Una de mis rarezas, o episodio de mi propia edición limitada, ha sido la curiosidad por ese arbolito de una concurrida esquina y cada vez que por allí pasaba en tránsitos de rutina, por su flaco tronco inclinado o por su resistente curva y anómala. Y esta noche, así inesperadamente y como inesperadas son las revelaciones a disparates y extrañezas, encontré, vi a la mujer, a la mujer anónima, anodina y oscura, apoyarse en la madera, amoldarse a la perfección a ella, forzar más la torcida tronca. Entonces me apenó la dilucidación al misterio del naranjo o de una incongruencia que restaba seriedad a la normalidad. Tristeza. Buscaré para sobrevivir otra cosa.

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