Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche los atardeceres, los arrabales, algunos espejos de azogue interior, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor, acaso de lo mío que encuentro en mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 26 de septiembre de 2026

🍁 OTOÑO 🍁

Tal como sucedió, así lo cuento.


Andaba yo esperando al Otoño, buscando sus primeras señales o indicios o alientos, como he hecho siempre o desde que sentí o me sentí en un reencuentro en o con aquel y si no mágico, extraordinario; a mi esencia derramada por el equinoccio, a su influjo, abrazo, energía y nostalgia que abre las puertas de mi alma o una desnudez de infancia añorada. 


Esperando... al gato, por ejemplo o inequívoco, al gato en los poyetes con su serenidad y rasgada mirada en la Puerta de Almocábar, en centinela que da la bienvenida al otoño; todavía sin saber si era el felino de Cheshire o de los Deseos del cuento de Carroll y de no pocos ensueños. Pero ni él ni ninguno de su camada o guardia apareció hoy o ayer o... cuando lean, si leen, esta historia real y porque así la inventé y con entusiasmo la vivo; invisibles o ausentes a mis ansiosos pulsos, ante mis ojos empañados de incómodo verano y de otras urgencias en absoluto vitales o por no serlas de exaltaciones bellas o de la Belleza. Como mis pasos en la huella de tantos otros en el llamado ahora 'callejón' y oficialmente, gélidamente, Gallarda, auscultando a un último crepúsculo estival allá en la lejanía, encumbrando y sumergiéndose, tan factible de hecho, en las Cuevas de San Antón o de la Virgen de la Cabeza; añorando a cuantos muchos del pasado penetraron y quemaron con su incendio áureo a la calle, a las paredes de cal y contrariadas calendas, y a otras travesías, sanguíneas, de muy adentro de los que nos dejábamos quemar, licuar y sorprender. Nada advertí o me emocionó en aquel postrero ocaso veraniego, de hoy o ayer o..., a pesar del remolino de malvas y rubíes en el celeste cielo. 


Esperando... a la hoja, la anunciadora nota musical en su mecida en el aire hasta caer agónica en el suelo, la de la primera hoja del primer árbol en el pentagrama de la Alameda del Barrio. Después, una vez en casa, triste y decepcionado, interpreté, como cierta y esotérica epifanía, porqué esa misma mañana, la hoja del otoño anterior que preside mi hogar en el tiro de la chimenea aparecía torcida, inclinada a un lado, señalándome acaso que esta entrada de la estación me tenía reservado un nuevo matiz, sorpresa, voluntad o una nueva tesela en su mosaico o mejor jeroglífico. Un sueño. "Confía", pareció sugerirme cuando la enderecé en su marco de arabescos. Antes, escribí, al igual en el 'callejón' como en 'Las Imágenes', en el Predicatorio como en la Fuente San Nicasio, la Alameda no tenía nada que contarme, que inspirarme, que relatarme, en ese intermedio del verano al invierno en el hemisferio norte qué emprendería su camino, según cálculos del Observatorio Astronómico Nacional, a las 2 horas y 5 minutos, hora oficial peninsular, del 23 de septiembre, hoy o ayer o... 


La Alameda callada a anuncio y esperanza, o acaso en un ruego solidario con su llanto de despedida, del adiós, por las obras que la devastan y la convertirán en otra, en otra cosa, en recuerdo o melancolía o promesa rota; de una destrucción o novedosa reminiscencia ya anunciadas con el 'real' de su Real Feria de San Francisco, con la mutilación de sus árboles y del persistente ruido a cuanto fue reflexión, expansión y espera. Los mayores mueren antes, mueren más rapido, al no poder sentar el tiempo o prórroga en los poyetes de la plaza. 


Con decepción y preocupación, con extrañeza y desconfianza, llegué a mi casa donde, dije, me abordó la revelación aquella por la hoja escorada del año anterior en la chimenea. Luego, en ese estado expectante y acucioso ante un mundo vacío, pero de desvelo tangible que hormigueaba mi entraña, eché mano de J.L. Borges en un propósito de encauzar un ¿deseo?, una ¿inquietud?, un ¿misterio?, o solo un murmullo de mi alma y también aguardo al que no lograba sustanciar, dilucidar, poner palabras y ni menos escritas. "El otoño es más una estación del alma que de la naturaleza", escribí aquí, en el teléfono móvil, la frase de Borges... Y tras estos vastos y enormes puntos suspensivos, el largo y enjuto pulsor parpadeaba insolente en el infierno blanco y metáfora de una de esas otras páginas u hojas muertas. Imposible. Nada me surgía, me urgía de adentro para plasmarlo en letras y con sentido; ni relato ni poesía ni retórica llamada a voz en grito a un otoño ajeno a mi necesidad de complicidad, de conexión, de encuentro y fantasía. Era ya mi ira desesperada o la desesperación que se transformó en ira, con todo lo escrito en la alba pantalla del móvil seleccionado con trazo azulón, con el pulgar sobre el símbolo de una X encerrada en un rectángulo de lado en punta o indicación, dispuesto, resignado pues, en el borrado definitivo, si hubiera sido papel en el gurruño, cuando oí, procedente del balcón, del balcón entonces abierto a la calle y a las postrimerías del día y a mi irresuelto anhelo y oportunidad, unas palabras, como un fragmento de conversación que trajera el viento, suaves, melodiosas, como el susurro que dejaban las hojas de los plátanos de la Alameda en su ligero precipitar al pavimento, como los golpes de gubia de un ramillete de haces de luz crepuscular en las piedras de la muralla,  en las piedras del templo del Espíritu Santo y de poder emitirlos y yo oírlos: 


