Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 6 de septiembre de 2014

TE CUENTO:



UN ENCUENTRO CON LA BELLEZA

F.J. CALVENTE


Hoy es sábado de Feria. Sábado de Goyesca. El mundo plegado en torno al coso más antiguo, el más glorioso y proverbial. Día al que Umbral definiría con ese instante joven y legendario del español, del andaluz, del rondeño –a más patrias, mayores las estupideces- para torear a todo bicho que embiste (aunque quizá sea a la inversa: embiste porque se le torea), entretejiendo el misterio de su arte en los espacios inescrutables de celosías de madroñeras geométricas. Hoy es un día excepcional para un encuentro con la Belleza. Pero yo ya lo tuve, justo al principio de la Feria. 


Porque la Feria, esta misma Feria de Pedro Romero, todas las fiestas celebradas para conmemorar al inconsciente, atavismos y emociones, constituyen alambiques en los que destilar, de acuerdo a nuestra voluntad, la esencia fundamental de la Creación, aquella que es sinónimo de Belleza. No se trata de estar, de instalarse en el lugar adecuado, en el momento preciso, consciente, en la amalgama de sonidos y colores, de gestos y solaces, sino de estar despierto por saber y aprehender cuando surja, de improviso, la posibilidad de crear imaginarios, la escenificación de la Belleza. Yo ya la tuve. 


A mí me sucedió en la noche, siempre es la noche, después de la cabalgata o pasacalles como una mecha que prendería la explosión de la Feria, martes, pero que se apagó en el primer instante que se movía tan pobre recreo o mísero escaparate de mediocridad; ni el exotismo de saldo de los grupos folklóricos la desdijo, ni los groseros muñecos mutantes, la hermosura de las damas goyescas estupradas en el desangelo de un carromato destartalado. Me ocurrió luego, tras el paseo con familiares donde ya se insinuaron, esclarecidos, los mimbres de aquello que emergería de un ensueño, la cristalización de una quimera, el origen y el fin del Universo rendidos en el Tajo que recorríamos con temblor, vértigos ancestrales y admiraciones por concurrencias innatas. Tajo recortado, realzado en la negrura ubicua, en una antorcha salvaje contra la primera y tímida luna de septiembre. Aún sobrecogidos, llegamos y descubrimos el Barrio San Francisco, porque jamás se conocerá del todo, atento en sorprender con nuevos y sugerentes matices, tornasoles asombrosos. El rumor tenue del agua del pilar, sibilante, serpenteante, exclamación del pétreo silencio, insinuaba la consumación de la Belleza. Aquí me detuve, nos detuvimos todos, en una indecisión por llenar el tiempo, cuando ignorábamos que solo era una espera mientras se disponían los ingredientes en esta redoma mítica para el término de un milagro. 


La piedra, las murallas, “en la delicada penumbra de la ceguera/ un cóncavo silencio de patios/ un ocio del jazmín/… que conjuraba memoria de desiertos”, resplandecían en un dorado viejo, bañadas en el reflejo de la fría lámina de un bronce aún más antiguo, el agua del pilar o el espejo recóndito donde abrevan la leyenda y la tradición, las raíces y los retornos. Curiosa desnudez de la tierra bajo un cielo tupido de túnica negra iluminada por la cera, subrayando una barrera inabordable con las calles donde refulgen las piedras, alborean las paredes de las casas, amarillean los fanales, la alameda colmada de un gentío de tapas y bebidas, de encuentros y compromisos, de risas o llantos encubiertos. El silencio denso de una Belleza aún increada o tal vez inconclusa. 


Y en esto que mi hija se sienta en el pulido pretil del pilar, ataviada con el traje de gitana de una rebullina perfecta de círculos negros próximos a estas noches de septiembre que remolonean con agosto, el blanco de fulgurantes encalíos, y el verde de una tierra generosa. Hilachas azabaches de velos rasgados, de nubes deshilachadas, caen de sus hombros como una cascada de fluidos carbones, insistente en el domado y recogido cabello de oscuros precipicios, rociados, resueltos en la enormidad de unas pestañas como abanicos que avientan suspiros con los que expresar la Belleza. Una nota musical cuelga de sus orejas. Una flor despunta en la cabeza, laberinto arrugado en verde y negro, retahíla de íntimas reminiscencias, síntesis de esta Feria y de la culminación más bella. Belleza, ahora, única, aquí, singular, cercana, ausente, perfecta. Luminosidad en su cara de niña que rompe en mujer, de tersa bondad. Ojos, mirada, abstracción, que bajan con suavidad, con dulzura, en un respeto exquisito por el alarde del entorno, precavidos de sencillez, tímida por si al entornarlos, los obscuros abismos del don de la Belleza eclipsara o absorbiera el legendario precipitar de este Barrio y su parcela eterna. Olía a esas madrugadas estivales de incendios de rastrojos, secos, conjugado con el frescor de la vegetación, del agua, de las lágrimas. 


Se hizo la Belleza. Saqué mi móvil del bolsillo de lo cotidiano, y disparé la cámara corporativa, ajeno a si sería capaz de captar esta ensoñación materializada. Intenté burlar al tiempo, a un espacio inaccesible, un poco de eternidad, un hito donde siempre rescatar la memoria de la Belleza. He aquí. La idea del equilibrio perfecto entre esta, Belleza, y la posibilidad de nombrarla no a través del bazar de adjetivos que no la diferencian, la tipifican, sino por su nombre inefable: Inés.


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