vida después de la Vida.

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