"Aprovechemos el otoño..." 


Como se comprenderá quedé aun mas sobresaltado al sobresalto inicial, con un frío de hielos en la nuca y los vellos de los brazos como escarpias, porque en el balcón estaba Gala. Imposible. Increíble. No, no, no... Es cierto que ella no hablaba, ladraba, no susurraba, gruñía en la intensidad de su necesidad o demanda...; aunque alguna que otra vez, no lo habitual, y conforme a nuestra coacción o provocación en sus ansias nutritivas, articulara un "mamá", un inteligible vocablo o quejido más humano que canino, incluso algún que otro "Angu", sin S final y lo que ya hubiese sido rizar el rizo de lo sobrenatural y acojonante; pero lo normal era su ladrido, en ocasiones para reventar los tímpanos y a uno o los dos ventrículos. Asustado, patidifuso, cabeceaba, negaba que Gala hubiese hablado, me hubiese hablado a manera mía o la entendiera, tan humana como apacible y honesta. Sin embargo, ahí en el balcón estaba ella mirándome del mismo modo muy segura, abrazándome con sus ojos húmedos de ternura, con sus fauces abiertas y trémulas en lo que me pareció una enorme sonrisa de confianza, diversión y certidumbre. "Confía", devolvía un eco de la hoja torcida. Los últimos pulsos de un sol más pajizo o viejo arrancaba destellos o cómplices estrellas y guiños en su terso pelaje de noche absoluta. Imposible, y entonces la imposibilidad se hizo nuevamente posible:


"Aprovechemos el otoño -Gala volvió a entonar con dulzura y arraigo-

antes de que el invierno nos escombre

entremos a codazos en la franja del sol

y admiremos a los pájaros que emigran.

ahora que calienta el corazón

aunque sea de a ratos y de a poco

pensemos y sintamos todavía

con el viejo cariño que nos queda.

aprovechemos el otoño

antes de que el futuro se congele

y no haya sitio para la belleza

porque el futuro se nos vuelve escarcha."


— ¿Borges? -pregunté por preguntar, por oír o construir algo normal, real o acostumbrado, más admirado que asustado, más interesado que por sortear a ese enigma o prodigio que hacía recitar a Gala, mi perra, un bello poema de...

— Benedetti -me respondió ya de manera confusa, acaso porque la articulación de la palabra se acomodaba a un lógico y aliviado ladrido que a inflexión humana.

— "Aprovechemos el otoño..." -repetí más inconsciente que sabedor, más pendiente de alcanzar la cola de un presentimiento o de una iluminación fragmentada y dispersa, que de la puerta o ventana que aquella poesía abría y de su invitación a asomarme, traspasarla o solo asumir su letra.


Gala dejó de mirarme, alzó sus orejas, crispó su cola, se agitó en un espasmo, y comenzó a ladrar como si no hubiera un mañana, como si la integridad de la realidad dependiera de ello, al perro turco o aproximación racial de "la membrilla" y al que esta paseaba, correa mediante, en actitud astrosa habitual y entera por enfrente, por la acera o la otra orilla de este caudal de vida que es la calle San Francisco de Asís, arteria principal del corazón del Barrio. La gata de Rafi, en un cerrado balcón al otro lado, observaba ensimismada, morbosa, arriesgada y suicida de no ser por sus siete vidas y por la protección que le doy en mi creativa o narrativa, la algazara perruna o más apropiado de Gala en exclusiva o en exclusividad de ruido, intimidación y fuerza. La hoja clavada en la moldura de la chimenea volvió a inclinarse de nuevo, esta vez a la izquierda. No hacía viento, ni corriente concitada e imprevista. Sonreí. Entendí. Agradecí, con perdón por la calor y por el espacio colmado de 'invasión' extranjera que hacían de la ciudad una mala copia de esas otras costeras. Un año más llegó el Otoño, saludándome, acogiéndome. Bienvenido.



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